Meyer, Lorenzo.
Liberalismo autoritario.
Las contradicciones del sistema político mexicano.
Ed. Océano de México.
Primera edición.
México, 1995
El partido de Estado
Lo viejo y lo nuevo
¡Vaya situación en la que nos encontramos los mexicanos al finalizar lo que se suponía iba a ser el sexenio de la "política moderna"! De un lado, una sociedad civil que, pese a sus notables esfuerzos por sacudirse el sojuzgamiento en que se le ha mantenido por siglos (según el marqués de Croix, los novohispanos eran súbditos "que nacieron para callar y obedecer y no para discutir los altos asuntos del gobierno"), aún es incapaz de defender sus derechos e imponer sus prioridades. Del otro, una sociedad política dividida a mitades entre lo nuevo y lo viejo: la parte nueva intenta-todavía sin mucho éxito- organizarse fuera y en contra del partido de Estado; la otra, la vieja, la de siempre, la dominante, es la organizada como partido de Estado, como PRI. Esta última es autoritaria, está corrupta hasta la médula y se encuentra en crisis.
La crisis de la sociedad política vieja nos afecta a todos-reformistas contra restauracionistas-, a los mexicanos en conjunto. Todo indica que algunos de los priístas han renegado del principio central y único que da coherencia a su organización-la sumisión incondicional a las directivas de su jefe nato, el presidente de la república-, y dan señales de estar dispuestos a regresar a una especie de estado de naturaleza, ese donde la lucha es de todos contra todos, que puede ser a muerte, y donde el triunfo lo obtienen los que poseen más recursos y menos escrúpulos. Este estado de naturaleza es, desde luego, la antítesis del Estado de derecho al que aspiramos y que exigimos.
A esta situación no se llegó de un día para otro.
Se necesitó de un largo periodo de maduración; es decir, de
irresponsabilidad sistemática de las clases gobernantes, en particular
de la élite.
Una centralización corruptora
En 1994 visitó nuestro país un grupo multinacional de militares miembros del Royal College of Defense Studies de Gran Bretaña. Uno de ellos formuló una pregunta simple y lógica: "Si en México hay una centralización extraordinaria del poder político en manos del presidente, entonces, ¿por qué, en la práctica, no hay una acción igualmente centralizada, coordinada, eficaz contra el narcotráfico por parte del gobierno? ¿Por qué hay un grado tan alto de corrupción en las diferentes instituciones armadas? La respuesta no es fácil, pues, en efecto, a una presidencia tan fuerte como se supone que es la mexicana, debería corresponder un aparato de seguridad centralizado y eficiente.
En las historias de los cuerpos de policías de principios del siglo XX hasta la segunda guerra mundial, era frecuente encontrar esta dicotomía: Europa-Estados Unidos. En el país vecino del norte, la policía era, básicamente, una organización descentralizada, dependiente de las maquinarias políticas locales y, por ello, bastante corrupta e ineficiente. En contraste, las policías europeas eran organizaciones muy centralizadas, profesionales y eficientes. Conviene subrayar que, en esos modelos, eficiencia y democracia no iban de la mano; en realidad, el sistema más democrático, el norteamericano, era el menos capaz de tener una policía digna de tal nombre. En los últimos cincuenta años, la situación ha cambiado: los europeos se han democratizado y los norteamericanos tienen una policía menos corrupta y más eficiente. Sin embargo, en México nos las hemos arreglado para combinar lo peor de los dos esquemas clásicos: centralización y autoritarismo político, por un lado, y corrupción galopante, falta de profesionalización y de eficacia en los aparatos de seguridad, por el otro. ¿Cuál es la explicación de tan particular fenómeno? En buena medida, la historia, pero también la falta de voluntad de la fuerza centralizadora-la presidencia-para cumplir con una de sus obligaciones elementales: la de hacer de la seguridad de la sociedad el centro de la seguridad del Estado.