|
|
|
|
|
| |
|
BETHELL, Capítulo 6:
"La independencia de Brasil" by Pukas
NOTA: los números entre paréntesis
indican el número de página en caso
de que no se entienda lo que quise decir, o en
caso de querer enriquecer la información.
Que les sea leve
A fines del siglo XVIII Portugal era un país
pequeño, atrasado económicamente
y aislado culturalmente, pero que contaba con
un imperio que se extendía por tres continentes:
Asia, África, y América (que incluía
la inmensa y potencialmente rica colonia de Brasil).
Hasta donde le fue posible, Portugal mantuvo el
monopolio del comercio dentro de su imperio, controlado
desde las ciudades de Lisboa y Oporto.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, Portugal,
al igual que España, había evaluado
su situación y la de su imperio. Sebastiao
José de Carvalho e Melo, marqués
de Pombal y sus sucesores recibieron las influencias
de las ideas ilustradas de la época, así
como de su entorno político y económico.
Iniciaron y pusieron en práctica una serie
de medidas económicas y administrativas
destinadas a superar el atraso cultural y económico
de Portugal y a reducir su dependencia económica
y política de Inglaterra (medidas: 172).
Las consecuencias de estas medidas para Brasil
fueron:
1) El establecimiento de mayores controles y la
centralización de la administración.
Pero no existió nada parecido al sistema
de intendencias que se introdujo en Hispanoamérica.
2) El comercio colonial se liberó un poco,
estrictamente dentro del marco del monopolio mercantilista.
3) Se hicieron grandes esfuerzos para estimular
la producción para la exportación,
con la esperanza de abrir al mismo tiempo el mercado
para las manufacturas portuguesas.
Estas medidas eran algo urgentes ya que después
de más de un siglo y medio de crecimiento
y prosperidad basado en la agricultura de plantación
(y en la minería del oro y diamante durante
la primera mitad del siglo XVIII), el tercer cuarto
del siglo XVIII había sido para el Brasil
un período de prolongada crisis económica.
Pombal y sus sucesores consiguieron que en la
década de 1780 la zona costera comenzara
a gozar de un renacimiento agrícola; recuperación
que se vio reforzada, a fines del siglo XVIII
por la expansión constante del mercado
de alimentos y de materias primas, como resultado
del crecimiento de población, de la urbanización
y de los inicios de la industrialización
en Europa Occidental. A diferencia de España,
que desde 1796 1808 estuvo separada de sus colonias,
Portugal permaneció neutral, y recién
en 1807 con la invasión portuguesa vio
interrumpido el comercio con sus colonias. Se
recuperó la producción de azúcar,
el algodón se consolidó como segundo
producto de exportación, y aparecieron
nuevos productos como cacao, trigo, y café.
El crecimiento de las exportaciones agrícola
brasileñas (en cantidad y en precio) entre
el 1780 y el 1800 fue la principal causa de la
aparente prosperidad económica portuguesa
de principios del siglo XIX. Sin embargo, este
crecimiento de la economía brasileña
coincidió con, y fue en parte el resultado
de, la revolución Industrial en Gran Bretaña,
y especialmente en los sectores textil y siderúrgico.
El mercado brasileño se surtía no
de bienes portugueses, sino ingleses; legalmente
por el puerto de Lisboa, o mediante el contrabando
en los puertos brasileños, especialmente
en Río de Janeiro. Brasil ya empezaba a
superar a su metrópoli tanto en el aspecto
económico, como también en el demográfico.
Un tal periodista escribió: "Una rama
tan pesada no puede aguantar tanto en un tronco
tan podrido" (175).
Algunos historiadores consideran que las raíces
del nacionalismo brasileño se sitúan
en la expulsión de los holandeses del noreste
de Brasil en 1654, y otros aún antes (175);
pero fue durante la segunda mitad del siglo XVIII
cuando surgió en Brasil un sentimiento
de identidad más agudo y generalizado entre
algunos sectores de la oligarquía blanca
americana compuesta por los senhores de engenho
(plantadores y molineros de caña de azúcar),
grandes ganaderos y otros poderosos da terra,
y en menor medida, dueños de minas, comerciantes,
jueces, burócratas. Muchos viajaban a Europa
y allí se embebían de las nuevas
ideas ilustradas de la época. Como resultado
del crecimiento económico, demográfico,
e intelectual de Brasil a fines del siglo XVIII,
comenzaron a criticarse: 1) el sistema mercantilista
y las restricciones impuestas al comercio colonial
y a la producción agrícola; 2) los
impuestos excesivos; 3) la escasez y los altos
precios de los productos manufacturados de importación.
Y las exigencias de una política de liberación
más ambiciosa no se limitaron al campo
económico. Los liberales estaban dispuestos
a enfrentar al absolutismo portugués y
a exigir mayor autonomía política
y más participación brasileña
en el gobierno.
Existía conciencia en Brasil del relativo
atraso económico de Portugal frente a su
más importante colonia, como también
de su propia debilidad política y social.
La Corona portuguesa monopolizaba la legitimidad
política y mantenía una importante
función burocrática. Proporcionaba,
sobre todo, estabilidad política y social.
Su poder militar, era sin embargo, limitado. El
ejército regular de Brasil contaba sólo
con 2000 soldados, contra los 6000 que los españoles
tenían sólo en Nueva España.
Mas aún, muchos de los oficiales eran oriundos
de Brasil, miembros de las prominentes familias
de terratenientes y militares, y la mayoría
de la soldadesca era reclutada en la colonia.
Los oficiales de la milicia (el ejército
de reserva en caso de ataque exterior o de rebelión
de esclavos) eran en su mayoría terratenientes,
y los soldados rasos, teóricamente, eran
todos hombres libres de una zona geográfica
en particular. Por último, los corpos de
ordenanças (unidades territoriales) responsables
del orden interno y del reclutamiento del ejército
regular, también estaba dominada por la
clase terrateniente brasileña.
Sin embargo, este descontento por el control económico
y político ejercido desde Lisboa y la hostilidad
entre brasileños nativos y portugueses
residentes era menos que en la América
española, ya que los lazos con la metrópoli
eran más estrechos y había menos
motivos de descontento por las siguientes razones.
1) La oligarquía brasileña estaba
en su mayor parte menos firmemente arraigada.
El poblamiento fue más lento y gradual
y muchos de los principales terratenientes brasileños,
sólo eran brasileños de primera
generación. 2) El dominio colonial portugués
era tan opresivo ni exclusivo como el español.
Portugal era una potencia más débil
con mayores limitaciones de recursos financieros,
militares, y humanos. 3) Los lazos familiares
y personales que existían entre los miembros
de las elites portuguesa y brasileña se
mantenían y reforzaban a través
de una formación intelectual común
(predominantemente la Universidad portuguesa de
Coimbra). Brasil no tuvo universidades ni imprentas
durante el período colonial. 4) Brasil
era una sociedad esclavista. Los esclavos sumaban
una tercera parte o más del total de la
población y constituían el rasgo
distintivo de la sociedad rural y urbana en toda
la colonia. Otro 30 por ciento lo constituían
los mulatos y negro libres. La minoría
blanca vivía atemorizada por la amenaza
del levantamiento social y racial, y estaba dispuesta
a llegar a acuerdos con la metrópoli y
a aceptar el dominio colonial en aras del control
social. 5) A fines del siglo XVIII, la economía
de Brasil era predominantemente agrícola
y ganadera, y orientada a la exportación.
A diferencia de la mayoría de los hacendados
hispanoamericanos, los senhores de engenhos y
demás plantadores mantenían fuertes
lazos con los comerciantes de la metrópoli,
con el comercio del Atlántico y, a través
de los puertos metropolitanos de Lisboa y Oporto,
con los mercados europeos. Al mismo tiempo, los
plantadores dependían del comercio trasatlántico
de esclavos (empresa en su mayor parte portuguesa)
para la obtención de mano de obra. En comparación
con las colonias españolas en América,
la economía doméstica y el comercio
interno eran de escala reducida. 6) El monopolio
comercial de Portugal era protegido con menos
celo que el de España. 7) Las reformas
llevadas a cabo en la segunda mitad del siglo
XVIII no tuvieron el alcance de las reformas españolas
y no fueron una amenaza directa para el status
quo ni para los intereses de la elite colonial.
Sólo hubo dos conspiraciones significativas
contra el dominio portugués en Brasil (que
ni siquiera tuvieron el tiempo suficiente para
convertirse en rebeliones): Mina Gerais en 1788-1789
y Bahía en 1798. Hubo dos más (Río
de Janeiro en 1794 y Pernambuco en 1801) pero
fueron desmanteladas en sus inicios.
La inconfidencia mineira de Minas Gerais (178)
fue sin lugar a dudas el más serio de los
movimientos antiportugueses de finales del siglo
XVIII. La conspiración fue un fracaso.
Tras su descubrimiento, sus principales dirigentes
fueron arrestados, juzgados, desterrados, y en
el caso de Joaquim José da Silva Xavier
(conocido como "Tiradentes", el Sacamuelas),
condenado a la horca.
La conspiración que se llevó a cabo
en Bahía diez años más tarde
(pp 178-179) fue predominantemente urbana y dio
lugar a un movimiento mucho más radical
dirigido a provocar el levantamiento de los mulatos,
los negros libres y los esclavos, y organizada
por los artesanos sastres. La "Rebelión
de los Sastres" fue duramente reprimida con
varias decenas de arrestos y castigos severos:
cuatro líderes fueron ahorcados, arrastrados,
y descuartizados, y seis más fueron deportados
al África no portuguesa [¡mamita!,
me parece que yo hubiese elegido la descuartización
].
A pesar de todo ello, las críticas al sistema
colonial por parte de le elite blanca brasileña
ni habían amainado totalmente en la década
de 1790. Todavía existía un resentimiento
hacia las altas tasas de impuestos, los privilegios
y monopolios, y las restricciones sobre la producción
y el comercio. Cualquiera que fuese la fuerza
de los lazos que unía a Brasil con Portugal,
existía ahora un conflicto fundamental
de intereses, finalmente irreconciliable, entre
metrópoli y colonia. Y para Portugal existía
siempre el peligro de las exigencias económicas
desembocaran en exigencias de independencia política.
Además de la neutralidad durante las guerras
europeas, frente al ejemplo español, los
portugueses tuvieron también mejor liderazgo
político. Dom Rodrigo de Sousa e Coutinho,
que subió al poder en 1796, se opuso a
todo aquello que representaba la revolución
Francesa; pero reconoció la necesidad de
un gobierno ilustrado y de reformas políticas
y económicas para asegurar la continuidad
de la lealtad de la oligarquía brasileña.
Inglaterra había perdido sus colonias americanas,
Francia luchaba por mantener a Santo Domingo,
había rebeliones por toda la América
hispana; en este contexto, Portugal siguió
tomando medidas de liberalización económica
y nombrando brasileños en altos cargos
de la administración metropolitana y colonial.
De todos modos, las reformas sólo podían
atrasar, o incluso precipitar, lo inevitable.
Por lo cual recomendó al príncipe
regente dom Joao que en caso de una invasión
de Inglaterra a Portugal, se trasladase a Brasil
(180).
La idea de trasladar la corte a Brasil no era
novedosa, había examinada ya en situaciones
anteriores. Desde luego existió una enconada
oposición por parte de los intereses creados
en Lisboa, pero el gobierno británico estaba
a favor de ese traslado, para el cual Gran Bretaña
estaba lista para "garantizar la expedición
y coordinar con el príncipe regente los
medios más eficaces para extender y consolidar
sus dominios en Suramérica" (180).
Nota: A partir de este momento el texto se convierte
en una catarata de fechas (no de años,
¡de días y meses!), que deliberadamente
intentaré obviar en su mayor parte.
Luego de varios prolegómenos (180-181),
ayudados y protegidos por los británicos
(que obtenían a cambio los beneficios del
importante mercado brasileño -recordemos
que Napoleón bloqueaba los puertos europeos
para la exportación de las manufacturas
inglesas en plena Revolución Industrial),
entre la mañana del 25 de noviembre y la
tarde del 27 de noviembre [con una velocidad del
viento que promedió en los tres días
los 25 nudos, una temperatura que pasó
de ser de 8 grados aquel día por la mañana,
a 11 grados el segundo día a la tarde,
y una humedad relativa que no pudieron calcular
porque en Portugal aún no existía
el higrómetro], de diez a quince mil personas,
más algunos de sus pertrechos (recomiendo
leer la lista completa de personas y objetos de
la página 181, ¡imperdible!) se embarcaron
en el buque real y otros varios navíos
más. El 29 de noviembre "tan pronto
los vientos fueron favorables", los barcos
levantaron anclas [¡dos días, 15.000
personas, anclados con los barcos en el puerto
ahora
entiendo porqué los brasileños tratan
a los portugueses como nosotros tratamos a los
gallegos
¿qué se estaban, "adaptando
al barco"?!!! Eso sí tuvieron un tujes
bárbaro porque al día siguiente
llegó la invasión inglesa] y partieron
rumbo a Brasil [la historia oficial portuguesa
dice que el rey, antes de partir, gritó
solemnemente: "Eu no fico
"]
Un jefe de Estado europeo, con toda su corte y
con todo su gobierno, se encontraban emigrando
a una de sus colonias; fue un acontecimiento único
en la historia del colonialismo europeo [me imagino,
faltaba que alguien los imitara todavía
].
El viaje fue una pesadilla [¡imagínense!]
(182); aún así, fue todo un éxito;
el 22 de enero de 1808 la realeza fugitiva arribaba
a Bahía, donde lo esperaba un cálido
recibimiento [y calculo que un buen baño]
ya que era la primera vez que un monarca reinante
pisaba suelo americano. Después de rechazar
un ofrecimiento de instalarse en San salvador,
partió a Río de Janeiro (en adelante,
Río) donde se instaló el 7 de marzo
de 1808.
El arribo de la corte portuguesa tuvo gran impacto
en Brasil. De la noche a la mañana, Río
se convirtió en la capital de un imperio
mundial, ya no era más gobernado desde
Lisboa, aunque sí en manos de la misma
gente portuguesa. La ausencia de brasileños
en el gobierno era notable.
"Portugal era ahora la colonia y Brasil la
metrópoli" (183). Los historiadores
brasileños hablan de "metropolización
de la colonia". Sin embargo, si bien Brasil
ya no era una colonia, tampoco era un país
independiente.
Quizá más importante que el establecimiento
del gobierno metropolitano en Río, fue
la finalización del monopolio sobre el
comercio colonial y la eliminación de Lisboa
como centro comercial de importaciones y exportaciones
brasileñas. Brasil tenía ahora sus
puestos abiertos al comercio directo con las naciones
amigas.
De esta manera, dom Joao se vio ligado desde el
inicio a los intereses grandes terratenientes
brasileños, concediéndoles los que
los críticos del viejo sistema comercial
habían criticado con mayor ahínco.
Más adelante tomó otras medidas
que favorecieron el desarrollo industrial (183,
abajo). La apertura de los puertos al comercio
exterior generó una lluvia de protestas
por parte de los intereses portugueses en Río
y en Lisboa. Entonces, dom Joao restringió
el comercio a sólo cinco puertos brasileños:
Belém, Sao Luis, Recife, Bahía,
y Río, y restringió el comercio
de cabotaje brasileño y el comercio con
el resto del imperio portugués a los veleros
portugueses (año 1808). No obstante, se
había establecido el principio básico
del comercio libre.
De todos modos, en la práctica el comercio
con las naciones amigas se identificó con
Inglaterra (184).
Gran Bretaña, sin embargo no se contentó
con tener un comercio de puertas abiertas con
Brasil. Quería llegar a tener los derechos
preferenciales que había disfrutado en
Portugal durante siglos. Y dom Joao no podía
rechazar ni ésta ni otras exigencias porque
dependía por completo de las tropas y del
armamento británico para derrotar a los
franceses en Portugal y de la armada inglesa para
la defensa de Brasil y del imperio portugués
en ultramar. Los nuevos beneficios comerciales
obtenidos por Inglaterra (184-185) hizo que las
ya baratas mercancías británicas
se abarataran aún más, socavando
en gran medida los esfuerzos realizados para desarrollar
la industria brasileña. Huelga decir que
Inglaterra no tomó medidas similares como
contrapartida (185).
Otra de las cláusulas de la alianza establecía
que Portugal se comprometía a reducir y
eventualmente acabar con el tráfico de
esclavos (185).
El traslado de la corte portuguesa a Río
no sólo abrió la economía
brasileña sino que terminó asimismo
con el aislamiento cultural e intelectual de Brasil.
Nuevas gentes y nuevas ideas llegaron a Brasil.
En 1808 se estableció la primera imprenta
y comenzaron a publicarse libros y periódicos.
Se crearon bibliotecas. La población de
Rió paso de 50.000 a 100.000 habitantes.
El gobierno portugués en Río recibió
con agrado y facilitó viajes de visita
a eminentes científicos, artistas y viajeros
extranjeros (185-186).
Generalmente se había esperado que tras
la liberación de Portugal y el fin de la
guerra en Europa el príncipe regente regresaría
a Lisboa. Pero dom Joao había disfrutado
su residencia en Brasil. No era simplemente un
rey en el exilio, se había venido con toda
su corte, y aunque no todos habían echado
raíces en América, se negaban a
regresar. Decidió permanecer en Brasil.
El 16 de diciembre de 1815 Brasil fue elevado
a la categoría de reino, al igual que Portugal.
Tres meses después, al morir su madre,
el príncipe regente pasó a ser el
rey Joao de Portugal. Sin embargo, esta doble
monarquía estaba condenada al fracaso;
los conflictos fundamentales entre brasileños
y portugueses no fueron, ni podrían ser,
resueltos.
Por un lado, los lazos entre la corona y la elite
terrateniente brasileña se habían
fortalecido después de 1808, ya que ambos
encontraron un interés común en
el librecambio; pero la política económica
de la monarquía no estaba aún completamente
libre de privilegios y monopolios mercantilistas
irritantes, ya que dom Joao hacía lo que
podía para proteger los intereses de los
comerciantes portugueses residentes en Brasil
y Portugal. Además los brasileños
temían una posible vuelta a la colonia.
Del lado político, en comparación
con Hispanoamérica, en donde no había
rey a quien obedecer, en Brasil no había
habido crisis de legitimidad política,
e incluso la colonia había alcanzado la
condición de reino. Además, dom
Joao había hecho un buen uso del poder
de conceder títulos nobiliarios (no hereditarios)
y condecoraciones de distinto grado, tanto a portugueses
como brasileños. Sin embargo, en el fondo,
acechaban las aspiraciones políticas liberales
y, aún más acérrimas, antiportuguesas.
El dominio metropolitano, con la capital en Río,
se sentía muy cerca
(187-188).
Aunque indudablemente existió, y quizá
estaba aumentando, el descontento brasileño
hacia el régimen portugués, que
ahora parecía haberse instalado definitivamente
en Río, no debería exagerarse. Aún
no existían fuertes demandas, ni mucho
menos generalizadas, de cambios políticos
[¡qué ambiguo y contradictorio se
puso este tipo!] (188-189).
La independencia de Brasil fue precipitada, después
de todo, por los acontecimientos que tuvieron
lugar en Portugal en 1820-1821. Viene otra catarata
positivista
Ante la continua ausencia de
dom Joao. El gobierno portugués estaba
en manos de un Consejo de Regencia presidido por
un inglés, el mariscal Beresford. El presupuesto
portugués estaba en permanente déficit,
los funcionarios civiles y el personal milita
dejaron de percibir salarios. A fines de 1820,
los liberales establecieron una Junta provisoria
que gobernaría en nombre del rey, a quien
se exigía su regreso inmediato a Lisboa.
Se convocaba también a una Cortes Gerais
Extraordinarias e Constituintes con representantes
de todo el imperio para la elaboración
de una nueva constitución liberal.
Las noticias de la revolución de los constitucionalistas
liberales en Portugal provocaron disturbios de
importancia secundaria en muchos pueblos de Brasil.
De otro lado, una facción o partido "brasileño"
surgió ahora en oposición al regreso
(190-191).
La clase dominante brasileña era en su
mayor parte conservadora, o a lo sumo liberal-conservadora
[nunca voy a entender estos engendros políticos
].
Aspiraba a conservar la estructura social y económica
de la colonia basada en el sistema de plantación,
la esclavitud, y la exportación de productos
agrícolas tropicales al mundo europeo.
Pero también había otros partidos
(191) que esperaban cambios profundos en la sociedad
y en la política: soberanía popular,
democracia e incluso una república; igualdad
social y racial, hasta reforma agraria y abolición
de la esclavitud.
Dom Joao tenía ante sí un dilema
difícil: si regresaba caería en
manos de los liberales a riesgo de perder Brasil,
y si se quedaba, de perder Portugal. Finalmente,
el 7 de marzo de 1821, aceptó regresar
a Portugal (Gran Bretaña participó
de la presión para que volviera). El joven
Pedro quedó en Río como príncipe
regente.
Los "brasileños" no tuvieron
otra alternativa que organizarse para la defensa
de los intereses brasileños en las Cortes
(191-192).
El 29 de setiembre de 1821 las Cortes manifestaron
sus propósitos de gobernar Brasil, al ordenar
el desmantelamiento de todas las instituciones
gubernamentales establecidas en Río. Y
luego se nombraron gobernadores militares para
cada provincia. Por último se le ordenó
al príncipe regente regresar a Lisboa.
Por ese entonces, comenzaron a llegar los diputados
brasileños a Lisboa [¡les hicieron
la gran Atenas!] donde fueron recibidos con ridiculizaciones,
insultos, amenazas, y una buena dosis de cierto
antagonismo. Para algún diputado (192)
Brasil era una "terra de macacos, de negrinhos
apanhados na costa da Africa". Por supuesto,
las exigencias brasileñas no tuvieron demasiado
eco en las Cortes. En cualquier caso, era ya muy
tarde. Los acontecimientos en Brasil estaban avanzando
veloz e inexorablemente hacia una ruptura definitiva
con Portugal. Algunos de los diputados se volvieron
a Brasil.
Brasil había progresado mucho desde 1808
como para aceptar nada que no fuera completa igualdad
en sus relaciones con la madre patria. Se produjo
un realineamiento significativo en las fuerzas
políticas de Brasil. La facción
"portuguesa" y la facción "brasileña"
se dividieron final y definitivamente. Las fuerzas
divergentes del partido brasileño en la
región centro-sur cerraron sus filas para
hacerle oposición conjunta a las Cortes
portuguesas. Los brasileños, cada vez más
seguros de sí mismos, retiraron sus lealtades
al rey Joao IV y las trasladaron al príncipe
regente dom Pedro. No habiendo podido convencer
a don Joao de que se quedara, ahora, la clave
de la futura autonomía estaba en persuadir
a dom Joao de que no se fuera. El 9 de enero 1922,
dom Pedro anunció que se quedaría
en Brasil (O Fico). La unión con Portugal
todavía no se había quebrantado,
pero este expresivo acto de desobediencia del
príncipe regente significaba un recahzo
formal de la autoridad portuguesa sobre Brasil.
Las tropas portuguesas que no reconocieron a dom
Pedro debieron volverse a Portugal. José
Bonifacio de Andrada e Silva fue nombrado jefe
del nuevo gabinete brasileño. Su nombramiento
simbolizaba los enormes cambios que ahora tenían
lugar en la política brasileña.
A comienzos de 1822, José Bonifacio era
sin lugar a dudas el personaje central del proceso
político en Brasil. Socialmente era progresista,
pero políticamente era conservador y profundamente
antidemocrático. Siguiendo esta línea,
se distanció de los liberales, demócratas,
y republicanos, y buscó aliarse con los
terratenientes conservadores y liberales-conservadores,
burócratas de alto rango y jueces, y comerciantes
de Río, San Pablo, y Mina Gerais para el
establecimiento de una monarquía independiente
en Brasil.
El conflicto entre Bonifacio y los liberales y
radicales se convirtió en una competencia
para ganar influencias en el joven e inexperto
príncipe regente. Pese a la oposición
de Bonifacio, Pedro acordó convocar una
asamblea constitucional (195). La decisión
final se tomó el 7 de setiembre de 1822
a orillas del río Ipiranga, cerca de San
Pablo (el detalle es divertido, 195). El 12 de
octubre, cuando cumplía 24 años
de edad, don Pedro fue nombrado emperador constitucional
y defensor perpetuo de Brasil. Fue coronado el
1 de diciembre de 1822.
El movimiento brasileño por la independencia
había basado su fortaleza en las más
importantes provincias del centro-sur (Río,
San Pablo, Minas, y especialmente, Río).
Pernambuco, donde la guarnición militar
era pequeña, rápidamente aceptó
a la nueva autoridad brasileña. Las otras
provincias del norte y noreste, en cambio, donde
aún existían una fuerte presencia
militar portuguesa y numerosas comunidades de
comerciantes portugueses, permanecieron leales
a las Cortes de Lisboa. Estas regiones estaban
geográficamente más cerca de Portugal,
no estaban económicamente integradas al
centro-sur, e históricamente mantenían
más lazos con Lisboa que con Río.
Para que el proceso independentista se consolidara,
para evitar una prolongada guerra civil, y para
que se impusiera la nueva autoridad, era fundamental
someter al norte y al noreste, y fundamentalmente
a Bahía, sin duda la más importante
de las provincias bajo control portugués.
La descripción del enfrentamiento es tedioso
(196). Fue en estas circunstancias (con empate
por tierra, pero dominio portugués en el
mar), cuando dom Pedro se dirigió a lord
Cochrane (para una barata descripción,
197). Con la ayuda de este mercenario británico,
finalmente las tropas portugueses fueron expulsadas
de Bahía. Desde el punto de vista local,
fue esencialmente una victoria para los terratenientes
del Reconcavo, otra revolución conservadora.
Aparentemente, Cochrane persiguió a los
portugueses hasta debajo de la cama (197).
Toda la Amazonia formaba parte, ahora, del imperio.
Los británicos habían contribuido
considerablemente a la causa de la independencia
brasileña, y más importante, a la
unidad de Brasil. A mediados de 1823, la independencia
de Brasil estaba fuera de toda duda, mientras
simultáneamente se habían evitado
la guerra civil y la desintegración territorial.
El nuevo gobierno, sin embargo, estaba ansioso
de obtener el reconocimiento internacional. Por
dos razones: 1) prevenir un último intento
por parte de Portugal, gobernada ahora por Joao
IV, absolutista, alentado, y posiblemente alentado,
por los poderes reaccionarios de la Santa Alianza.
2) Fortalecer la propia autoridad del emperador
en Brasil contra legitimistas, separatistas, y
republicanos. La participación de Gran
Bretaña sería decisiva.
Gran Bretaña tenía razones de peso
para ello. 1) Portugal se encontraba muy débil,
financiera y militarmente, para reimponer su dominio.
Brasil era independiente de hecho. 2) Brasil era
el tercer mayor mercado extranjero de Gran Bretaña.
3) A diferencia de Hispanoamérica, Brasil
había conservado el régimen monárquico
y Canning (secretario de Asuntos exteriores británico)
estaba ansioso de preservarlo como un antídoto
contra "los demonios de la democracia universal"
en el continente y como vínculo valioso
entre el Viejo y el Nuevo Mundo (199). 4) La declaración
de la independencia de Brasil ofrecía a
Gran Bretaña una oportunidad única
para realizar progresos significativos en la solución
del problema del comercio de esclavos (recordemos
que Gran Bretaña luchaba por su abolición
y Portugal basaba su sistema económico
en el trabajo esclavo). Finalmente por un acuerdo
entre ambos países (199), Gran Bretaña
reconoció la independencia de Brasil, y
éste acordó la inmediata abolición
del comercio de esclavos por parte de este país.
Aunque tanto don Pedro como Bonifacio aborrecían
personalmente el tráfico de esclavos [uhmmmm],
no se atrevían a enajenar a los grandes
terratenientes brasileños, los principales
soportes de la monarquía independiente
de Brasil, quienes no contaban con una mano de
obra alternativa a la esclava. Los peligros políticos
-y económicos- que podían surgir
de la abolición prematura eran mayores
que los que podían derivarse del no reconocimiento
de la independencia. Lo máximo que los
brasileños podían ofrecer, entonces,
era una abolición gradual en cuatro a cinco
años, a cambio de un reconocimiento inmediato
(200).
En setiembre de 1823, Portugal solicitó
a los buenos oficios de Gran Bretaña para
establecer relaciones con Brasil y Canning aceptó
intemediar. Y Tras largas "transas a la inglesa"
(200-201), Gran Bretaña consiguió
que Portugal reconociera la independencia de Portugal
a mediados de 1824. Se estableció que Brasil
debía compensar económicamente a
Portugal, además otras cláusulas
(201).
Pero también hubo que pagar por los servicios
prestados por Gran Bretaña; a saber: la
abolición del comercio de esclavos en tres
años, aranceles económicos, y fueros
judiciales para los comerciantes británicos
en Brasil. Concluía así, el proceso
iniciado en 1808: Gran Bretaña había
trasladado a Brasil la buena posición económica,
sumamente privilegiada, que gozaba en Portugal.
La separación brasileña de Portugal,
así como de las colonias norteamericanas
de Inglaterra y la de las hispanoamericanas de
España, puede en cierta mediada explicarse
en términos de la crisis general -económica,
política, e ideológica- del viejo
sistema colonial en todo el mundo atlántico
a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX.
La independencia de Brasil, aun más que
la de Hispanoamérica, fue también
el resultado de una combinación fortuita
de acontecimientos políticos y militares
acaecidos en Europa durante el primer cuarto del
siglo XIX y de su repercusión en el Nuevo
Mundo. A partir de aquí, el autor hace
una especie de conclusión muy rica. Yo
sólo voy a destacar lo que me parece más
importante, pero recomiendo la lectura completa
de las últimas dos páginas (202-203).
Compara a Brasil con Hispanoamérica:
- La independencia brasileña fue rápida
y pacífica.
- Brasil no se dividió en varios estados
independientes
- No existía un gran sentimiento de identidad
nacional, pero las elites provinciales y regionales
apoyaron el movimiento iniciado en Río
y San Pablo.
- La "guerra de independencia" contra
el norte y el noreste fue rápida y contundente.
- El paso de colonia a imperio independiente mostró
un grado extraordinario de continuidad política,
económica, y social.
Sin embargo, en 1822-1823, la independencia estaba
incompleta. Fue sólo con la abdicación
de Pedro en 1831, a favor de su hijo, el futuro
Pedro II, cuando se concluyó finalmente
el proceso de separarse Brasil totalmente de Portugal.
¡Pero no dice porqué!.
|
|
|
|
Nota: el número entre paréntesis
indica el número de página en caso
de que quieran entrar en el detalle de la información.
Tema: el autor analiza las causas tradicionales
que se le asignan a las revoluciones hispanoamericanas,
y las va descartando como principales, quedándose
con la propuesta por él como la más
importante.
LYNCH
Capítulo 5: "Las raíces coloniales
de la Independencia latinoamericana".
Con la invasión napoleónica a España
y Portugal de 1807 y 1808, en América las
discusiones por la legitimidad y la lealtad dieron
lugar a la violencia y la resistencia se convirtió
en revolución. Pero si la Guerra de Independencia
fue súbita y aparentemente espontánea,
tenía una larga prehistoria durante la
cual las economías coloniales atravesaron
un período de auge, las sociedades desarrollaron
una identidad y las ideas avanzaron a posiciones
nuevas. Ahora se reclamaba autonomía en
el gobierno y una economía libre. Mientras
que en Brasil la transición a la independencia
fue pacífica, en las colonias hispanoamericanas,
España luchó ferozmente por su imperio
americano. El movimiento de independencia hispanoamericano
en el cono sur se organizó en dos frentes;
uno avanzó desde el sur, saliendo desde
Buenos Aires y conducido por San Martín,
que llegó hasta Chile y Perú. Por
el norte, Bolívar condujo la revolución
por Venezuela, Colombia y Ecuador; encontrándose
ambas ofensivas en la batalla de Ayacucho en Perú,
donde en 1824 acabaron con el último baluarte
realista en América [parece que Lynch desconoce
la "carliana" historia de los hermanos
Pincheira]. En el norte, en cambio, la sublevación
mexicana tomó diferentes caminos: revolución
social frustrada, reacción realista, independencia
política. Hacia 1826 España había
perdido todo un imperio, sólo conservaba
las islas de Cuba y Puerto Rico; Portugal se había
quedado sin nada.
En Hispanoamérica la mayoría de
los movimientos independentistas comenzaron como
la rebelión de una minoría de criollos
(españoles nacidos en América) contra
una minoría aún más pequeña
de españoles peninsulares (españoles
nacidos en España). En 1800, de una población
de 13,5 millones de personas, 3,2 millones eran
blancos, y sólo 30.000 eran peninsulares.
Por lo tanto, en términos demográficos,
el cambio político venía con retraso;
no fue un accidente de 1808. El objetivo de los
revolucionarios era el autogobierno para los criollos,
no necesariamente para los indios, los negros,
o las personas de raza mixta, los cuales conformaban
el 80 por ciento de la población. Los grupos
criollos eran indispensables para la independencia:
para administrar sus instituciones, defender sus
ganancias, y dirigir su comercio. ¿Fueron
entonces, los criollos los autores concientes
de la independencia? Y, ¿eran los intereses
criollos su "causa"?.
LA RENOVACIÓN IMPERIAL
La inquietud criolla fue una reacción relativamente
reciente en la política española.
De 1650 a 1750 las familias criollas habían
atravesado las barreras imperiales, ganado acceso
a la burocracia, negociado impuestos y convertido
en parte de varios grupos de interés que
cuestionaban la política imperial. La participación
política estaba acompañada de autonomía
económica: habían desarrollado un
mercado interno, producían bienes agrícolas
y manufacturados, y prescindían del monopolio,
comerciando directamente con naciones extranjeras.
De esta forma, el gobierno imperial y las relaciones
económicas funcionaban mediante el compromiso,
y los americanos alcanzaban una especie de consenso
colonial con su metrópoli.
José de Gálvez y otros planificadores
borbones decidieron terminar con esta etapa criolla
y retroceder a tiempos políticos anteriores
para devolverle a España la grandeza imperial.
Las condiciones eran las adecuadas para la recuperación:
Hispanoamérica había atravesado
una triple expansión durante el siglo XVIII
(población, minería, y comercio).
Para controlar este crecimiento, Gálvez
creyó que era necesaria una administración
exclusivamente española. Por otra parte,
se incrementaron notablemente los impuestos. En
1804 se ordenó la apropiación de
los fondos de caridad de América y su envío
a España. El exceso de impuestos por sí
solo no convirtió a los americanos en revolucionarios,
pero promovió un clima de resentimiento
y un deseo de volver a un consenso colonial, o
más amenazadoramente, de avanzar a una
mayor autonomía.
¿Podía la economía hispanoamericana
resistir la presión? Los planificadores
españoles creían que sí,
si se animaba el crecimiento de la economía.
Con esta intención se liberó la
economía: se redujeron los aranceles aduaneros,
se permitió el comercio intercolonial,
y se dictó el Reglamento de Libre Comercio.
Pero estas reformas trajeron a América
tanto un resurgimiento como una recesión.
¿Fue entonces la época colonial
tardía una etapa dorada de crecimiento,
prosperidad y reforma que aumentó las expectativas
de los criollos una vez más? ¿O
fue un periodo de escasez, hambre y epidemias
que reveló los privilegios y monopolios
de los españoles con una luz aún
más deslumbradora? El punto de vista lo
es todo. Los campesinos empeoraron (122), entre
las elites hubo ganadores y perdedores, fabricantes
que no podían competir con los comerciantes
y mineros que mejoraba sus ingresos. Pero en cualquier
caso, todos sabían que estaban sujetos
a un monopolio, privados de opciones mercantiles
y dependientes de importaciones controladas por
los españoles. Y, del mismo modo que estaban
excluidos políticamente, estaban prácticamente
excluidos del comercio con el extranjero, a diferencia
del interno.
También notaron que sus industrias estaban
sin proteger y abiertas a una competencia más
libre de las importaciones europeas. ¿Destruyó
esto la industria colonial y, con esto, otro legado
de autonomía? Lynch menciona como ejemplos
la producción de lana en México
(122-123), y la situación de los obrajes
de Cuzco (123).
Fuera cual fuera el destino de la industria, la
agricultura ambicionaba más salidas de
exportación de las que España permitía.
A América se le negó acceso directo
a los mercados internacionales, se le forzó
a comerciar sólo con España y se
le privó de un estímulo comercial
para la producción. Sucedió en Venezuela
con los productores de cacao, índigo y
cueros (124-125); en el Río de la Plata,
ocurrió con la exportación de cueros
a Europa y de carne salada a Brasil y Cuba (125-126).
Hubo conflictos entre las diferentes colonias
y dentro de ellas cuando las fuerzas mercantiles
chocaron con grupos protegidos. La independencia
era más que un simple movimiento en busca
de comercio libre. Los americanos ya habían
ganado muchas libertades en lo económico
(126) que le permitieron experimentar las posibilidades
de un crecimiento económico en el marco
imperial entre los años 1776 y 1796 (año
en que se iniciaba el bloqueo inglés que
interrumpió el comercio atlántico).
A partir de 1797 algunos puestos americanos (126)
comerciaron directamente con puertos extranjeros.
La corona intentó poner controles a estas
prácticas legalizándolas a cambio
de impuestos, pero éstos no eran observados.
En los años siguientes el comercio fue
libre, y para los barcos estadounidenses, prácticamente
ilimitado. España entonces debió
vender licencias a varias compañías
europeas y estadounidenses. En 1805 se autorizó
de nuevo el comercio neutral; y en 1807 España
no recibió in un solo envío del
tesoro americano. Pero los españoles no
cedieron en su empeño: los hispanoamericanos
sabían que por poco realistas que fueran
estas concesiones, los monopolistas de Cádiz
nunca concederían un comercio libre completo
y que la Corona nunca lo otorgaría. Sólo
la independencia podrías destruir el monopolio.
LA DECONSTRUCCIÓN DEL ESTADO CRIOLLO
El conflicto de intereses no seguía exactamente
las líneas de separación social
entre los peninsulares y los criollos. Algunos
criollos estaban asociados con los monopolistas;
otros buscaban alianza con los funcionarios imperiales.
No obstante, hubo un vago alineamiento e la sociedad
según los intereses, los cuales fueron
uno de los ingredientes de la dicotonomía
hispano-criolla. Varias autoridades americanas
estaban convencidas de que el conflicto entre
los españoles y los criollos fue la causa
de la revolución (127-128).
La rivalidad entre los criollos y los peninsulares
era un hecho de la vida colonial. En muchas partes
de América, los criollos se habían
convertido en elites poderosas de terratenientes,
funcionarios, y miembros del cabildo, los cuales
se aprovecharon más tarde de la expansión
comercial que tuvo lugar bajo los Borbones para
mejorar su producción y sus expectativas.
Sin embargo, el crecimiento también trajo
a las colonias más recaudadores de impuestos
y nuevos inmigrantes: vascos, catalanes, y otros
de familias pobres, pero ambiciosas, que a menudo
se mudaban a América para dedicarse al
comercio.
La nueva oleada de peninsulares que llegaron después
de 1760 invadieron el espacio político
de los criollos, así como su posición
económica. La gran época de la América
criolla fue sustituida por un nuevo orden en el
que el gobierno de Carlos III empezó a
reducir la participación criolla y a restaurar
la supremacía española. Los altos
cargos en las audiencias, el ejército,
el tesoro y la Iglesia se concedían ahora
casi exclusivamente a peninsulares, al mismo tiempo
que las oportunidades en el comercio trasatlántico
se convertían en su terreno exclusivo.
La cronología del cambio no fue la misma
para todas las regiones. Aquí el autor
especifica, en extenso, sobre Venezuela, México,
Perú, y Buenos Aires (131-135). Los resultados
del nuevo imperialismo no fueron uniformes a lo
largo de las Américas. Por todas partes,
las nuevas instituciones chocaban con las antiguas
y los desacuerdos entre los españoles se
acentuaban. En general, la Corona consiguió
una administración más profesional,
menos ligada a los intereses locales, y un instrumento
más fuerte de control imperial. Sin embargo,
el precio fue alto: la frustración entre
los americanos aumentó mientras se ignoraban
sus reclamaciones, se le negaban sus expectativas
y la nueva política perturbaba aún
más el equilibrio de intereses en que habían
descansado tradicionalmente el gobierno colonial.
Así, en las décadas que siguieron
a 1750, los hispanoamericanos vieron que los avances
que les habían costado tanto, habían
sido revocados por un nuevo Estado colonial, más
despótico que su predecesor, pero no más
respetado. Según esto, Gálvez habría
sido el "autor" de las revoluciones
hispanoamericanas; no obstante la historia es
más complicada.
LA DEFENSA IMPERIAL
La desamericanización del Estado colonial
ideada por los Borbones no se aplicaba completamente
a su brazo militar. De 1800 a 1810, el ejército
regular americano estaba dominado por criollos
en un 60 por ciento; en las milicias locales,
la participación criolla era aún
mayor. España había acumulado más
imperio del que podía defender y dependía
de las milicias coloniales para la defensa imperial
y la seguridad interna. A partir de 1763, después
de la derrota en la Guerra de los Siete Años,
estas milicias fueron ampliadas, reorganizadas
y dotadas de privilegios. Para favorecer el reclutamiento,
se permitió entrar en el servicio militar
no sólo a los criollos, sino también
a razas mixtas, y a éstas también
se les garantizó el fuero militar. Más
del 90 por ciento de los oficiales eran americanos,
y los soldados, prácticamente todos.
¿Comprometió España su seguridad
al confiar la defensa de América a los
americanos? No está claro, las pruebas
son diversas. La americanización de los
militares tuvo consecuencias distintas según
el lugar y la gente. En el norte de Sudamérica
y en el Río de la Plata, España
perdió su ejército y su control
militar. En México y Perú, el ejército
español, aunque también dominado
por los criollos, permaneció leal durante
más de una década, a falta de una
seguridad alternativa (ante el temor del desborde
de las masas populares).
PROTESTAS POPULARES
Dado el número de los criollos existente
y la intensidad de su resentimiento, ¿por
qué no formaron un movimiento, un partido
o una oposición? 1) No había instituciones
distintas de la burocracia donde pudieran reunirse
y discutir. 2) Hasta cierto punto hubo una fusión
de criollos y peninsulares para formar una clase
dirigente blanca unida en sus actividades económicas,
y posicionada en contra de los sectores populares.
Sin embargo esto no quiere decir que todos los
criollos pertenecían a la elite: podían
ser pobres, tradicionalistas, o carecer de propiedad.
3) Al tener plena conciencia de su propia inferioridad
numérica respecto a indios, negros, y mestizos,
los criollos nunca bajaron la guardia ante los
sectores populares.
En algunas partes de Hispanoamérica, la
revolución de los esclavos se temía
tanto que los criollos no se atrevían a
abandonar la protección del gobierno imperial
y romperlas relaciones con los blancos dominantes.
Sin embargo, los criollos no se sentían
completamente seguros con la política borbónica
de permitir la movilidad social (por ejemplo la
incorporación de los pardos en el ejército,
o la adquisición de la blancura; de esta
manera podían acceder a la educación,
al sacerdocio, a los cargos públicos, y
al casamiento con blancos). Con estas medidas
se intentaba mitigar la discriminación,
pero la concesión no tuvo gran resonancia:
los blancos permanecieron indiferentes, los pardos,
apáticos, y los funcionarios, poco entusiastas.
En algunas partes, la tensión racial adoptó
la forma de confrontación directa entre
las elites blancas y las masas indias. En Perú
los criollos dudaron de la capacidad del Estado
colonial de contener a las masas indias y de si
las nuevas formas de explotación estaban
acompañadas de niveles apropiados de seguridad.
Y en México quedó claro, con la
revolución de 1810, que los criollos eran
los principales guardianes del orden social y
del Estado colonial. Los criollos estaban en una
situación especial, entre la opresión
del gobierno colonial y el temor a las masas.
Los movimientos de resistencia popular a la autoridad
aumentaron en frecuencia en el siglo XVIII ante
la creciente presión del nuevo Estado colonial.
Si el argumento económico no era por sí
mismo decisivo, había habitualmente una
conexión entre la existencia de funcionarios
abusivos, el aumento de impuestos y el deterioro
de las condiciones materiales. ¿Ocurren
las revoluciones en medio de la pobreza o de la
abundancia? En México, la revolución
de 1810 sobrevino en momentos de hambre y desesperación;
en Perú, la rebelión de Tupac Amaru
y Tomás Catari se produjeron en medio de
un auge agrícola. Pero en este caso el
motivo fue el incremento de los impuestos y la
pérdida de las tierras de los indios en
manos de los grandes terratenientes. En Buenos
Aires, la combinación de escasez con la
enfermedad y de los precios altos son los salarios
bajos no fue por sí mismo una causa inmediata
de la Independencia, pero la pérdida del
poder adquisitivo de muchos trabajadores a causa
de la inflación presente en alimentos básicos,
ayuda a explicar el apoyo popular que recibió
la revolución de 1810.
La rebelión popular anticipó las
revoluciones de la independencia en muchas partes
de Hispanoamérica y continuó hasta
más allá del periodo revolucionario
sin limitaciones de cronología política.
A continuación el autor da ejemplos de
rebeliones en México y Perú (143-144),
y dice que el modelo estándar de la rebelión
colonial fue ejemplificado en Mueva Granada. Allí
la rebelión de los comuneros fue una protesta
dominada por los criollos contra las innovaciones
de los impuestos y de la parcialidad en los nombramientos.
Se incorporaron las quejas de mestizos e indios,
quienes aumentaron el número del movimiento
asustando a las autoridades. Sin embargo, también
asustó a los propios criollos, quienes
finalmente perdieron el valor y abandonaron la
lucha, lo cual constituía un comportamiento
típico. En la mente de los criollos, las
rebeliones era una protesta contra la innovación
borbónica, pero nada más: se produjeron
dentro del marco de las instituciones y no desafiaron
la estructura social.
Por toda Hispanoamérica, las rebeliones
populares sacaron a la superficie tensiones sociales
y raciales hondamente enraizadas, que normalmente
permanecían latentes y sólo se explotaban
cuando una presión tributaria excepcional
y otros resentimientos juntaban a diferentes grupos
sociales contra la administración y ofrecían
a los sectores más pobres la posibilidad
de expresarse. Mientras la alianza temporal de
patricios y plebeyos alarmaba a las autoridades
españolas, los criollos se dieron cuenta
de los peligros sociales y volvieron al redil,
normalmente a una recepción más
tolerante que la que esperaba a los otros rebeldes.
La rebelión popular, siempre y cuando tuviera
una ideología, acostumbraba a mirar utopías
pasadas o a una época de consenso, más
que a un futuro de independencia nacional. Siguen
nuevos ejemplos, en este caso Nueva granada y
el área andina (146-147-148)
RAZA Y RESISTENCIA EN BRASIL
Brasil también estaba dividido jerárquicamente,
pero en otros aspectos, era único en el
mundo ibérico. No tuvo grandes cambios
informales de poder, siempre fue más colonial
y menos americanizado, y sus grupos gobernantes
permanecían más fieles a la metrópoli,
tanto en tiempos buenos como malos. Hasta el 1700
la sociedad se dividió en blancos y no
blancos; pero a partir de entonces surgió
una identidad brasileña que se enfrentó
a los portugueses, y que coincidió con
la aparición de una rivalidad de intereses
entre los terratenientes oriundos con una base
de poder en las plantaciones y los comerciantes
portugueses que confiaban en el favor de la Corona,
y con la competencia por los cargos públicos
y las promociones eclesiásticas.
Como en Hispanoamérica, el siglo XVIII
marcó, en Brasil, un renovado control real
sobre el gobierno y la sociedad coloniales. El
resentimiento local se exacerbó por la
tendencia de la Corona a menospreciar a los americanos
y a favorecer a los portugueses a la hora de ofrecer
cargos oficiales. El absolutismo alcanzó
su punto más alto con la política
del marqués de Pombal. El comercio fue
monopolizado por los comerciantes portugueses,
aumentaron los impuestos, y se reforzó
la administración.
Portugal pudo incrementar la presión imperial
sin problemas porque la elite blanca de Brasil
tenía una mayor necesidad de esclavos y
de una jerarquía social, que de libertad.
Los brasileños pudieron haberse sentido
molestos por la discriminación y por las
limitaciones en el comercio, pero no llegaron
a reclamar la independencia, del mismo modo que
sus intelectuales se echaron para atrás
respecto a sus exigencias de libertad.
Sólo hubo dos rebeliones importantes, la
de Mina Gerais en 1788 y 89, y la de Bahía
en 1798. Ambas representaron poca amenaza para
la Corona, y especialmente no había motivo
para preocuparse, según el virrey de Bahía,
porque las clases altas se habían mantenido
al margen.
Como la esclavitud era un componente esencial
de la economía (plantaciones y minas) y
de la estructura social brasileña, las
dos terceras partes de la población eran
de origen africano (negro o mulato), y había
más personas libres de color que blancos.
El mestizaje se convirtió en un rasgo característico
de la sociedad brasileña, pero no en una
forma de obtener la armonía racial, ya
que el crecimiento demográfico de negros
y mulatos libres fue acompañado de una
discriminación legal, económica,
y social, lo que acrecentó las posibilidades
de conflictos sociales. Ante este temor, la oligarquía
local se mantuvo fiel a la Corona, sobre todo
con el ejemplo cercano de Santo Domingo.
LA ERA DE LA REVOLUCIÓN
Las revoluciones hispanoamericanas respondieron
primero a intereses y éstos invocaron ideas.
Aunque la ideología no ocupa un lugar importante
entre las causas de la independencia, ésta
era la época de la revolución democrática
en que las ideas parecían cruzar las fronteras
de todas las sociedades.
La segunda mitad del siglo XVIII fue un periodo
de cambio revolucionario en Europa y América,
una época de lucha entre los conceptos
aristocrático y democrático de sociedad,
entre los sistemas monárquico y republicano
de gobierno. Fue la época de la Revolución
Industrial Inglesa y la revolución Francesa.
¿Hasta qué punto fue Latinoamérica
influenciada por estas ideas y participó
en el movimiento de la revolución democrática?
Los movimientos políticos e intelectuales
estuvieron más caracterizados por la diversidad
que por la unidad.
Las revoluciones latinoamericanas no se ajustaron
con exactitud a las tendencias políticas
de Europa. Incluso los pensadores más liberales
se distanciaron de la revolución Francesa.
Como dijo Miranda: "Dos grandes ejemplos
tenemos delante de nuestros ojos: la Revolución
Americana y la Francesa. Imitemos discretamente
la primera, evitemos con sumo cuidado los fatales
efectos de la segunda". La libertad era una
invocación peligrosa en Hispanoamérica,
un proyecto sin poder. La igualdad era una ilusión;
cuanto más radical se volvía la
Revolución Francesa, menos atraía
a la elite criolla. La veían como un monstruo
de una democracia extremada que, si entrara en
América, destruiría el orden social
que conocían.
La influencia de gran Bretaña fue contundente,
pero limitada. La expansión comercial inglesa
encontró eco en el creciente mercado hispanoamericano.
Mientras la flota británica bloqueaba el
puerto de Cádiz, sus exportaciones proveían
a los americanos: una nueva metrópoli económica
estaba reemplazando a España en América.
Quedó claro el contraste entre la creciente
Gran Bretaña y la decadente España.
Además, si se había expulsado a
Gran Bretaña, ¿con qué derecho
permanecía España?.
Por su parte, Estados Unidos ejerció su
influencia simplemente con su existencia, siendo
su ejemplo de libertad y republicanismo una inspiración
perdurable en Hispanoamérica.
LA ILUSTRACIÓN Y LA INDEPENDENCIA
Los hispanoamericanos no disfrutaban de libertad
de prensa; sin embargo no estaban aislados del
mundo de las ideas o del pensamiento político
de la ilustración. Los dirigentes criollos
estaban familiarizados con las teorías
de los derechos naturales y del contrato social.
De éstas podían seguir los argumentos
a favor de la libertad y la igualdad y aceptar
la suposición de que estos derechos podían
discernirse por medio de la razón. Y estaban
de acuerdo con que el fin del gobierno era la
felicidad máxima del mayor número
de personas y muchos de ellos definían
la felicidad sobre la base del progreso material,
¿ejercieron los pensadores franceses una
influencia precisa o exclusiva? Otra posible interpretación
insiste en que las doctrinas populistas españolas
de Francisco Suárez y los neoescolásticos
españoles proporcionaron la base ideológica
de las revoluciones hispanoamericanas. No obstante,
la Ilustración parecía una influencia
más inmediata que era percibida por los
propios americanos. ¿Qué tipo de
influencia era?
Los objetivos principales eran la liberación
y la independencia, pero la libertad no significaba
sencillamente libertad respecto del Estado absolutista
del siglo XVIII, como lo fue para la Ilustración,
sino libertad de una potencia colonial, seguida
de una verdadera independencia bajo una constitución
liberal.
Muchos leían a Montesquieu y otros tantos
a Rousseau (157-158).
Para los libertarios la libertad no era suficiente.
¿Era la Ilustración entonces una
fuente de independencia como de libertad? Los
filósofos franceses no eran nacionalistas.
Rousseau no se ocupó de los pueblos coloniales.
El hecho es que pocos de los progresistas del
siglo XVIII eran revolucionarios.
Las dos excepciones fueron Paine y Raynal. Ambos
defendían los derechos de libertad de los
países coloniales respecto de las potencias
imperiales. Pero fueron sólo excepciones;
por lo tanto, la independencia, a diferencia de
la libertad, atrajo a una minoría de pensadores
de la Ilustración. En la mayor parte del
mundo atlántico, el liberalismo de la post-Ilustración
no fue por sí solo un agente de emancipación.
Con la excepción de Bentham (162), la mayoría
de los liberales eran, al menos, tan imperialistas
como los conservadores.
Si no fue una "causa" de la independencia,
la Ilustración fue una fuente indispensable
que los líderes independentistas usaron
para justificar, defender, y legitimar sus acciones
antes, durante y después de la revolución.
Como ideología funcional, su impacto fue
tardío, y no se encuentran huellas de ella
en las rebeliones de 1780-81. El autor pone como
ejemplo a Mariano Moreno y la Revolución
de Mayo (162-163).
LA IDENTIDAD AMERICANA
Los americanos no pasaron los últimos 50
años del imperio esperando la liberación;
pero sí había un sentido de la conciencia
política que estaba cambiando. Los reclamos
fundamentales de los criollos eran el poder político,
la libertad económica, y el orden social.
Incluso si España hubiera sido capaz de
garantizar sus necesidades y hubiese querido satisfacerlas,
¿habrían estado satisfechos por
mucho tiempo? La reforma no era suficiente. El
factor latente era la metamorfosis ignorada por
España: la maduración de las sociedades
coloniales, el desarrollo de una identidad única,
la nueva América. Las sociedades coloniales
no permanecen quietas: tienen dentro de ellas
las emillas de su propio progreso y, finalmente.
De la Independencia. Las exigencias de igualdad,
de cargos y de oportunidades expresaban una conciencia
más honda, un creciente sentimiento de
nacionalidad y la convicción de que los
americanos no eran españoles [opina Lynch].
La nacionalidad criolla se nutrió de las
condiciones presentes dentro del mundo colonial:
las divisiones administrativas españolas,
las economías regionales y sus rivalidades,
el acceso a puestos y la demanda de más
y el orgullo por los recursos locales y su medio
ambiente (expresado en las obras de los cronistas
jesuitas y criollos). Éstos eran los componentes
de su identidad que se desarrollaron a lo largo
de tres siglos y que sólo quedarían
satisfechos con la independencia. Los individuos
comenzaron a identificarse con un grupo, y estos
grupos poseían algunos de los rasgos de
una nación: un origen, una lengua, una
religión, un territorio, unas costumbres,
y unas tradiciones comunes. Desde 1750 los criollos
habían observado una creciente hispanización
del gobierno americano; hacia 1780 eran concientes
de que su espacio político se estaba encogiendo
y de que no tenían modo de compensarlo.
La identidad se alimentó de frustraciones.
Si los americanos habían ganado en el pasado
acceso a cargos, negociado impuestos, y comerciado
con otras naciones; si ya habían experimentado
algo parecido a la independencia y saboreado sus
beneficios, ¿no aumentaría esto
por sí solo su conciencia de patria e identidad
y su deseo de obtener más libertades? Además,
¿no se consideraría un retroceso
a la dependencia como una pérdida y una
traición, no sólo a sus intereses
materiales, sino a su orgullo como americanos?
Al mismo tiempo que se distanciaron de la nacionalidad
española, los americanos se hicieron concientes
de las diferencias entre ellos. Incluso en su
estado prenacional, las colonias rivalizaron entre
ellas en cuanto a bienes e intereses. América
era un continente demasiado vasto y diverso como
para reclamar la lealtad de los individuos. Fue
en su propio país, no en América,
donde se halló la patria chica, y donde
se desarrolló un mayor grado de comunicación
que con vecinos y extranjeros.
Las percepciones nacionales estaban reservadas
a los criollos, mientras que los que tenían
menos intereses en la sociedad colonial tenían
menos respeto por la patria. Por eso los pardos
tenían un sentimiento difuso de nación,
mientras que los negros los esclavos no tenían
ninguno. Los dirigentes indios, por otro lado,
tenían otro concepto de nacionalidad. Con
el caso de Tupac Amaru quedó claro que
el nacionalismo inca no tenía nada en común
con los intereses criollos y que la verdadera
división no era entre los americanos y
los europeos, sino entre los insurrectos y los
realistas (165-166).
El nacionalismo incipiente, por lo tanto, fue
un nacionalismo predominantemente criollo. Fue
el nacionalismo expresado por Viscardo (166-167):
los americanos tenían el derecho a gobernar
su propio país excluyendo a los extranjeros
y a defenderse a sí mismos contra los abusos
del absolutismo borbónico.
LA CRISIS DEL IMPERIO
El resentimiento por sí solo no es suficiente
para empezar una revolución. Las rebeliones
populares acostumbraban a encenderse, explotar,
y desvanecerse. Las peticiones criollas de cargos,
comercio, y reducciones de impuestos solían
sobornarse o ignorarse. Para que los motivos de
queja se convirtieran en reclamaciones, el patriotismo
en nacionalismo y el resentimiento en revolución,
los hispanoamericanos necesitaban una coyuntura
favorable que les permitiera tomar la iniciativa.
La oportunidad se sitúa a veces en los
sucesos de 1808-1810; pero en realidad España
perdió el control de sus colonias en 1796
con el bloqueo inglés. Durante el lapso
que duraron la guerra con Gran Bretaña
y el bloqueo, el imperio americano prácticamente
abandonó el sistema español del
comercio libre y entró en el comercio mundial
como una economía independiente. No obstante,
la ansiedad económica no era bastante por
sí misma para agitar a los criollos. Sus
verdaderos temores se hallaban en otra parte:
en el crecimiento de la inestabilidad social y
racial sobre la que no tenían ningún
control.
La tensión entre el poder imperial y los
intereses americanos estaban aumentando. Los asuntos
económicos eran serios, pero no necesariamente
decisivos. Para un cambio político los
americanos tendrían que confiar en sus
propios recursos. Desde 1795, los criollos entraron
en una nueva fase de alienación: fueron
víctimas de una reacción de pánico
a la Revolución Francesa, desilusionados
por el incumplimiento de las promesas de reforma
y convencidos de que la colaboración con
el absolutismo borbónico nunca podría
superar el invencible monopolio del comercio y
de los cargos. Abandonados por España,
los criollos todavía eran concientes de
las exigencias más radicales de los sectores
populares y de las divisiones raciales de las
que podrían convertirse en víctimas.
Las rebeliones entre 1795 y 1798 (169) terminaron
persuadiendo, no sólo a la elite venezolana,
sino a muchas otras en América, que llegaba
el momento en que tendrían que adelantarse
a la revolución (popular) para salvarse
a sí mismos [¿y entonces?, ¿de
qué nacionalidad me habla este muchacho?].
|
|
|