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BETHELL, Capítulo 6: "La independencia de Brasil" by Pukas

NOTA: los números entre paréntesis indican el número de página en caso de que no se entienda lo que quise decir, o en caso de querer enriquecer la información. Que les sea leve…

A fines del siglo XVIII Portugal era un país pequeño, atrasado económicamente y aislado culturalmente, pero que contaba con un imperio que se extendía por tres continentes: Asia, África, y América (que incluía la inmensa y potencialmente rica colonia de Brasil).
Hasta donde le fue posible, Portugal mantuvo el monopolio del comercio dentro de su imperio, controlado desde las ciudades de Lisboa y Oporto.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, Portugal, al igual que España, había evaluado su situación y la de su imperio. Sebastiao José de Carvalho e Melo, marqués de Pombal y sus sucesores recibieron las influencias de las ideas ilustradas de la época, así como de su entorno político y económico. Iniciaron y pusieron en práctica una serie de medidas económicas y administrativas destinadas a superar el atraso cultural y económico de Portugal y a reducir su dependencia económica y política de Inglaterra (medidas: 172).
Las consecuencias de estas medidas para Brasil fueron:
1) El establecimiento de mayores controles y la centralización de la administración. Pero no existió nada parecido al sistema de intendencias que se introdujo en Hispanoamérica.
2) El comercio colonial se liberó un poco, estrictamente dentro del marco del monopolio mercantilista.
3) Se hicieron grandes esfuerzos para estimular la producción para la exportación, con la esperanza de abrir al mismo tiempo el mercado para las manufacturas portuguesas.
Estas medidas eran algo urgentes ya que después de más de un siglo y medio de crecimiento y prosperidad basado en la agricultura de plantación (y en la minería del oro y diamante durante la primera mitad del siglo XVIII), el tercer cuarto del siglo XVIII había sido para el Brasil un período de prolongada crisis económica.
Pombal y sus sucesores consiguieron que en la década de 1780 la zona costera comenzara a gozar de un renacimiento agrícola; recuperación que se vio reforzada, a fines del siglo XVIII por la expansión constante del mercado de alimentos y de materias primas, como resultado del crecimiento de población, de la urbanización y de los inicios de la industrialización en Europa Occidental. A diferencia de España, que desde 1796 1808 estuvo separada de sus colonias, Portugal permaneció neutral, y recién en 1807 con la invasión portuguesa vio interrumpido el comercio con sus colonias. Se recuperó la producción de azúcar, el algodón se consolidó como segundo producto de exportación, y aparecieron nuevos productos como cacao, trigo, y café.
El crecimiento de las exportaciones agrícola brasileñas (en cantidad y en precio) entre el 1780 y el 1800 fue la principal causa de la aparente prosperidad económica portuguesa de principios del siglo XIX. Sin embargo, este crecimiento de la economía brasileña coincidió con, y fue en parte el resultado de, la revolución Industrial en Gran Bretaña, y especialmente en los sectores textil y siderúrgico. El mercado brasileño se surtía no de bienes portugueses, sino ingleses; legalmente por el puerto de Lisboa, o mediante el contrabando en los puertos brasileños, especialmente en Río de Janeiro. Brasil ya empezaba a superar a su metrópoli tanto en el aspecto económico, como también en el demográfico. Un tal periodista escribió: "Una rama tan pesada no puede aguantar tanto en un tronco tan podrido" (175).

Algunos historiadores consideran que las raíces del nacionalismo brasileño se sitúan en la expulsión de los holandeses del noreste de Brasil en 1654, y otros aún antes (175); pero fue durante la segunda mitad del siglo XVIII cuando surgió en Brasil un sentimiento de identidad más agudo y generalizado entre algunos sectores de la oligarquía blanca americana compuesta por los senhores de engenho (plantadores y molineros de caña de azúcar), grandes ganaderos y otros poderosos da terra, y en menor medida, dueños de minas, comerciantes, jueces, burócratas. Muchos viajaban a Europa y allí se embebían de las nuevas ideas ilustradas de la época. Como resultado del crecimiento económico, demográfico, e intelectual de Brasil a fines del siglo XVIII, comenzaron a criticarse: 1) el sistema mercantilista y las restricciones impuestas al comercio colonial y a la producción agrícola; 2) los impuestos excesivos; 3) la escasez y los altos precios de los productos manufacturados de importación. Y las exigencias de una política de liberación más ambiciosa no se limitaron al campo económico. Los liberales estaban dispuestos a enfrentar al absolutismo portugués y a exigir mayor autonomía política y más participación brasileña en el gobierno.
Existía conciencia en Brasil del relativo atraso económico de Portugal frente a su más importante colonia, como también de su propia debilidad política y social. La Corona portuguesa monopolizaba la legitimidad política y mantenía una importante función burocrática. Proporcionaba, sobre todo, estabilidad política y social. Su poder militar, era sin embargo, limitado. El ejército regular de Brasil contaba sólo con 2000 soldados, contra los 6000 que los españoles tenían sólo en Nueva España. Mas aún, muchos de los oficiales eran oriundos de Brasil, miembros de las prominentes familias de terratenientes y militares, y la mayoría de la soldadesca era reclutada en la colonia. Los oficiales de la milicia (el ejército de reserva en caso de ataque exterior o de rebelión de esclavos) eran en su mayoría terratenientes, y los soldados rasos, teóricamente, eran todos hombres libres de una zona geográfica en particular. Por último, los corpos de ordenanças (unidades territoriales) responsables del orden interno y del reclutamiento del ejército regular, también estaba dominada por la clase terrateniente brasileña.
Sin embargo, este descontento por el control económico y político ejercido desde Lisboa y la hostilidad entre brasileños nativos y portugueses residentes era menos que en la América española, ya que los lazos con la metrópoli eran más estrechos y había menos motivos de descontento por las siguientes razones.
1) La oligarquía brasileña estaba en su mayor parte menos firmemente arraigada. El poblamiento fue más lento y gradual y muchos de los principales terratenientes brasileños, sólo eran brasileños de primera generación. 2) El dominio colonial portugués era tan opresivo ni exclusivo como el español. Portugal era una potencia más débil con mayores limitaciones de recursos financieros, militares, y humanos. 3) Los lazos familiares y personales que existían entre los miembros de las elites portuguesa y brasileña se mantenían y reforzaban a través de una formación intelectual común (predominantemente la Universidad portuguesa de Coimbra). Brasil no tuvo universidades ni imprentas durante el período colonial. 4) Brasil era una sociedad esclavista. Los esclavos sumaban una tercera parte o más del total de la población y constituían el rasgo distintivo de la sociedad rural y urbana en toda la colonia. Otro 30 por ciento lo constituían los mulatos y negro libres. La minoría blanca vivía atemorizada por la amenaza del levantamiento social y racial, y estaba dispuesta a llegar a acuerdos con la metrópoli y a aceptar el dominio colonial en aras del control social. 5) A fines del siglo XVIII, la economía de Brasil era predominantemente agrícola y ganadera, y orientada a la exportación. A diferencia de la mayoría de los hacendados hispanoamericanos, los senhores de engenhos y demás plantadores mantenían fuertes lazos con los comerciantes de la metrópoli, con el comercio del Atlántico y, a través de los puertos metropolitanos de Lisboa y Oporto, con los mercados europeos. Al mismo tiempo, los plantadores dependían del comercio trasatlántico de esclavos (empresa en su mayor parte portuguesa) para la obtención de mano de obra. En comparación con las colonias españolas en América, la economía doméstica y el comercio interno eran de escala reducida. 6) El monopolio comercial de Portugal era protegido con menos celo que el de España. 7) Las reformas llevadas a cabo en la segunda mitad del siglo XVIII no tuvieron el alcance de las reformas españolas y no fueron una amenaza directa para el status quo ni para los intereses de la elite colonial. Sólo hubo dos conspiraciones significativas contra el dominio portugués en Brasil (que ni siquiera tuvieron el tiempo suficiente para convertirse en rebeliones): Mina Gerais en 1788-1789 y Bahía en 1798. Hubo dos más (Río de Janeiro en 1794 y Pernambuco en 1801) pero fueron desmanteladas en sus inicios.
La inconfidencia mineira de Minas Gerais (178) fue sin lugar a dudas el más serio de los movimientos antiportugueses de finales del siglo XVIII. La conspiración fue un fracaso. Tras su descubrimiento, sus principales dirigentes fueron arrestados, juzgados, desterrados, y en el caso de Joaquim José da Silva Xavier (conocido como "Tiradentes", el Sacamuelas), condenado a la horca.
La conspiración que se llevó a cabo en Bahía diez años más tarde (pp 178-179) fue predominantemente urbana y dio lugar a un movimiento mucho más radical dirigido a provocar el levantamiento de los mulatos, los negros libres y los esclavos, y organizada por los artesanos sastres. La "Rebelión de los Sastres" fue duramente reprimida con varias decenas de arrestos y castigos severos: cuatro líderes fueron ahorcados, arrastrados, y descuartizados, y seis más fueron deportados al África no portuguesa [¡mamita!, me parece que yo hubiese elegido la descuartización…].
A pesar de todo ello, las críticas al sistema colonial por parte de le elite blanca brasileña ni habían amainado totalmente en la década de 1790. Todavía existía un resentimiento hacia las altas tasas de impuestos, los privilegios y monopolios, y las restricciones sobre la producción y el comercio. Cualquiera que fuese la fuerza de los lazos que unía a Brasil con Portugal, existía ahora un conflicto fundamental de intereses, finalmente irreconciliable, entre metrópoli y colonia. Y para Portugal existía siempre el peligro de las exigencias económicas desembocaran en exigencias de independencia política.
Además de la neutralidad durante las guerras europeas, frente al ejemplo español, los portugueses tuvieron también mejor liderazgo político. Dom Rodrigo de Sousa e Coutinho, que subió al poder en 1796, se opuso a todo aquello que representaba la revolución Francesa; pero reconoció la necesidad de un gobierno ilustrado y de reformas políticas y económicas para asegurar la continuidad de la lealtad de la oligarquía brasileña. Inglaterra había perdido sus colonias americanas, Francia luchaba por mantener a Santo Domingo, había rebeliones por toda la América hispana; en este contexto, Portugal siguió tomando medidas de liberalización económica y nombrando brasileños en altos cargos de la administración metropolitana y colonial. De todos modos, las reformas sólo podían atrasar, o incluso precipitar, lo inevitable. Por lo cual recomendó al príncipe regente dom Joao que en caso de una invasión de Inglaterra a Portugal, se trasladase a Brasil (180).
La idea de trasladar la corte a Brasil no era novedosa, había examinada ya en situaciones anteriores. Desde luego existió una enconada oposición por parte de los intereses creados en Lisboa, pero el gobierno británico estaba a favor de ese traslado, para el cual Gran Bretaña estaba lista para "garantizar la expedición y coordinar con el príncipe regente los medios más eficaces para extender y consolidar sus dominios en Suramérica" (180).

Nota: A partir de este momento el texto se convierte en una catarata de fechas (no de años, ¡de días y meses!), que deliberadamente intentaré obviar en su mayor parte.
Luego de varios prolegómenos (180-181), ayudados y protegidos por los británicos (que obtenían a cambio los beneficios del importante mercado brasileño -recordemos que Napoleón bloqueaba los puertos europeos para la exportación de las manufacturas inglesas en plena Revolución Industrial), entre la mañana del 25 de noviembre y la tarde del 27 de noviembre [con una velocidad del viento que promedió en los tres días los 25 nudos, una temperatura que pasó de ser de 8 grados aquel día por la mañana, a 11 grados el segundo día a la tarde, y una humedad relativa que no pudieron calcular porque en Portugal aún no existía el higrómetro], de diez a quince mil personas, más algunos de sus pertrechos (recomiendo leer la lista completa de personas y objetos de la página 181, ¡imperdible!) se embarcaron en el buque real y otros varios navíos más. El 29 de noviembre "tan pronto los vientos fueron favorables", los barcos levantaron anclas [¡dos días, 15.000 personas, anclados con los barcos en el puerto…ahora entiendo porqué los brasileños tratan a los portugueses como nosotros tratamos a los gallegos…¿qué se estaban, "adaptando al barco"?!!! Eso sí tuvieron un tujes bárbaro porque al día siguiente llegó la invasión inglesa] y partieron rumbo a Brasil [la historia oficial portuguesa dice que el rey, antes de partir, gritó solemnemente: "Eu no fico…"]
Un jefe de Estado europeo, con toda su corte y con todo su gobierno, se encontraban emigrando a una de sus colonias; fue un acontecimiento único en la historia del colonialismo europeo [me imagino, faltaba que alguien los imitara todavía…].
El viaje fue una pesadilla [¡imagínense!] (182); aún así, fue todo un éxito; el 22 de enero de 1808 la realeza fugitiva arribaba a Bahía, donde lo esperaba un cálido recibimiento [y calculo que un buen baño] ya que era la primera vez que un monarca reinante pisaba suelo americano. Después de rechazar un ofrecimiento de instalarse en San salvador, partió a Río de Janeiro (en adelante, Río) donde se instaló el 7 de marzo de 1808.
El arribo de la corte portuguesa tuvo gran impacto en Brasil. De la noche a la mañana, Río se convirtió en la capital de un imperio mundial, ya no era más gobernado desde Lisboa, aunque sí en manos de la misma gente portuguesa. La ausencia de brasileños en el gobierno era notable.
"Portugal era ahora la colonia y Brasil la metrópoli" (183). Los historiadores brasileños hablan de "metropolización de la colonia". Sin embargo, si bien Brasil ya no era una colonia, tampoco era un país independiente.
Quizá más importante que el establecimiento del gobierno metropolitano en Río, fue la finalización del monopolio sobre el comercio colonial y la eliminación de Lisboa como centro comercial de importaciones y exportaciones brasileñas. Brasil tenía ahora sus puestos abiertos al comercio directo con las naciones amigas.
De esta manera, dom Joao se vio ligado desde el inicio a los intereses grandes terratenientes brasileños, concediéndoles los que los críticos del viejo sistema comercial habían criticado con mayor ahínco. Más adelante tomó otras medidas que favorecieron el desarrollo industrial (183, abajo). La apertura de los puertos al comercio exterior generó una lluvia de protestas por parte de los intereses portugueses en Río y en Lisboa. Entonces, dom Joao restringió el comercio a sólo cinco puertos brasileños: Belém, Sao Luis, Recife, Bahía, y Río, y restringió el comercio de cabotaje brasileño y el comercio con el resto del imperio portugués a los veleros portugueses (año 1808). No obstante, se había establecido el principio básico del comercio libre.
De todos modos, en la práctica el comercio con las naciones amigas se identificó con Inglaterra (184).
Gran Bretaña, sin embargo no se contentó con tener un comercio de puertas abiertas con Brasil. Quería llegar a tener los derechos preferenciales que había disfrutado en Portugal durante siglos. Y dom Joao no podía rechazar ni ésta ni otras exigencias porque dependía por completo de las tropas y del armamento británico para derrotar a los franceses en Portugal y de la armada inglesa para la defensa de Brasil y del imperio portugués en ultramar. Los nuevos beneficios comerciales obtenidos por Inglaterra (184-185) hizo que las ya baratas mercancías británicas se abarataran aún más, socavando en gran medida los esfuerzos realizados para desarrollar la industria brasileña. Huelga decir que Inglaterra no tomó medidas similares como contrapartida (185).
Otra de las cláusulas de la alianza establecía que Portugal se comprometía a reducir y eventualmente acabar con el tráfico de esclavos (185).
El traslado de la corte portuguesa a Río no sólo abrió la economía brasileña sino que terminó asimismo con el aislamiento cultural e intelectual de Brasil. Nuevas gentes y nuevas ideas llegaron a Brasil. En 1808 se estableció la primera imprenta y comenzaron a publicarse libros y periódicos. Se crearon bibliotecas. La población de Rió paso de 50.000 a 100.000 habitantes.
El gobierno portugués en Río recibió con agrado y facilitó viajes de visita a eminentes científicos, artistas y viajeros extranjeros (185-186).
Generalmente se había esperado que tras la liberación de Portugal y el fin de la guerra en Europa el príncipe regente regresaría a Lisboa. Pero dom Joao había disfrutado su residencia en Brasil. No era simplemente un rey en el exilio, se había venido con toda su corte, y aunque no todos habían echado raíces en América, se negaban a regresar. Decidió permanecer en Brasil. El 16 de diciembre de 1815 Brasil fue elevado a la categoría de reino, al igual que Portugal. Tres meses después, al morir su madre, el príncipe regente pasó a ser el rey Joao de Portugal. Sin embargo, esta doble monarquía estaba condenada al fracaso; los conflictos fundamentales entre brasileños y portugueses no fueron, ni podrían ser, resueltos.
Por un lado, los lazos entre la corona y la elite terrateniente brasileña se habían fortalecido después de 1808, ya que ambos encontraron un interés común en el librecambio; pero la política económica de la monarquía no estaba aún completamente libre de privilegios y monopolios mercantilistas irritantes, ya que dom Joao hacía lo que podía para proteger los intereses de los comerciantes portugueses residentes en Brasil y Portugal. Además los brasileños temían una posible vuelta a la colonia.
Del lado político, en comparación con Hispanoamérica, en donde no había rey a quien obedecer, en Brasil no había habido crisis de legitimidad política, e incluso la colonia había alcanzado la condición de reino. Además, dom Joao había hecho un buen uso del poder de conceder títulos nobiliarios (no hereditarios) y condecoraciones de distinto grado, tanto a portugueses como brasileños. Sin embargo, en el fondo, acechaban las aspiraciones políticas liberales y, aún más acérrimas, antiportuguesas. El dominio metropolitano, con la capital en Río, se sentía muy cerca…(187-188).
Aunque indudablemente existió, y quizá estaba aumentando, el descontento brasileño hacia el régimen portugués, que ahora parecía haberse instalado definitivamente en Río, no debería exagerarse. Aún no existían fuertes demandas, ni mucho menos generalizadas, de cambios políticos [¡qué ambiguo y contradictorio se puso este tipo!] (188-189).
La independencia de Brasil fue precipitada, después de todo, por los acontecimientos que tuvieron lugar en Portugal en 1820-1821. Viene otra catarata positivista…Ante la continua ausencia de dom Joao. El gobierno portugués estaba en manos de un Consejo de Regencia presidido por un inglés, el mariscal Beresford. El presupuesto portugués estaba en permanente déficit, los funcionarios civiles y el personal milita dejaron de percibir salarios. A fines de 1820, los liberales establecieron una Junta provisoria que gobernaría en nombre del rey, a quien se exigía su regreso inmediato a Lisboa. Se convocaba también a una Cortes Gerais Extraordinarias e Constituintes con representantes de todo el imperio para la elaboración de una nueva constitución liberal.
Las noticias de la revolución de los constitucionalistas liberales en Portugal provocaron disturbios de importancia secundaria en muchos pueblos de Brasil. De otro lado, una facción o partido "brasileño" surgió ahora en oposición al regreso (190-191).
La clase dominante brasileña era en su mayor parte conservadora, o a lo sumo liberal-conservadora [nunca voy a entender estos engendros políticos…]. Aspiraba a conservar la estructura social y económica de la colonia basada en el sistema de plantación, la esclavitud, y la exportación de productos agrícolas tropicales al mundo europeo. Pero también había otros partidos (191) que esperaban cambios profundos en la sociedad y en la política: soberanía popular, democracia e incluso una república; igualdad social y racial, hasta reforma agraria y abolición de la esclavitud.
Dom Joao tenía ante sí un dilema difícil: si regresaba caería en manos de los liberales a riesgo de perder Brasil, y si se quedaba, de perder Portugal. Finalmente, el 7 de marzo de 1821, aceptó regresar a Portugal (Gran Bretaña participó de la presión para que volviera). El joven Pedro quedó en Río como príncipe regente.
Los "brasileños" no tuvieron otra alternativa que organizarse para la defensa de los intereses brasileños en las Cortes (191-192).
El 29 de setiembre de 1821 las Cortes manifestaron sus propósitos de gobernar Brasil, al ordenar el desmantelamiento de todas las instituciones gubernamentales establecidas en Río. Y luego se nombraron gobernadores militares para cada provincia. Por último se le ordenó al príncipe regente regresar a Lisboa. Por ese entonces, comenzaron a llegar los diputados brasileños a Lisboa [¡les hicieron la gran Atenas!] donde fueron recibidos con ridiculizaciones, insultos, amenazas, y una buena dosis de cierto antagonismo. Para algún diputado (192) Brasil era una "terra de macacos, de negrinhos apanhados na costa da Africa". Por supuesto, las exigencias brasileñas no tuvieron demasiado eco en las Cortes. En cualquier caso, era ya muy tarde. Los acontecimientos en Brasil estaban avanzando veloz e inexorablemente hacia una ruptura definitiva con Portugal. Algunos de los diputados se volvieron a Brasil.
Brasil había progresado mucho desde 1808 como para aceptar nada que no fuera completa igualdad en sus relaciones con la madre patria. Se produjo un realineamiento significativo en las fuerzas políticas de Brasil. La facción "portuguesa" y la facción "brasileña" se dividieron final y definitivamente. Las fuerzas divergentes del partido brasileño en la región centro-sur cerraron sus filas para hacerle oposición conjunta a las Cortes portuguesas. Los brasileños, cada vez más seguros de sí mismos, retiraron sus lealtades al rey Joao IV y las trasladaron al príncipe regente dom Pedro. No habiendo podido convencer a don Joao de que se quedara, ahora, la clave de la futura autonomía estaba en persuadir a dom Joao de que no se fuera. El 9 de enero 1922, dom Pedro anunció que se quedaría en Brasil (O Fico). La unión con Portugal todavía no se había quebrantado, pero este expresivo acto de desobediencia del príncipe regente significaba un recahzo formal de la autoridad portuguesa sobre Brasil.
Las tropas portuguesas que no reconocieron a dom Pedro debieron volverse a Portugal. José Bonifacio de Andrada e Silva fue nombrado jefe del nuevo gabinete brasileño. Su nombramiento simbolizaba los enormes cambios que ahora tenían lugar en la política brasileña.
A comienzos de 1822, José Bonifacio era sin lugar a dudas el personaje central del proceso político en Brasil. Socialmente era progresista, pero políticamente era conservador y profundamente antidemocrático. Siguiendo esta línea, se distanció de los liberales, demócratas, y republicanos, y buscó aliarse con los terratenientes conservadores y liberales-conservadores, burócratas de alto rango y jueces, y comerciantes de Río, San Pablo, y Mina Gerais para el establecimiento de una monarquía independiente en Brasil.
El conflicto entre Bonifacio y los liberales y radicales se convirtió en una competencia para ganar influencias en el joven e inexperto príncipe regente. Pese a la oposición de Bonifacio, Pedro acordó convocar una asamblea constitucional (195). La decisión final se tomó el 7 de setiembre de 1822 a orillas del río Ipiranga, cerca de San Pablo (el detalle es divertido, 195). El 12 de octubre, cuando cumplía 24 años de edad, don Pedro fue nombrado emperador constitucional y defensor perpetuo de Brasil. Fue coronado el 1 de diciembre de 1822.

El movimiento brasileño por la independencia había basado su fortaleza en las más importantes provincias del centro-sur (Río, San Pablo, Minas, y especialmente, Río). Pernambuco, donde la guarnición militar era pequeña, rápidamente aceptó a la nueva autoridad brasileña. Las otras provincias del norte y noreste, en cambio, donde aún existían una fuerte presencia militar portuguesa y numerosas comunidades de comerciantes portugueses, permanecieron leales a las Cortes de Lisboa. Estas regiones estaban geográficamente más cerca de Portugal, no estaban económicamente integradas al centro-sur, e históricamente mantenían más lazos con Lisboa que con Río. Para que el proceso independentista se consolidara, para evitar una prolongada guerra civil, y para que se impusiera la nueva autoridad, era fundamental someter al norte y al noreste, y fundamentalmente a Bahía, sin duda la más importante de las provincias bajo control portugués. La descripción del enfrentamiento es tedioso (196). Fue en estas circunstancias (con empate por tierra, pero dominio portugués en el mar), cuando dom Pedro se dirigió a lord Cochrane (para una barata descripción, 197). Con la ayuda de este mercenario británico, finalmente las tropas portugueses fueron expulsadas de Bahía. Desde el punto de vista local, fue esencialmente una victoria para los terratenientes del Reconcavo, otra revolución conservadora.
Aparentemente, Cochrane persiguió a los portugueses hasta debajo de la cama (197).
Toda la Amazonia formaba parte, ahora, del imperio. Los británicos habían contribuido considerablemente a la causa de la independencia brasileña, y más importante, a la unidad de Brasil. A mediados de 1823, la independencia de Brasil estaba fuera de toda duda, mientras simultáneamente se habían evitado la guerra civil y la desintegración territorial. El nuevo gobierno, sin embargo, estaba ansioso de obtener el reconocimiento internacional. Por dos razones: 1) prevenir un último intento por parte de Portugal, gobernada ahora por Joao IV, absolutista, alentado, y posiblemente alentado, por los poderes reaccionarios de la Santa Alianza. 2) Fortalecer la propia autoridad del emperador en Brasil contra legitimistas, separatistas, y republicanos. La participación de Gran Bretaña sería decisiva.
Gran Bretaña tenía razones de peso para ello. 1) Portugal se encontraba muy débil, financiera y militarmente, para reimponer su dominio. Brasil era independiente de hecho. 2) Brasil era el tercer mayor mercado extranjero de Gran Bretaña. 3) A diferencia de Hispanoamérica, Brasil había conservado el régimen monárquico y Canning (secretario de Asuntos exteriores británico) estaba ansioso de preservarlo como un antídoto contra "los demonios de la democracia universal" en el continente y como vínculo valioso entre el Viejo y el Nuevo Mundo (199). 4) La declaración de la independencia de Brasil ofrecía a Gran Bretaña una oportunidad única para realizar progresos significativos en la solución del problema del comercio de esclavos (recordemos que Gran Bretaña luchaba por su abolición y Portugal basaba su sistema económico en el trabajo esclavo). Finalmente por un acuerdo entre ambos países (199), Gran Bretaña reconoció la independencia de Brasil, y éste acordó la inmediata abolición del comercio de esclavos por parte de este país. Aunque tanto don Pedro como Bonifacio aborrecían personalmente el tráfico de esclavos [uhmmmm], no se atrevían a enajenar a los grandes terratenientes brasileños, los principales soportes de la monarquía independiente de Brasil, quienes no contaban con una mano de obra alternativa a la esclava. Los peligros políticos -y económicos- que podían surgir de la abolición prematura eran mayores que los que podían derivarse del no reconocimiento de la independencia. Lo máximo que los brasileños podían ofrecer, entonces, era una abolición gradual en cuatro a cinco años, a cambio de un reconocimiento inmediato (200).
En setiembre de 1823, Portugal solicitó a los buenos oficios de Gran Bretaña para establecer relaciones con Brasil y Canning aceptó intemediar. Y Tras largas "transas a la inglesa" (200-201), Gran Bretaña consiguió que Portugal reconociera la independencia de Portugal a mediados de 1824. Se estableció que Brasil debía compensar económicamente a Portugal, además otras cláusulas (201).
Pero también hubo que pagar por los servicios prestados por Gran Bretaña; a saber: la abolición del comercio de esclavos en tres años, aranceles económicos, y fueros judiciales para los comerciantes británicos en Brasil. Concluía así, el proceso iniciado en 1808: Gran Bretaña había trasladado a Brasil la buena posición económica, sumamente privilegiada, que gozaba en Portugal.

La separación brasileña de Portugal, así como de las colonias norteamericanas de Inglaterra y la de las hispanoamericanas de España, puede en cierta mediada explicarse en términos de la crisis general -económica, política, e ideológica- del viejo sistema colonial en todo el mundo atlántico a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. La independencia de Brasil, aun más que la de Hispanoamérica, fue también el resultado de una combinación fortuita de acontecimientos políticos y militares acaecidos en Europa durante el primer cuarto del siglo XIX y de su repercusión en el Nuevo Mundo. A partir de aquí, el autor hace una especie de conclusión muy rica. Yo sólo voy a destacar lo que me parece más importante, pero recomiendo la lectura completa de las últimas dos páginas (202-203).
Compara a Brasil con Hispanoamérica:
- La independencia brasileña fue rápida y pacífica.
- Brasil no se dividió en varios estados independientes
- No existía un gran sentimiento de identidad nacional, pero las elites provinciales y regionales apoyaron el movimiento iniciado en Río y San Pablo.
- La "guerra de independencia" contra el norte y el noreste fue rápida y contundente.
- El paso de colonia a imperio independiente mostró un grado extraordinario de continuidad política, económica, y social.
Sin embargo, en 1822-1823, la independencia estaba incompleta. Fue sólo con la abdicación de Pedro en 1831, a favor de su hijo, el futuro Pedro II, cuando se concluyó finalmente el proceso de separarse Brasil totalmente de Portugal. ¡Pero no dice porqué!.

Nota: el número entre paréntesis indica el número de página en caso de que quieran entrar en el detalle de la información.
Tema: el autor analiza las causas tradicionales que se le asignan a las revoluciones hispanoamericanas, y las va descartando como principales, quedándose con la propuesta por él como la más importante.

LYNCH
Capítulo 5: "Las raíces coloniales de la Independencia latinoamericana".

Con la invasión napoleónica a España y Portugal de 1807 y 1808, en América las discusiones por la legitimidad y la lealtad dieron lugar a la violencia y la resistencia se convirtió en revolución. Pero si la Guerra de Independencia fue súbita y aparentemente espontánea, tenía una larga prehistoria durante la cual las economías coloniales atravesaron un período de auge, las sociedades desarrollaron una identidad y las ideas avanzaron a posiciones nuevas. Ahora se reclamaba autonomía en el gobierno y una economía libre. Mientras que en Brasil la transición a la independencia fue pacífica, en las colonias hispanoamericanas, España luchó ferozmente por su imperio americano. El movimiento de independencia hispanoamericano en el cono sur se organizó en dos frentes; uno avanzó desde el sur, saliendo desde Buenos Aires y conducido por San Martín, que llegó hasta Chile y Perú. Por el norte, Bolívar condujo la revolución por Venezuela, Colombia y Ecuador; encontrándose ambas ofensivas en la batalla de Ayacucho en Perú, donde en 1824 acabaron con el último baluarte realista en América [parece que Lynch desconoce la "carliana" historia de los hermanos Pincheira]. En el norte, en cambio, la sublevación mexicana tomó diferentes caminos: revolución social frustrada, reacción realista, independencia política. Hacia 1826 España había perdido todo un imperio, sólo conservaba las islas de Cuba y Puerto Rico; Portugal se había quedado sin nada.
En Hispanoamérica la mayoría de los movimientos independentistas comenzaron como la rebelión de una minoría de criollos (españoles nacidos en América) contra una minoría aún más pequeña de españoles peninsulares (españoles nacidos en España). En 1800, de una población de 13,5 millones de personas, 3,2 millones eran blancos, y sólo 30.000 eran peninsulares. Por lo tanto, en términos demográficos, el cambio político venía con retraso; no fue un accidente de 1808. El objetivo de los revolucionarios era el autogobierno para los criollos, no necesariamente para los indios, los negros, o las personas de raza mixta, los cuales conformaban el 80 por ciento de la población. Los grupos criollos eran indispensables para la independencia: para administrar sus instituciones, defender sus ganancias, y dirigir su comercio. ¿Fueron entonces, los criollos los autores concientes de la independencia? Y, ¿eran los intereses criollos su "causa"?.

LA RENOVACIÓN IMPERIAL
La inquietud criolla fue una reacción relativamente reciente en la política española. De 1650 a 1750 las familias criollas habían atravesado las barreras imperiales, ganado acceso a la burocracia, negociado impuestos y convertido en parte de varios grupos de interés que cuestionaban la política imperial. La participación política estaba acompañada de autonomía económica: habían desarrollado un mercado interno, producían bienes agrícolas y manufacturados, y prescindían del monopolio, comerciando directamente con naciones extranjeras. De esta forma, el gobierno imperial y las relaciones económicas funcionaban mediante el compromiso, y los americanos alcanzaban una especie de consenso colonial con su metrópoli.
José de Gálvez y otros planificadores borbones decidieron terminar con esta etapa criolla y retroceder a tiempos políticos anteriores para devolverle a España la grandeza imperial. Las condiciones eran las adecuadas para la recuperación: Hispanoamérica había atravesado una triple expansión durante el siglo XVIII (población, minería, y comercio). Para controlar este crecimiento, Gálvez creyó que era necesaria una administración exclusivamente española. Por otra parte, se incrementaron notablemente los impuestos. En 1804 se ordenó la apropiación de los fondos de caridad de América y su envío a España. El exceso de impuestos por sí solo no convirtió a los americanos en revolucionarios, pero promovió un clima de resentimiento y un deseo de volver a un consenso colonial, o más amenazadoramente, de avanzar a una mayor autonomía.
¿Podía la economía hispanoamericana resistir la presión? Los planificadores españoles creían que sí, si se animaba el crecimiento de la economía. Con esta intención se liberó la economía: se redujeron los aranceles aduaneros, se permitió el comercio intercolonial, y se dictó el Reglamento de Libre Comercio. Pero estas reformas trajeron a América tanto un resurgimiento como una recesión.
¿Fue entonces la época colonial tardía una etapa dorada de crecimiento, prosperidad y reforma que aumentó las expectativas de los criollos una vez más? ¿O fue un periodo de escasez, hambre y epidemias que reveló los privilegios y monopolios de los españoles con una luz aún más deslumbradora? El punto de vista lo es todo. Los campesinos empeoraron (122), entre las elites hubo ganadores y perdedores, fabricantes que no podían competir con los comerciantes y mineros que mejoraba sus ingresos. Pero en cualquier caso, todos sabían que estaban sujetos a un monopolio, privados de opciones mercantiles y dependientes de importaciones controladas por los españoles. Y, del mismo modo que estaban excluidos políticamente, estaban prácticamente excluidos del comercio con el extranjero, a diferencia del interno.
También notaron que sus industrias estaban sin proteger y abiertas a una competencia más libre de las importaciones europeas. ¿Destruyó esto la industria colonial y, con esto, otro legado de autonomía? Lynch menciona como ejemplos la producción de lana en México (122-123), y la situación de los obrajes de Cuzco (123).
Fuera cual fuera el destino de la industria, la agricultura ambicionaba más salidas de exportación de las que España permitía. A América se le negó acceso directo a los mercados internacionales, se le forzó a comerciar sólo con España y se le privó de un estímulo comercial para la producción. Sucedió en Venezuela con los productores de cacao, índigo y cueros (124-125); en el Río de la Plata, ocurrió con la exportación de cueros a Europa y de carne salada a Brasil y Cuba (125-126).
Hubo conflictos entre las diferentes colonias y dentro de ellas cuando las fuerzas mercantiles chocaron con grupos protegidos. La independencia era más que un simple movimiento en busca de comercio libre. Los americanos ya habían ganado muchas libertades en lo económico (126) que le permitieron experimentar las posibilidades de un crecimiento económico en el marco imperial entre los años 1776 y 1796 (año en que se iniciaba el bloqueo inglés que interrumpió el comercio atlántico).
A partir de 1797 algunos puestos americanos (126) comerciaron directamente con puertos extranjeros. La corona intentó poner controles a estas prácticas legalizándolas a cambio de impuestos, pero éstos no eran observados. En los años siguientes el comercio fue libre, y para los barcos estadounidenses, prácticamente ilimitado. España entonces debió vender licencias a varias compañías europeas y estadounidenses. En 1805 se autorizó de nuevo el comercio neutral; y en 1807 España no recibió in un solo envío del tesoro americano. Pero los españoles no cedieron en su empeño: los hispanoamericanos sabían que por poco realistas que fueran estas concesiones, los monopolistas de Cádiz nunca concederían un comercio libre completo y que la Corona nunca lo otorgaría. Sólo la independencia podrías destruir el monopolio.

LA DECONSTRUCCIÓN DEL ESTADO CRIOLLO
El conflicto de intereses no seguía exactamente las líneas de separación social entre los peninsulares y los criollos. Algunos criollos estaban asociados con los monopolistas; otros buscaban alianza con los funcionarios imperiales. No obstante, hubo un vago alineamiento e la sociedad según los intereses, los cuales fueron uno de los ingredientes de la dicotonomía hispano-criolla. Varias autoridades americanas estaban convencidas de que el conflicto entre los españoles y los criollos fue la causa de la revolución (127-128).
La rivalidad entre los criollos y los peninsulares era un hecho de la vida colonial. En muchas partes de América, los criollos se habían convertido en elites poderosas de terratenientes, funcionarios, y miembros del cabildo, los cuales se aprovecharon más tarde de la expansión comercial que tuvo lugar bajo los Borbones para mejorar su producción y sus expectativas. Sin embargo, el crecimiento también trajo a las colonias más recaudadores de impuestos y nuevos inmigrantes: vascos, catalanes, y otros de familias pobres, pero ambiciosas, que a menudo se mudaban a América para dedicarse al comercio.
La nueva oleada de peninsulares que llegaron después de 1760 invadieron el espacio político de los criollos, así como su posición económica. La gran época de la América criolla fue sustituida por un nuevo orden en el que el gobierno de Carlos III empezó a reducir la participación criolla y a restaurar la supremacía española. Los altos cargos en las audiencias, el ejército, el tesoro y la Iglesia se concedían ahora casi exclusivamente a peninsulares, al mismo tiempo que las oportunidades en el comercio trasatlántico se convertían en su terreno exclusivo.
La cronología del cambio no fue la misma para todas las regiones. Aquí el autor especifica, en extenso, sobre Venezuela, México, Perú, y Buenos Aires (131-135). Los resultados del nuevo imperialismo no fueron uniformes a lo largo de las Américas. Por todas partes, las nuevas instituciones chocaban con las antiguas y los desacuerdos entre los españoles se acentuaban. En general, la Corona consiguió una administración más profesional, menos ligada a los intereses locales, y un instrumento más fuerte de control imperial. Sin embargo, el precio fue alto: la frustración entre los americanos aumentó mientras se ignoraban sus reclamaciones, se le negaban sus expectativas y la nueva política perturbaba aún más el equilibrio de intereses en que habían descansado tradicionalmente el gobierno colonial. Así, en las décadas que siguieron a 1750, los hispanoamericanos vieron que los avances que les habían costado tanto, habían sido revocados por un nuevo Estado colonial, más despótico que su predecesor, pero no más respetado. Según esto, Gálvez habría sido el "autor" de las revoluciones hispanoamericanas; no obstante la historia es más complicada.

LA DEFENSA IMPERIAL
La desamericanización del Estado colonial ideada por los Borbones no se aplicaba completamente a su brazo militar. De 1800 a 1810, el ejército regular americano estaba dominado por criollos en un 60 por ciento; en las milicias locales, la participación criolla era aún mayor. España había acumulado más imperio del que podía defender y dependía de las milicias coloniales para la defensa imperial y la seguridad interna. A partir de 1763, después de la derrota en la Guerra de los Siete Años, estas milicias fueron ampliadas, reorganizadas y dotadas de privilegios. Para favorecer el reclutamiento, se permitió entrar en el servicio militar no sólo a los criollos, sino también a razas mixtas, y a éstas también se les garantizó el fuero militar. Más del 90 por ciento de los oficiales eran americanos, y los soldados, prácticamente todos.
¿Comprometió España su seguridad al confiar la defensa de América a los americanos? No está claro, las pruebas son diversas. La americanización de los militares tuvo consecuencias distintas según el lugar y la gente. En el norte de Sudamérica y en el Río de la Plata, España perdió su ejército y su control militar. En México y Perú, el ejército español, aunque también dominado por los criollos, permaneció leal durante más de una década, a falta de una seguridad alternativa (ante el temor del desborde de las masas populares).

PROTESTAS POPULARES
Dado el número de los criollos existente y la intensidad de su resentimiento, ¿por qué no formaron un movimiento, un partido o una oposición? 1) No había instituciones distintas de la burocracia donde pudieran reunirse y discutir. 2) Hasta cierto punto hubo una fusión de criollos y peninsulares para formar una clase dirigente blanca unida en sus actividades económicas, y posicionada en contra de los sectores populares. Sin embargo esto no quiere decir que todos los criollos pertenecían a la elite: podían ser pobres, tradicionalistas, o carecer de propiedad. 3) Al tener plena conciencia de su propia inferioridad numérica respecto a indios, negros, y mestizos, los criollos nunca bajaron la guardia ante los sectores populares.
En algunas partes de Hispanoamérica, la revolución de los esclavos se temía tanto que los criollos no se atrevían a abandonar la protección del gobierno imperial y romperlas relaciones con los blancos dominantes. Sin embargo, los criollos no se sentían completamente seguros con la política borbónica de permitir la movilidad social (por ejemplo la incorporación de los pardos en el ejército, o la adquisición de la blancura; de esta manera podían acceder a la educación, al sacerdocio, a los cargos públicos, y al casamiento con blancos). Con estas medidas se intentaba mitigar la discriminación, pero la concesión no tuvo gran resonancia: los blancos permanecieron indiferentes, los pardos, apáticos, y los funcionarios, poco entusiastas.
En algunas partes, la tensión racial adoptó la forma de confrontación directa entre las elites blancas y las masas indias. En Perú los criollos dudaron de la capacidad del Estado colonial de contener a las masas indias y de si las nuevas formas de explotación estaban acompañadas de niveles apropiados de seguridad. Y en México quedó claro, con la revolución de 1810, que los criollos eran los principales guardianes del orden social y del Estado colonial. Los criollos estaban en una situación especial, entre la opresión del gobierno colonial y el temor a las masas.
Los movimientos de resistencia popular a la autoridad aumentaron en frecuencia en el siglo XVIII ante la creciente presión del nuevo Estado colonial. Si el argumento económico no era por sí mismo decisivo, había habitualmente una conexión entre la existencia de funcionarios abusivos, el aumento de impuestos y el deterioro de las condiciones materiales. ¿Ocurren las revoluciones en medio de la pobreza o de la abundancia? En México, la revolución de 1810 sobrevino en momentos de hambre y desesperación; en Perú, la rebelión de Tupac Amaru y Tomás Catari se produjeron en medio de un auge agrícola. Pero en este caso el motivo fue el incremento de los impuestos y la pérdida de las tierras de los indios en manos de los grandes terratenientes. En Buenos Aires, la combinación de escasez con la enfermedad y de los precios altos son los salarios bajos no fue por sí mismo una causa inmediata de la Independencia, pero la pérdida del poder adquisitivo de muchos trabajadores a causa de la inflación presente en alimentos básicos, ayuda a explicar el apoyo popular que recibió la revolución de 1810.
La rebelión popular anticipó las revoluciones de la independencia en muchas partes de Hispanoamérica y continuó hasta más allá del periodo revolucionario sin limitaciones de cronología política. A continuación el autor da ejemplos de rebeliones en México y Perú (143-144), y dice que el modelo estándar de la rebelión colonial fue ejemplificado en Mueva Granada. Allí la rebelión de los comuneros fue una protesta dominada por los criollos contra las innovaciones de los impuestos y de la parcialidad en los nombramientos. Se incorporaron las quejas de mestizos e indios, quienes aumentaron el número del movimiento asustando a las autoridades. Sin embargo, también asustó a los propios criollos, quienes finalmente perdieron el valor y abandonaron la lucha, lo cual constituía un comportamiento típico. En la mente de los criollos, las rebeliones era una protesta contra la innovación borbónica, pero nada más: se produjeron dentro del marco de las instituciones y no desafiaron la estructura social.
Por toda Hispanoamérica, las rebeliones populares sacaron a la superficie tensiones sociales y raciales hondamente enraizadas, que normalmente permanecían latentes y sólo se explotaban cuando una presión tributaria excepcional y otros resentimientos juntaban a diferentes grupos sociales contra la administración y ofrecían a los sectores más pobres la posibilidad de expresarse. Mientras la alianza temporal de patricios y plebeyos alarmaba a las autoridades españolas, los criollos se dieron cuenta de los peligros sociales y volvieron al redil, normalmente a una recepción más tolerante que la que esperaba a los otros rebeldes. La rebelión popular, siempre y cuando tuviera una ideología, acostumbraba a mirar utopías pasadas o a una época de consenso, más que a un futuro de independencia nacional. Siguen nuevos ejemplos, en este caso Nueva granada y el área andina (146-147-148)

RAZA Y RESISTENCIA EN BRASIL
Brasil también estaba dividido jerárquicamente, pero en otros aspectos, era único en el mundo ibérico. No tuvo grandes cambios informales de poder, siempre fue más colonial y menos americanizado, y sus grupos gobernantes permanecían más fieles a la metrópoli, tanto en tiempos buenos como malos. Hasta el 1700 la sociedad se dividió en blancos y no blancos; pero a partir de entonces surgió una identidad brasileña que se enfrentó a los portugueses, y que coincidió con la aparición de una rivalidad de intereses entre los terratenientes oriundos con una base de poder en las plantaciones y los comerciantes portugueses que confiaban en el favor de la Corona, y con la competencia por los cargos públicos y las promociones eclesiásticas.
Como en Hispanoamérica, el siglo XVIII marcó, en Brasil, un renovado control real sobre el gobierno y la sociedad coloniales. El resentimiento local se exacerbó por la tendencia de la Corona a menospreciar a los americanos y a favorecer a los portugueses a la hora de ofrecer cargos oficiales. El absolutismo alcanzó su punto más alto con la política del marqués de Pombal. El comercio fue monopolizado por los comerciantes portugueses, aumentaron los impuestos, y se reforzó la administración.
Portugal pudo incrementar la presión imperial sin problemas porque la elite blanca de Brasil tenía una mayor necesidad de esclavos y de una jerarquía social, que de libertad. Los brasileños pudieron haberse sentido molestos por la discriminación y por las limitaciones en el comercio, pero no llegaron a reclamar la independencia, del mismo modo que sus intelectuales se echaron para atrás respecto a sus exigencias de libertad.
Sólo hubo dos rebeliones importantes, la de Mina Gerais en 1788 y 89, y la de Bahía en 1798. Ambas representaron poca amenaza para la Corona, y especialmente no había motivo para preocuparse, según el virrey de Bahía, porque las clases altas se habían mantenido al margen.
Como la esclavitud era un componente esencial de la economía (plantaciones y minas) y de la estructura social brasileña, las dos terceras partes de la población eran de origen africano (negro o mulato), y había más personas libres de color que blancos. El mestizaje se convirtió en un rasgo característico de la sociedad brasileña, pero no en una forma de obtener la armonía racial, ya que el crecimiento demográfico de negros y mulatos libres fue acompañado de una discriminación legal, económica, y social, lo que acrecentó las posibilidades de conflictos sociales. Ante este temor, la oligarquía local se mantuvo fiel a la Corona, sobre todo con el ejemplo cercano de Santo Domingo.

LA ERA DE LA REVOLUCIÓN
Las revoluciones hispanoamericanas respondieron primero a intereses y éstos invocaron ideas. Aunque la ideología no ocupa un lugar importante entre las causas de la independencia, ésta era la época de la revolución democrática en que las ideas parecían cruzar las fronteras de todas las sociedades.
La segunda mitad del siglo XVIII fue un periodo de cambio revolucionario en Europa y América, una época de lucha entre los conceptos aristocrático y democrático de sociedad, entre los sistemas monárquico y republicano de gobierno. Fue la época de la Revolución Industrial Inglesa y la revolución Francesa. ¿Hasta qué punto fue Latinoamérica influenciada por estas ideas y participó en el movimiento de la revolución democrática? Los movimientos políticos e intelectuales estuvieron más caracterizados por la diversidad que por la unidad.
Las revoluciones latinoamericanas no se ajustaron con exactitud a las tendencias políticas de Europa. Incluso los pensadores más liberales se distanciaron de la revolución Francesa. Como dijo Miranda: "Dos grandes ejemplos tenemos delante de nuestros ojos: la Revolución Americana y la Francesa. Imitemos discretamente la primera, evitemos con sumo cuidado los fatales efectos de la segunda". La libertad era una invocación peligrosa en Hispanoamérica, un proyecto sin poder. La igualdad era una ilusión; cuanto más radical se volvía la Revolución Francesa, menos atraía a la elite criolla. La veían como un monstruo de una democracia extremada que, si entrara en América, destruiría el orden social que conocían.
La influencia de gran Bretaña fue contundente, pero limitada. La expansión comercial inglesa encontró eco en el creciente mercado hispanoamericano. Mientras la flota británica bloqueaba el puerto de Cádiz, sus exportaciones proveían a los americanos: una nueva metrópoli económica estaba reemplazando a España en América. Quedó claro el contraste entre la creciente Gran Bretaña y la decadente España. Además, si se había expulsado a Gran Bretaña, ¿con qué derecho permanecía España?.
Por su parte, Estados Unidos ejerció su influencia simplemente con su existencia, siendo su ejemplo de libertad y republicanismo una inspiración perdurable en Hispanoamérica.

LA ILUSTRACIÓN Y LA INDEPENDENCIA
Los hispanoamericanos no disfrutaban de libertad de prensa; sin embargo no estaban aislados del mundo de las ideas o del pensamiento político de la ilustración. Los dirigentes criollos estaban familiarizados con las teorías de los derechos naturales y del contrato social. De éstas podían seguir los argumentos a favor de la libertad y la igualdad y aceptar la suposición de que estos derechos podían discernirse por medio de la razón. Y estaban de acuerdo con que el fin del gobierno era la felicidad máxima del mayor número de personas y muchos de ellos definían la felicidad sobre la base del progreso material, ¿ejercieron los pensadores franceses una influencia precisa o exclusiva? Otra posible interpretación insiste en que las doctrinas populistas españolas de Francisco Suárez y los neoescolásticos españoles proporcionaron la base ideológica de las revoluciones hispanoamericanas. No obstante, la Ilustración parecía una influencia más inmediata que era percibida por los propios americanos. ¿Qué tipo de influencia era?
Los objetivos principales eran la liberación y la independencia, pero la libertad no significaba sencillamente libertad respecto del Estado absolutista del siglo XVIII, como lo fue para la Ilustración, sino libertad de una potencia colonial, seguida de una verdadera independencia bajo una constitución liberal.
Muchos leían a Montesquieu y otros tantos a Rousseau (157-158).
Para los libertarios la libertad no era suficiente. ¿Era la Ilustración entonces una fuente de independencia como de libertad? Los filósofos franceses no eran nacionalistas. Rousseau no se ocupó de los pueblos coloniales. El hecho es que pocos de los progresistas del siglo XVIII eran revolucionarios.
Las dos excepciones fueron Paine y Raynal. Ambos defendían los derechos de libertad de los países coloniales respecto de las potencias imperiales. Pero fueron sólo excepciones; por lo tanto, la independencia, a diferencia de la libertad, atrajo a una minoría de pensadores de la Ilustración. En la mayor parte del mundo atlántico, el liberalismo de la post-Ilustración no fue por sí solo un agente de emancipación. Con la excepción de Bentham (162), la mayoría de los liberales eran, al menos, tan imperialistas como los conservadores.
Si no fue una "causa" de la independencia, la Ilustración fue una fuente indispensable que los líderes independentistas usaron para justificar, defender, y legitimar sus acciones antes, durante y después de la revolución. Como ideología funcional, su impacto fue tardío, y no se encuentran huellas de ella en las rebeliones de 1780-81. El autor pone como ejemplo a Mariano Moreno y la Revolución de Mayo (162-163).

LA IDENTIDAD AMERICANA
Los americanos no pasaron los últimos 50 años del imperio esperando la liberación; pero sí había un sentido de la conciencia política que estaba cambiando. Los reclamos fundamentales de los criollos eran el poder político, la libertad económica, y el orden social. Incluso si España hubiera sido capaz de garantizar sus necesidades y hubiese querido satisfacerlas, ¿habrían estado satisfechos por mucho tiempo? La reforma no era suficiente. El factor latente era la metamorfosis ignorada por España: la maduración de las sociedades coloniales, el desarrollo de una identidad única, la nueva América. Las sociedades coloniales no permanecen quietas: tienen dentro de ellas las emillas de su propio progreso y, finalmente. De la Independencia. Las exigencias de igualdad, de cargos y de oportunidades expresaban una conciencia más honda, un creciente sentimiento de nacionalidad y la convicción de que los americanos no eran españoles [opina Lynch]. La nacionalidad criolla se nutrió de las condiciones presentes dentro del mundo colonial: las divisiones administrativas españolas, las economías regionales y sus rivalidades, el acceso a puestos y la demanda de más y el orgullo por los recursos locales y su medio ambiente (expresado en las obras de los cronistas jesuitas y criollos). Éstos eran los componentes de su identidad que se desarrollaron a lo largo de tres siglos y que sólo quedarían satisfechos con la independencia. Los individuos comenzaron a identificarse con un grupo, y estos grupos poseían algunos de los rasgos de una nación: un origen, una lengua, una religión, un territorio, unas costumbres, y unas tradiciones comunes. Desde 1750 los criollos habían observado una creciente hispanización del gobierno americano; hacia 1780 eran concientes de que su espacio político se estaba encogiendo y de que no tenían modo de compensarlo. La identidad se alimentó de frustraciones. Si los americanos habían ganado en el pasado acceso a cargos, negociado impuestos, y comerciado con otras naciones; si ya habían experimentado algo parecido a la independencia y saboreado sus beneficios, ¿no aumentaría esto por sí solo su conciencia de patria e identidad y su deseo de obtener más libertades? Además, ¿no se consideraría un retroceso a la dependencia como una pérdida y una traición, no sólo a sus intereses materiales, sino a su orgullo como americanos?
Al mismo tiempo que se distanciaron de la nacionalidad española, los americanos se hicieron concientes de las diferencias entre ellos. Incluso en su estado prenacional, las colonias rivalizaron entre ellas en cuanto a bienes e intereses. América era un continente demasiado vasto y diverso como para reclamar la lealtad de los individuos. Fue en su propio país, no en América, donde se halló la patria chica, y donde se desarrolló un mayor grado de comunicación que con vecinos y extranjeros.
Las percepciones nacionales estaban reservadas a los criollos, mientras que los que tenían menos intereses en la sociedad colonial tenían menos respeto por la patria. Por eso los pardos tenían un sentimiento difuso de nación, mientras que los negros los esclavos no tenían ninguno. Los dirigentes indios, por otro lado, tenían otro concepto de nacionalidad. Con el caso de Tupac Amaru quedó claro que el nacionalismo inca no tenía nada en común con los intereses criollos y que la verdadera división no era entre los americanos y los europeos, sino entre los insurrectos y los realistas (165-166).
El nacionalismo incipiente, por lo tanto, fue un nacionalismo predominantemente criollo. Fue el nacionalismo expresado por Viscardo (166-167): los americanos tenían el derecho a gobernar su propio país excluyendo a los extranjeros y a defenderse a sí mismos contra los abusos del absolutismo borbónico.

LA CRISIS DEL IMPERIO
El resentimiento por sí solo no es suficiente para empezar una revolución. Las rebeliones populares acostumbraban a encenderse, explotar, y desvanecerse. Las peticiones criollas de cargos, comercio, y reducciones de impuestos solían sobornarse o ignorarse. Para que los motivos de queja se convirtieran en reclamaciones, el patriotismo en nacionalismo y el resentimiento en revolución, los hispanoamericanos necesitaban una coyuntura favorable que les permitiera tomar la iniciativa. La oportunidad se sitúa a veces en los sucesos de 1808-1810; pero en realidad España perdió el control de sus colonias en 1796 con el bloqueo inglés. Durante el lapso que duraron la guerra con Gran Bretaña y el bloqueo, el imperio americano prácticamente abandonó el sistema español del comercio libre y entró en el comercio mundial como una economía independiente. No obstante, la ansiedad económica no era bastante por sí misma para agitar a los criollos. Sus verdaderos temores se hallaban en otra parte: en el crecimiento de la inestabilidad social y racial sobre la que no tenían ningún control.
La tensión entre el poder imperial y los intereses americanos estaban aumentando. Los asuntos económicos eran serios, pero no necesariamente decisivos. Para un cambio político los americanos tendrían que confiar en sus propios recursos. Desde 1795, los criollos entraron en una nueva fase de alienación: fueron víctimas de una reacción de pánico a la Revolución Francesa, desilusionados por el incumplimiento de las promesas de reforma y convencidos de que la colaboración con el absolutismo borbónico nunca podría superar el invencible monopolio del comercio y de los cargos. Abandonados por España, los criollos todavía eran concientes de las exigencias más radicales de los sectores populares y de las divisiones raciales de las que podrían convertirse en víctimas. Las rebeliones entre 1795 y 1798 (169) terminaron persuadiendo, no sólo a la elite venezolana, sino a muchas otras en América, que llegaba el momento en que tendrían que adelantarse a la revolución (popular) para salvarse a sí mismos [¿y entonces?, ¿de qué nacionalidad me habla este muchacho?].


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Cree en Alá...
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