Meyer, Lorenzo.
Liberalismo autoritario.
Las contradicciones del sistema político mexicano.
Ed. Océano de México.
Primera edición. México, 1995.



Los que mandan

Evidentemente el presidente Zedillo no está solo en el poder. Forma parte de un grupo en alianza con otros grupos políticos. Y es un hecho que una buena parte de los cambios en el pasado mexicano han sido obra de, o al menos iniciados por, las élites. ¿Qué posibilidades hay de que el cambio en la relación PRI-gobierno -cambio que sería un parteaguas en un tránsito efectivo a la democracia-venga por una exigencia o decision de esas personas o grupos que conforman la verdadera estructura de poder en México?

Desafortunadamente "los que mandan" poseen una visión del mundo económico, político, social o cultural, que poco o nada tiene que ver con la propia de un sistema liberal y democrático. En realidad, no por su discurso pero sí por su forma de actuar, tenemos derecho a suponer que el proyecto de los que mandan es prolongar lo más que se pueda el arreglo que tan buenos frutos ha dado para ellos: el del México autoritario, el del México donde un partido que es imposible de diferenciar del gobierno, es también la garantía del mantenimiento de la estabilidad y de la continuidad de la red de compromisos en la que se sostienen los grandes intereses creados.

Pero en concreto, ¿quiénes son los que mandan aquí? En primer lugar, y encabezando al conjunto, la alta burocracia gubernamental, ésa que llegó a la presidencia o al gabinete no por la vía del PRI sino siguiendo las reglas y códigos de la propia hermandad burocrática, lo que muestra bien a las claras que el PRI mismo no es fuente de poder sino básicamente un instrumento. No en balde en México fue el Estado y después todo lo demás: el mercado, la burguesía, los obreros, los partidos, etcétera. En esas condiciones, ¿puede querer esa tecnocracia que hoy gobierna que se separe el PRI del aparato de Estado que ella controla, para que luego los políticos que hacen carrera por la vía del partido-los políticos-políticos, los sin doctorado, los de infantería-le disputen el derecho a gobernar y los subordinen?

Luego está ese grupo que controla las corporaciones en que se montó el sistema de poder posrevolucionario: los líderes sindicales, los agrarios y los de todas las agrupaciones que forman la compleja red corporativa que, finalmente, el neoliberalismo imperante recicló pero no eliminó. En otras condiciones, estos cuadros políticos podrían ver en la independencia del PRI el primer paso para desplazar del poder a los jóvenes y prepotentes tecnócratas que tan duramente los han tratado. Pero ahí está el ejemplo de Joaquín Hernández Galicia para recordarles el peligro de la insubordinación. Fidel Velázquez y los centenares de pequeños fideles velázquez que componen los cuadros de ese aparato corporativo, hace macho que se acostumbraron a depender del gobierno y a vivir a su sambra. Un cambio en las reglas del juego político en favor de la independencia del partido de Estado, traería para todos los velázquez del mundo mexicano el terrible riesgo de ser desplazados por un liderazgo nuevo, uno que respondiera más a las bases de sus corporaciones que a la jefatura gubernamental.

Obviamente, en el centro de esta élite están aquellos personajes que fueron invitados en febrero de 1993 a la cena de los veinticinco billonarios con el presidente Salinas y el presidente del PRI. Son los que controlan las grandes acumulaciones de capital, y no hay ninguna de las empresas que ellos comandan que no haya sido, al menos en parte, resultado de una "relación especial" con el gobierno del régimen de partido de Estado. Es esa relación, por ejemplo, la que le ha mantenido el monopolio a Televisa, la que ha contratado las grandes obras públicas con la ICA, la que diseñó Ficorca en el decenio pasado para salvar a un buen número de las grandes empresas de Monterrey de la crisis provocada por su endeudamiento externo. Fue la relación con la alto burocracia gubernamental la que decidió quién se habría de benef¦ciar con el monopolio telefónico, quiénes habrían de ser los neobanqueros, muchos de ellos personajes casi desconocidos y sin grandes capitales apenas unos años atrás. Sin una estrecha y funcional relación con el gobierno, sería impensable el grupo empresarial encabezado por Carlos Hank González. Si se desciende de nivel, se descubre sin mayor trabajo el mismo tipo de relación descrito entre el gran comerciante de la pequeña ciudad o el cacique y los niveles gubernamentales y priístas de su nivel. En realidad, toda la estructura económica actual, el who is who de los negocios mexicanos, se explica, al menos en parte, por las conexiones personales de las élites económicas con el liderazgo de un gobierno que está montado en un aparato de partido de Estado. ¿Qué interés pueden tener, pues, estas personas en acabar con tan buen arreglo? Creo que muy poco. La proliferación de las células empresariales del PRI, es un botón de muestra de la funcionalidad de la relación entre los hombres del dinero mexicano con los del poder político.

Hoy, más que antes, entre los que mandan hay que volver a contar a los obispos. Y si bien es verdad que don Samuel Ruiz es un problema para la estructura del poder, es igualmente cierto que el representante del Vaticano, el señor Jerónimo Prigione y un buen número de mandatarios de la iglesia católica, no han mostrado mayor interés en que se modifique la naturaleza del poder en nuestro país.

Los que controlan los medios masivos de difusión, empezando por la televisión pero incluyendo también a los radiodifusores y a un buen número de periódicos, se han comportado como buenos y seguros sostenedores del statu quo político. No hay razón para suponer que estos concesionarios, siempre prudentes y temerosos de la ley no escrita en esta materia, van a variar su línea de apoyo o, al menos, su aceptación de la simbiosis gobierno-partido.

Con el conflicto de Chiapas, el ejército ha vuelto a ganar espacio en los procesos de toma de decisiones-un indicador es el notable aumento de la participación de las fuerzas armadas dentro del presupuesto-y nada autoriza a pensar que los altos mandos prefieran un arreglo político distinto del existente.

Finalmente está el mundo externo. Las elecciones del 21 de agosto permitieron a los gobiernos y capitales de las grandes potencias con las que México se relaciona-notablemente Estados Unidos- dar su sello de aprobación a la legitimidad del sistema imperante. Gracias a la presencia de observadores extranjeros, esos gobiernos pudieron, sin el sonrojo de 1988, felicitar al candidato del PRI por su victoria. A ninguno de esos gobiernos-cuya buena voluntad es esencial para la preservación del actual arreglo político mexicano-, le importó que la contienda electoral de 1994 se hubiera dado en condiciones de gran desigualdad: entre un partido de Estado y dos partidos de oposición con recursos económicos y políticos infinitamente inferiores a los del PRI. Para el mundo exterior, ansioso de preservar la estabilidad autoritaria mexicana y de profundizar la apertura económica del país, lo único que pareció importar es que el día de la elección no se diera el fraude masivo y evidente de hace seis años; la brutal desigualdad de los contendientes en todo el proceso que culminó el 21 de agosto, le tuvo sin cuidado. En realidad, para el mundo externo y en relación con Mexico, difícilmente pudo haber entonces mejor noticia que el no cambio.