Meyer, Lorenzo.
Liberalismo autoritario.
Las contradicciones del sistema político mexicano.
Ed. Océano de México.
Primera edición.
México, 1995
El tapadismo como un juego perverso
El "destapado "siempre será una incógnita
La verdadera identidad del "tapado" no se conoce al ocurrir el "destape" sino después, cuando ya es tarde para reaccionar.
Cuando el presidente saliente ha dado la señal y la maquinaria imparable del gran partido del Estado se ha echado a andar, el ciudadano común y corriente empieza a conocer algo, pero no mucho, sobre la naturaleza y proyecto político de quien va a ser el siguiente presidente. El "destape", el currículum oficial que publica la prensa, y los discursos y gestos de la campaña electoral que le sigue, no permiten conocer la verdadera e íntima identidad de quien hasta ese momento sólo era un leal y fiel colaborador e intérprete del " señor presidente". La auténtica naturaleza del personaje emerge sólo a partir del momento en que como "tapado" se cruza en el pecho la banda presidencial. Es ahí cuando se rompe el cordón umbilical que por mucho tiempo le unió a quien le permitió llegar a la cúspide del poder. Entonces, y sólo entonces, queda auténticamente destapado el que fuera "tapado".
Para el público mexicano, al "destaparse" al candidato presidencial del partido en el poder, éste es un personaje sin identidad propia: hasta ese momento no le ha sido conveniente forjarse una. Por ello, aun destapado, el "tapado" sigue siendo básicamente un desconocido para la mayoría. Antes de ser presidentes han tenido sólo una autoridad delegada; por ello nadie sabe cómo van a actuar cuando reciben lo que nunca han tenido: poder propio, auténtico.
En nuestro sistema político, hasta el momento del "destape", e incluso durante la frenética campaña electoral que le sigue, el que va a ser presidente ha carecido en gran medida de un perfil propio. En el autoritarismo mexicano, para lograr la candidatura máxima del partido del Estado, es indispensable, desde el principio de la carrera, asumir como propios los valores y estilos de hacer política de los diferentes protectores que se necesitan para entrar y prosperar en los círculos del poder. Y esto es particularmente cierto en el caso del más exigente e importante de todos los protectores: el presidente saliente.
El nuevo presidente es un desconocido
Hace ya buen tiempo que no llega a la presidencia de México alguien que, desde el principio o en algún punto crítico de su carrera política, mostró tener un valor propio, una independencia de criterio, como, desde luego, Juárez o Madero, y a otro nivel, Carranza u Obregón, o, incluso, Calles o Cárdenas. Todos ellos, en algún momento, se jugaron el todo por el todo, incluso la vida, en aras de sus proyectos políticos.
Hoy, el típico miembro de la élite política es básicamente un burócrata-secretario de Estado, director de gran paraestatal, gobernador o, incluso, líder de organizaciones de masa-que ingresó a ese círculo no tanto por contar con un poder propio sino par haber logrado el favor de quien ocupaba el escalón superior en la gran pirámide que tiene en la cúspide al presidente de la república. La ausencia de poder e ideario propios, es una de las características que los presidentes buscan al conformar su círculo íntimo, pues la depcndencia absoluta del presidente asegura su incondicionalidad. Este mimetismo de los miembros de la "familia presidencial" con el jefe de la misma, puede resultar muy funcional para el poder presidencial, pero no para una vida cívica sana.
En virtud de lo anterior es comprensible, pero no aceptable, que mientras no tenga directamente en sus manos el timón de la nave del Estado, el nuevo presidente no da a conocer sus verdaderos colores. Por tanto, al tiempo de la elección, los gobernados carecen de elementos suficientes para evaluar en el momento oportuno las debilidades y fortalezas de quien les va a gobernar. Es más, la sombra protectora e inhibidora del que fuera el jefe y guía del candidato del partido oficial, no sólo hace difícil para el común de los ciudadanos desentrañar el misterio que se esconde detrás de la personalidad artificial del candidato, sino que hay evidencia que el disfraz que el tapado tuvo que usar a lo largo de su carrera pudo ser tan que engañó al propio presidente. El ejemplo clásico de lo anterior fue el de Gustavo Díaz Ordaz, que ya muy tarde descubrió que había entregado el mando a un Luis Echeverría muy distinto de aquel funcionario callado y aparentemente reflexivo y dada a la introspección que había sido su secretario de Gobernación.
En un sistema presidencial genuinamente democrático, los diferentes aspirantes a las candidaturas de cada uno de los partidos pueden y deben anunciar abiertamente sus ambiciones presidenciales, y también de manera abierta deben buscar y comprometer el apoyo no sólo del presidente saliente -en caso de que se trate del partido en el poder- sino, además y sobre todo, de los líderes de las diferentes facciones o corrientes dentro del partido, y finalmente de sus correligionarios en general. En este proceso, como en la lucha partidista posterior, los puntos fuertes y débiles de cada uno de los aspirantes se someten a la discusión pública, y públicamente se examina su plataforma, se le contrasta con las acciones pasadas del candidato y se le compara con las opciones disponibles. De esta manera, al llegar el momento de la elección, los candidatos no son, como en el caso mexicano, los desconocidos de siempre. En los sistemas democráticos, la información pública sobre precandidatos y candidatos abunda y llega al exceso. En México no hay elementos para examinar a los aspirantes a la presidencia. ¿Cómo haber sabido quiénes son realmente Ernesto Zedillo, Manuel Camacho, Luis Donaldo Colosio o Pedro Aspe? Siempre funcionaron políticamente por cuenta de alguien más. Esa ausencia de elementos de juicio es uno de los más claros indicadores del subdesarrollo político en que vivimos.
En México hay un partido de Estado que, desde su creación, ha monopolizado su dominio sobre la presidencia. Al interior de esa organización la lucha abierta hace tiempo que desapareció. Sin embargo, el que los aspirantes no se manifiesten como tales y no impulsen su candidatura a la luz del día, no significa que en realidad se mantengan quietos, disciplinados, y en resignada espera a que el presidente anuncie a quien está dispuesto a transferir su poder. No, la lucha interna en el partido del Estado se da, es inevitable, pero desafortunadamente se trata de una lucha sorda, donde los cuchillos buscan que la oscuridad opaque el brillo del acero, mientras a la luz del día todo es falso espíritu de cuerpo, desinterés, y franciscano desdén por el poder y la gloria.
En el origen no había tapaismo.
En los orígenes del sistema-cuando el PRI era apenas el PNR- la situación era bastante distinta. Obviamente, tampoco entonces había democracia real-desde el principio, la oposición al partido del Estado fue inexistente o aplastada-, pero al menos los aspirantes a candidatos presidenciales de la "familia revolucionaria" toman el valor de anunciar abiertamente sus aspiraciones y asumían el riesgo que ello implicaba. El caso mencionado del general Aarón Sáenz, por ejemplo. Él llegó a la primera convención del PNR en Querétaro, en 1929, no como un "tapado", sino como el precandidato favorito de los novecientos cincuenta delegados del partido que estaba por nacer. Como sabemos, Sáenz debió beber el vino amargo de la derrota cuando el "voto de calidad" del general Plutarco Elías Calles-el "Jefe Máximo"-dio la victoria al precandidato más oscuro y con menos apoyos hasta ese momento: el general e ingeniero Pascual Ortiz Rubio. En la siguiente ronda, la lucha dentro del PNR se inició a principios de 1933, y la disputa se dio de manera ann más abierta que antes, entre los generales Lázaro Cárdenas y Manuel Pérez Treviño. Ambos abrieron oficinas para promocionar sus precandidaturas, y abiertamente buscaron el apoyo de diputados y senadores, de gobernadores y de líderes de las organizaciones de masas identificadas con el PNR (que no eran muchas), y, desde luego, ambos solicitaron el apoyo del "Jefe Máximo". Al final, el voto decisivo de Calles favoreció a Cárdenas, pero no antes de que un buen número de miembros de la familia revolucionaria se hubieran comprometido abiertamente con alguno de los dos precandidatos, y los perdedores pagaron el precio. Situaciones algo similares se repitieron en las siguientes sucesiones, pero con el paso del tiempo, el aumento del poder presidencial acabó por poner fin a la contienda interna abierta y cerró la pequeña ventana que aún quedaba abierta al pluralismo.
En los años cincuenta, con el presidencialismo en su apogeo el péndulo osciló al otro extremo y ahí se quedó. Con el sorpresivo "destape" de Adolfo López Mateos en 1957, todos aprendieron la lección que impartió el presidente Ruiz Cortines: de ahí en adelante, lo mejor que podían hacer aquellos miembros del partido en el poder que aspiraban a recibir el apoyo del primer priísta -el del presidente- era negar en público su aspiración a la presidencia e insistir que su única ambición -y máximo honor- era continuar sirviendo "al señor presidente" hasta el último minuto de su mandato. La hipocresía fue elevada entonces a la categoría de gran política... y ahí sigue.
La campaña poco dice sobre el futuro presidente
Ya como candidato del PNR, Lázaro Cárdenas no ocultó sus proyectos: usó al Primer Plan Sexenal como plataforma de campaña; y si pocos creyeron entonces que el general michoacano efectivamente se proponía revivir la reforma agraria, nacionalizar los recursos naturales y apoyar al movimiento obrero, no fue porque Cárdenas no lo hubiera anunciado. Sin embargo, a partir de entonces las campañas también dejaron de servir como indicador de lo que el candidato realmente se proponía hacer después de asumir el poder. Ya como presidente, Manuel Ávila Camacho no le dio mayor importancia al Segundo Plan Sexenal que había sido su plataforma de campaña. Ese plan tenía elementos cardenistas y Avila Camacho no lo era. Miguel Alemán, como candidato, hizo constantes referencias a la necesidad de una reforma democrática, pero una vez en el poder se olvidó del tema, pues no se encontraba en su proyecto verdadero. Carlos Salinas, cuando era candidato, dijo muchas cosas pero nunca que el Tratado de Libre Comercio y el "liberalismo social" serían dos de los grandes ejes de su sexenio; su verdadero programa no se conoció ni al leerse su currículum en el momento del destape, ni al escuchar sus discursos de campaña, sino después de la toma de posesión, cuando sobre la marcha nos fue dando las noticias de la in tegración con Estados Unidos y la definición de "liberalismo social".
Para impulsar seriamente el tránsito mexicano del autoritarismo a la democracia, sería necesario, entre otras muchas cosas, que el juego del "tapadismo" -propio de un sistema de despotismo oriental y no de una dernocracia moderna- quedara como recuerdo de un pasado premoderno. Sería útil a la supuesta democratización mexicana que los aspirantes a candidatos presidenciales del gran partido de Estado renunciaran a sus puestos, asumieran abiertamente las consecuencias de una legítima ambición, y en el proceso nos mostraran que efectivamente son políticos con ideas y capacidades auténticas y no meros y pálidos reflejos de la voluntad presidencial. Para eso, el 2000 está muy cerca.