San Carlos de Bariloche - -
 

BAZANT by Mariano Chiappe
CAPITULO 3
MEXICO.

El brigadier realista Agustín de Iturbide proclamó la independencia de México el 24 de febrero de 1821 en Iguala, una pequeña ciudad en el corazón del sur, en la tropical tierra caliente. Iturbide, es su manifiesto hizo un llamamiento a favor de la independencia, de la unión de los mexicanos y los españoles y del respeto a la iglesia Católica Romana. El sistema de gobierno sería una monarquía constitucional en la que el emperador sería elegido entre los miembros de una familia real europea, preferiblemente la española. Por otro lado un congreso elaboraría la constitución nacional. Así, con la primera de las llamadas "tres garantías", Iturbide ganó el apoyo de los viejos guerrilleros que luchaban por la independencia, sobre todo el del general Guerrero, que por entonces operaba no muy lejos de igual. La segunda garantía ofreció seguridad a los españoles nacidos en la península pero que residían en México, y con la tercera buscó atraerse al sector eclesiástico prometiéndoles conservar los privilegios que en España desde hacía poco estaban amenazados por el régimen liberal revolucionario. El ejército tomaría a su cargo la defensa de las tres garantías.
El llamamiento de Iturbide resultó un éxito. El 30 de julio desembarcó en Veracruz el recién designado capitán general O`Donojú, al que se le había encargado asegurarse que la colonia continuara dentro del imperio español; pero al tomar contacto con la realidad, la independencia mexicana se le presentó como un hecho consumado y, decidió entrevistarse con Iturbide. Se encontraron el 24 de agosto en Córdoba y firmaron un tratado que reconocía al "imperio mexicano" como una nación soberana e independiente.
La aceptación de la independencia por parte de O`Donojú facilitó la transferencia del poder en la capital. Iturbide entró en la ciudad de México el 27 de septiembre, a la mañana siguiente escogió a los treinta y ocho miembros de la junta gubernativa. Esta junta declaró la independencia de México en un acto formal. Presidida por Iturbide, la junta se componía de bien conocidos eclesiásticos, abogados, jueces, miembros de la nobleza mexicana y unos pocos oficiales.
Desde el principio la actitud española hacia la independencia mexicana fue hostil. Aunque la mayor parte del ejército español estacionado en México juró lealtad a al nueva nación, un grupo de realistas intransigentes se retiraron a San Juan de Ulúa, una fortaleza en una isla frente al puerto de Veracruz, y esperó refuerzos con los que poder reconquistar el país. El gobierno de Madrid no desaprobó su conducta, ya que el 13 de febrero las cortes españolas rechazaron el tratado de Córdoba. La noticia del rechazo de la independencia de México por parte de la madre patria llegó a la ciudad de México varios meses más tarde. La independencia en 1821 no produjo cambios revolucionarios inmediatos en al estructura social y económica del país. El primer y principal efecto fue que el poder político antes ejercido por la burocracia real fue transferido al ejército.
El congreso se reunió en la capital el 24 de febrero de 1822 para tratar la cuestión de la recesión económica y del déficit presupuestario. Ante la desagradable sorpresa de Iturbide, la mayoría de los diputados eran "borbonistas", es decir, monárquicos pro españoles, o republicanos. Desde el primer día estuvieron en desacuerdo con él acerca de diferentes cuestiones, y la noticia de que los españoles no habían aceptado el acuerdo de Córdoba llegó mientras las relaciones entre Iturbide y los diputados se deterioraban rápidamente. El resentimiento y la desilusión consiguientes dieron paso a preguntarse por qué México no podía elegir a su propio monarca. En la noche del 18 de mayo de 1822, la guarnición local proclamó emperador a Iturbide con el nombre de Agustín I que fue coronado por el presidente del congreso el 21 de julio en la catedral de la capital.
La nobleza mexicana anhelaba un príncipe europeo y miraba con desagrado a Iturbide, el hijo de un comerciante. Por esto no es de extrañar que la caída de Iturbide haya sido más rápida que su ascenso.
Los ambiciosos oficiales del ejército tampoco estaban satisfechos: mientras que podían tolerar un príncipe extranjero, les resultaba en cambio difícil aceptar a uno de su propia clase como emperador; si no se podía conseguir traer a un príncipe extranjero, entonces la solución estaba en la república, que por lo menos era un sistema con el cual podían llegar a ser presidentes.
El puerto de Veracruz era especialmente importante para la seguridad de Iturbide. Estaba situado justo en frente de la fortaleza de San Juan de Ulúa, que permanecía en manos de los españoles. Desconfiando del ambicioso y joven comandante militar de Veracruz, Antonio López de Santa Anna, Iturbide lo envió a Jalapa a cien kilómetros de del puerto, donde le destituyó de su cargo; pero Santa Anna no tenía la más mínima intención de obedecer al emperador y a la mañana siguiente y antes de que la noticia de su destitución llegara a Veracruz, el 2 de diciembre de 1822, acusó públicamente a Iturbide de tirano. Proclamó la república y apeló por la reinstauración del Congreso y la formulación de una constitución basada en la religión la independencia y la unión.
La palabra república también sonaba demasiado revolucionaria, así pues, Santa Anna revisó su posición y cuatro días más tarde publicó un manifiesto más moderado y detallado. Sin hacer mención a una república, el manifiesto apelaba por la destitución del emperador. "la verdadera libertad de la patria para los republicanos significaba la república y para los borbonistas y los españoles una monarquía constitucional. De este modo se urgía a los dos bandos a que se unieran para luchar contra Iturbide.
El 8 de abril el Congreso anuló el manifiesto de Igual, así como también el tratado de Córdoba, y decretó que México desde entonces era libre de adoptar el sistema constitucional que quisiera. La república era un hecho real.
Así pues Santa Anna desató un movimiento que produjo la caída del imperio de Iturbide y que terminó por implantar la república. Aunque el nuevo sistema político fue concebido por los intelectuales, fue el ejército el que lo hizo posible y a al vez quien se convirtió en su dueño.
Como ahora la república se consideraba lo apropiado y los principios monárquicos se consideraban casi una traición, se adoptaron nuevas etiquetas. Los antiguos sostenedores de un imperio mexicano dirigido por un príncipe europeo se convirtieron en republicanos centralistas que abogaban por un régimen fuerte y centralizados, una reminiscencia del virreinato. La mayoría de los republicanos que se opusieron a Iturbide se convirtieron en federalistas y abogaban por una federación de estados según el modelo de los Estados Unidos. La vieja destructiva batalla entre realistas e independentistas, que en 1821 se habían convertido respectivamente en borbonistas republicanos y que se aliaron temporalmente par derrocar a Iturbide, reapareció en 1823 con lemas diferentes. Tras la abdicación de Iturbide el poder pasó, por un corto tiempo, a manos de los borbonistas, pero después una serie inesperada de sucesos ayudaron a la causa republicana. Culpando a los borbonistas de haber derrocado a Iturbide, los antiguos seguidores del emperador se unieron ahora a los republicanos y las elecciones para el nuevo congreso constitucional dio la mayoría a los federalistas.
El congreso constitucional se reunió en noviembre de 1823, y casi un año más tarde adoptó una constitución federal que se parecía mucho a la de los Estados Unidos. La constitución mexicana de 1824 dividió al país en 19 estados, que debían elegir sus gobernadores y sus legislaturas, y en cuatro territorios que estarían bajo la jurisdicción del congreso nacional. Se estableció la división de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), pero la constitución mexicana se diferenció del modelo del norte en un punto importante, ya que solemnemente declaró que "la religión de la nación mexicana es y será siempre la Católica, Apostólica y Romana. La nación la protege con leyes y justas y prohíbe ejercicio de cualquier otra". De las tres garantías del manifiesto de Iguala sólo se mantenían dos: la independencia y la religión. La tercera, la unión con los españoles (que implicaba la existencia de una monarquía con un príncipe europeo) había sido sustituida por la república federal.
La constitución de 1824 no mencionaba la igualdad ante la ley; esta omisión pretendía salvaguardar la permanencia de los fueros o inmunidades legales y exenciones que los religiosos y los militares disfrutaban ante la ley civil.
México también adopto la práctica estadounidense de elegir a un presidente y a un vicepresidente. Los dos jefes del ejecutivo podían pertenecer a partidos políticos diferentes u opuestos. El primer presidente fue un federalista liberal, el general Guadalupe Victoria y el vicepresidente un conservador centralista, el general Nicolás Bravo, un rico propietario. Aún no había partidos políticos, pero los dos grupos recurrían a las sociedades masónicas como medio de organizar sus actividades y propaganda. Las logias fueron la base sobre la que un cuarto de siglo después se erigirían los partidos conservador y liberal.
España era el único país importante que no había reconocido la independencia mexicana y a raíz de esto el nacionalismo mexicano se convirtió en un arma conveniente y eficaz que los federalistas usaron para atacar a los centralistas de quienes de forma muy extendida se pensaba que estaban a favor de España. Bravo, el líder centralista y vicepresidente, finalmente recurrió a la insurrección en contra del gobierno; pronto fue derrotado por el general Guerrero, un antiguo compañero de armas y se le envió al exilio.
La principal consecuencia política fue la próxima elección presidencial programada para 1828. La revuelta de Bravo había echado a perder las oportunidades de los centralistas que ni siquiera pudieron presentar un candidato. Entonces los federalistas se dividieron en moderados y radicales. Los centralistas o conservadores siguieron al candidato moderado, el general Manuel Gómez Pedraza, y su oponente era el general Guerreo. Pedraza fue elegido presidente, pero Guerrero se negó a aceptar el resultado y Zavala, en su nombre, organizó una revolución que triunfó en la capital en diciembre de 1828. Guerrero fue debidamente "elegido" en enero de 1829 y recibió el cargo de manos de Victoria el 1 de abril. A los cuatro años ya se había roto el orden constitucional.
Guerrero, un héroe popular de la guerra contra España, era un símbolo de la resistencia mexicana a todo lo español. Pronto se decretó la expulsión de los españoles que aún vivían en la república y se empezó a preparar la resistencia a una invasión española que se esperaba hacía tiempo. Zavala, ministro de Hacienda de Guerrero, encontró el tesoro casi vacío, y busco la manera de aumentar los ingresos. Obtuvo algunos fondos al vender los bienes de la iglesia y decretó un impuesto progresivo. Sus acciones en contra de la propiedad eclesiástica le hicieron impopular ante la iglesia, y sus intentos de reforma social, con los que buscaba el apoyo de las clases sociales más bajas, le reportaron el odio de todos los sectores de propietarios.
A finales de julio de 1829 tuvo lugar la tan largamente esperada invasión de tropas españolas y sirvió para calmar el conflicto político entre los partidos, puesto que la nación se congregó a la llamada de la unión. El general Santa Anna corrió desde su cuartel general de Veracruz a Tampico, donde habían desembarcada los invasores, y rápidamente los aplastó. En un instante se convirtió en un héroe de guerra y el país disfrutó de la alegría de la victoria. Pero la euforia fue breve y, al haber desaparecido la amenaza exterior, el grupo católico y conservador renovó su campaña contra la administración de Guerrero. Aún no se atrevían a tocar al presidente, que aún era un héroe de la independencia y ahora había salvado a la nación de la agresión española. Los objetivos fueron, en cambio, el protestante Poinsett y el demócrata Zavala. Los ataques en contra suyo fueron tan fuertes que Zavala fue obligado a renunciar el 2 de noviembre y Poinsett, una víctima fácil y propicia, abandonó México poco después.
Privado del apoyo de Zavala y de Poinsett, al poco tiempo Guerrero perdió el cargo, cuando el vicepresidente Bustamante se levantó con la ayuda del general Bravo. Bustamante, actuando como presidente, fue abiertamente conservador.
Algunas medidas no gustaron a Guerrero, y por ello se levantó de nuevo en el sur a la cabeza de un grupo de guerrilleros. El general Bravo permaneció leal a Bustamante y fue designado para dirigir el ejército en contra de Guerrero, que fue capturado en enero de 1831 y ejecutado a las pocas semanas por orden del gobierno central.
El cruel trato que se dio a Guerrero tiene una explicación. La razón está en que era un mestizo y que la oposición a su presidencia provenía de los grandes propietarios, los generales, los clérigos y los españoles residentes en México. A pesar de su pasado revolucionario, el rico criollo Bravo pertenecía a este "club de caballeros", al igual que el culto criollo Zavala a pesar de su radicalismo. Por esto la ejecución de Guerrero fue una advertencia para que los hombres considerados tanto social como étnicamente inferiores no soñaran con ser presidentes.
Bustamante no era lo suficientemente fuerte como par imponer una república permanente centralizada y pronto surgieron los grupos políticos rivales. José María Luis Mora, un pobre profesor de teología, justificó el desmantelamiento de la propiedad eclesiástica y así puso las bases teóricas de la ideología y el movimiento liberal y anticlerical. La esencia del liberalismo radicaba precisamente en la destrucción de la propiedad de la iglesia y, a la vez, en el fortalecimiento de la propiedad privada.
Mora era más un teórico que un hombre de acción, y le tocó a Gómez Farías organizar la oposición contra Bustamante. Como la milicia de voluntarios de Zacatecas era tan sólo una fuerza local, necesitaba disponer de un aliado en el ejército profesional. El general Santa Anna se había rebelado contra Bustamante en enero de 1832; su ideología era poco clara, pero ante la gente estaba estrechamente relacionado con Guerrero, a quien había apoyado decididamente. Por ello ahora se le presentaba la oportunidad de beneficiarse de la ejecución de Guerrero, que había sido una medida muy impopular. Además, como que él aún era un héroe nacional (tras alcanzar la gloria por haber aplastado la invasión española de 1829), podía intentar ocupar el lugar de Guerrero como figura popular favorita y a finales de 1832 Bustamante tuvo que aceptar la derrota.
En marzo de 1833 Santa Anna fue elegido presidente y Gómez Farías vicepresidente, empezando formalmente su mandato el 1 de abril. Gómez Farías estaba ansioso de emprender reformas liberales y Santa Anna prefirió dejar, por el momento el ejercicio del poder a su vicepresidente, mientras él continuaba en su estado de Veracruz esperando la reacción de la opinión pública.
Gómez Farías, su gabinete y el Congreso liberal intentaron reducir el tamaño del ejército, y no pasó mucho tiempo antes de que los jóvenes oficiales militares imploraran a Santa Anna que interviniera. Al final, cuando varios oficiales y sus tropas se rebelaron en mayor de 1834 y cuando la rebelión se expandió, decidió abandonar su hacienda y asumir la autoridad presidencial en la capital. Las consecuencias de esta decisión pronto se hicieron patentes. Las reformas se dejaron de lado y en enero de 1835Gómez Farías fue expulsado de su cargo de vicepresidente. Dos meses más tarde, un nuevo congreso aprobó una moción para modificar la constitución de 1824 a fin de implantar una república centralista. Santa Anna, sabiendo que Zacatecas era el bastión del federalismo, invadió el estado, derrotó a su milicia y depuso al gobernador García. El 23 de octubre de 1835 el congreso elaboró una constitución centralista provisional según la cual los estados serían sustituidos por departamentos y sus gobernadores serían designados desde entonces por el presidente de la república.
Poco después de la derrota de Zacatecas, en el norte se produjeron una complicaciones imprevistas, tanto para México como para Santa Anna. La provincia de Texas se negó a aceptar el centralismo y finalmente se levantó en armas; Santa Anna decidió dirigir en persona lo que él consideraba una simple expedición punitiva, pero fue derrotado y hecho prisionero. Entonces los tejanos ya habían declarado su independencia. Santa Anna siendo prisionero de los tejanos, firmó un tratado que garantizaba la independencia de Texas y reconocía a Río Grande como frontera entre ambos países. Después se le dejó en libertad y en febrero de 1837 volvió a México, pero cayó en desgracia ya que entretanto el gobierno mexicano no había aceptado el tratado y se negó a renunciar a sus derechos sobre la antigua provincia.
En cierta manera, México logó contrarrestar su derrota en el norte con un triunfo en el frente diplomático europeo, ya que España y la Santa Sede finalmente reconocieron la independencia de la nación a finales de 1836. Con la esperanza de dar al país la estabilidad que tanto necesitaba se alargó el mandato presidencial de cuatro a ocho años. Bustamante había vuelto a ocupar su cargo como nuevo presidente y mostraba una fuerte inclinación creciente hacia los federalistas que pretendían que se reimplantara la constitución de 1824.
Santa Anna también estaba descontento con la constitución de 1836, que había introducido un curioso "poder conservador supremo" para limitar el poder del presidente. Yucatán declaró su independencia y Bustamante no fue capaz de volverlo a hacer entrar en al república. El incremento de los impuestos, los aranceles y los precios, sólo sirvió para que el descontento se extendiera aún más. El país estaba a punto de iniciar una nueva revolución.
Así pues, en agosto de 1841 acaeció la destitución de Bustamante y Santa Anna (una vez más apareciendo en escena) actuó como intermediario convirtiéndose en presidente provisional en octubre de 1841. Las elecciones al nuevo congreso fueron lo suficientemente libres como para dar una mayoría de diputados federalistas o liberales. En 1842 trabajaron sobre una nueva constitución a la sombra de la presidencia de Santa Anna e hicieron dos borradores; en el segundo se incluía la declaración de los derechos humanos o garantías; en concreto, se especificaba que la ley sería la misma para todos y que no habría tribunales especiales. En otras palabras, ello quería decir que se aboliría la inmunidad ante la ley civil y que se terminaría con los monopolios gubernamentales. Además la educación sería gratuita.
En diciembre de 1842 el ejército disolvió el congreso cuando estaba discutiendo las reformas constitucionales y, en ausencia de Santa Anna, el presidente Bravo nombró un comité de propietarios, eclesiásticos, oficiales del ejército y abogados conservadores que unos meses después elaboró una constitución aceptable para Santa Anna. En el documento, centralista y conservador, no se hacía referencia a los derechos humanos, sobre todo a la igualdad. Los poderes presidenciales se vieron acrecentados por la omisión del "poder conservador supremo" introducido en la constitución de 1836. Pero el poder del presidente no podía se absoluto porque, si bien los autores de la nueva constitución querían un jefe de Estado fuerte, en cambio, no querían un déspota.
Continuando con el proceso, las extorsiones fiscales de Santa Anna se volvieron insoportables y fue otra vez destituido a finales de 1844. El congreso eligió al general José Joaquín Herrera (respetado moderado) como presidente.
Texas fue anexada por Estados Unidos y aprobada por el congreso de ese mismo país en febrero de 1845 y al ver Herrera que el estado económico financiero del país no le permitía oponer resistencia y que no llegaría ayuda de Europa, intento llegar a un acuerdo.
En diciembre de 1845, el general Paredes se rebeló con el pretexto de que "el territorio de la república se iba a disgregar". Herrera dimitió y Paredes se convirtió en presidente a principio de 1846.
Las hostilidades estallaron en abril de 1846 y, en dos o tres meses, el ejército estadounidense derrotó a las fuerzas mexicanas y ocupó parte del norte de México. La inhabilidad de Paredes para defender al país y sus simpatías monárquicas desplazaron la opinión pública al otro extremo; se pensó que quizás el viejo federalista Gómez Farías y el otrora héroe nacional Santa Anna, conocidos los dos por su odio a los Estados Unidos, podrían ser más eficaces. Santa Anna en su exilio cubano con su verborrea acostumbrada sugirió que podrían trabajar conjuntamente. Posiblemente pensando que el ejército necesitaba a Santa Anna y que lo podría controlar, Gómez Farías aceptó.
Gómez Farías se dirigió hacia México y a principios de agosto, ocupó la capital y se restaruó la constitución de 1824. El gobierno de los Estados Unidos entonces permitió que Santa Anna cruzara el bloqueo y desembarcara en Veracruz. Su relación quedó formalizada en diciembre cuando el Congreso nombró a Santa Anna presidente y a Gómez Farías vicepresidente.
Santa Anna pronto se marchó para dirigir al ejército y Gómez Farías, a fin de poder cubrir las urgentes necesidades del ejército, nacionalizó propiedades de la iglesia hasta un valor de 15 millones de pesos. La iglesia protestó y Santa Anna al regresar el 21 de marzo, una semana más tarde, repudió los dos decretos confiscatorios. Como Farías se resistió a ser destituido, el 1 de abril se abolió la vicepresidencia. La segunda sociedad de los dos dirigentes políticos del período se terminó para siempre.
El 9 de marzo, mientras la capital del país se sumergía en la guerra civil, el ejército estadounidense bajo la dirección del general Scout, desembarcó cerca de Veracruz, y el puerto se rindió el 29 de marzo. Santa Anna dimitió como presidente (pero no como comandante en jefe) y salió del país. La derrota generalmente se atribuyó a la incompetencia y traición de Santa Anna.
Se constituyó el nuevo gobierno, se negoció el tratado de paz y finalmente se firmó el 2 de febrero de 1848. México perdió lo que en realidad ya había perdido: Texas, Nuevo México y California. Los negociadores mexicanos consiguieron obtener la devolución de territorios que los Estados Unidos creían que habían ocupado sólidamente, como por ejemplo la Baja California. Incluso así, las provincias perdidas constituían cerca de la mitad del territorio mexicano, aunque sólo contaban con un 1 o un 2 % de la población total y por entonces sólo se conocían unos pocos de sus recursos naturales. Por lo tanto, su pérdida no destrozó la economía mexicana y a cambio recibió una indemnización de 15 millones de dólares.

La condición de los indios mexicanos en 1847 no había cambiado nada. Algunos vivían en las haciendas de las zonas rurales (que eran grandes empresas, establecimientos o propiedades agrícolas) y otros en las tierras comunales, formando verdaderas comunidades. Los peones generalmente obtenían dinero de su cuenta para comprar en el almacén de la hacienda. Incluso si no debían anda, los peones no eran completamente libres de abandonar su empleo cuando quisieran. Las leyes sobre la vagancia, heredadas también del período colonial, hacían difícil a los peones sin tierra dar vueltas por el país buscando otro trabajo. Los indios que vivían en los pueblos estaban mejor porque podían trabajar como temporeros en las haciendas vecinas.
Hubo otros grupos de población rural que se han de diferenciar de los peones y los campesinos residentes en pueblos. Había ocupantes de tierras, rentistas, arrendatarios y aparceros que vivían en los límites de la hacienda generalmente en pequeñas parcelas. Como sólo en raras ocasiones podían pagar una renta en metálico, a menudo eran forzados a pagar con su propio trabajo o el de su hijo, y si se resistía se le confiscaba sus animales, o quizás unas cuantas cabezas de ganado. También podían, por descontado, se expulsados, pero probablemente era raro que sucediera porque al propietario le convenía que estuvieran allí como peones potenciales. Obviamente, el hacendado era el señor de su territorio. Las diferencias sociales y étnicas parece que eran aceptadas por todos y los peones, los campesinos y los arrendatarios no parece que se resintieran de su estado inferior. Se limitaban a protestar por los abusos de los poderosos, de quienes era difícil, sino imposible, obtener una reparación a través de los canales normales.

Yucatán abrazó al federalismo y en 1839 se rebeló en contra de México con la ayuda de los soldados mayas, convirtiéndose en un Estado independiente.
A cambio de servir como soldados, los blancos habían prometido a los indios abolir o al menos reducir, los impuestos, pero obviamente no se cumplió la promesa y los mayas se rebelaron en el verano de 1847 con el deseo de exterminar o al menos expulsar a la población blanca. La revuelta pronto se convirtió en una guerra a gran escala, conocida desde entonces como guerra de las Castas. En la cruel guerra que siguió, los indios casi consiguieron echar a sus enemigos al mar. Después de varios años de lucha en el Yucatán, en la que los terratenientes locales habían buscado el apoyo de sus peones y también pagaron a mercenarios estadounidenses, la insurrección de los mayas gradualmente se fue apaciguando. Los criollos yucatecos salvaron su piel y sus propiedades, pero perdieron para siempre toda esperanza de independizarse de México. Por otro lado, la población del Yucatán había quedado reducida a casi la mitad.

Los últimos meses de 1850 presenciaron la celebración de nuevas elecciones presidenciales en México. Un liberal moderado de nombre Arista fue elegido presidente. Esta fue la primera ocasión desde la independencia en que un presidente no sólo pudo terminar su mandato, sino también entregar el cargo a un sucesor elegido legalmente. Sin embargo, el proceso constitucional pronto iba a romperse de nuevo.
La marea avanzaba en contra de los liberales moderados que, según el sentir popular, habían traicionado a la nación al haber firmado el tratado de paz y por "vender" la mitad de su territorio; eran los responsables del desastre existente.
En julio de 1852, en Guadalajara, de nuevo una revuelta militar se extendió por los otros estados. Arista dimitió y los militares, creyéndose incapaces para mandar, acordaron llamar al antiguo dictador que entonces vivía en Colombia. El 17 de marzo de 1853, el congreso eligió debidamente a Santa Anna como presidente, y el gobierno le pidió que regresara. Santa Anna tomó posesión de la presidencia el 20 de abril de 1853. En esta ocasión contaba con un apoyo más amplio que en 1846, cuando sólo los liberales radicales organizados en grupos políticos le habían pedido que volviera. Ahora tanto los conservadores como los liberales se inclinaban por su liderazgo.
Lo primero que hizo fue suspender la constitución y por lo tanto gobernó sin una constitución. El régimen de Santa Anna se fue volviendo cada vez más reaccionario y autocrático. Amaba la fastuosidad y la pompa del cargo, pero despreciaba el trabajo administrativo cotidiano. Durante sus diversos anteriores períodos como jefe de Estado, resolvió esta cuestión dejando la tarea presidencial en manos del vicepresidente civil, reservando los asuntos del ejército y la gloria para sí mismo. En 1853, con el país dividido en dos partidos hostiles y una vez más al borde de la desintegración, se encontró con que debía cargar con todo el peso de la presidencia. Sin embargo, lo embelleció con tal variedad títulos y prerrogativas que se convirtió de hecho en un monarca a excepción del nombre.
De acuerdo con su posición reaccionaria, también favoreció mucho a la iglesia; permitió el regreso de los jesuitas y abolió la ley de 1833 que había anulado el reconocimiento civil de los votos monásticos. Limitó la libertad de prensa y envió a varios liberales a prisión y al exilio. Pero fue demasiado lejos. En febrero de 1854, varios oficiales del ejército del sur conducidos por el coronel Villarreal se sublevaron. Luego este coronel fue sustituido por el coronel retirado Comonfort, que era muy amigo del general Juan Álvarez, cacique del siempre revoltoso sur. El poder de Álvarez, que era un hacendado, se basaba en el apoyo de los indios cuyas tierras protegía.
La revuelta se extendió irresistiblemente y en agosto de 1855 Santa Anna abandonó la presidencia y se embarco hacia el exilio (de donde no regreso hasta 1874 para terminar sus días en su patria, cosa que ocurrió 2 años después).
Como la ciudad estaba en manos de los soldados indios de Álvarez, no debe sorprender que fuera elegido presidente por los representantes que él había elegido de entre los líderes de la insurrección. Álvarez nombró a Benito Juárez para el ministerio de justicia.
En noviembre de 1855, Juárez promulgó una ley que restringió la jurisdicción de los tribunales eclesiásticos a las cuestiones religiosas. También propuso arrancar algunos privilegios a los militares. Pensando quizá que ya había hecho demasiados cambios irreversibles, o impulsado quizá por la tormenta de protestas que levantó la llamada "ley de Juárez", Álvarez nombró a Comonfort como presidente sustito a principios de diciembre y dimitió unos días después. Aunque su presidencia fue corta (sólo dos meses), fue decisiva para el fututo del país.
Comonfort nombró un gabinete de liberales moderado. Un grupo armado pidió la destitución de Comonfort y la reimplantación de la constitución conservadora de 1843. En enero de 1856, tomaron la ciudad de Puebla y allí establecieron un gobierno. Comonfort a finales de marzo logró la rendición de Puebla. El obispo de esta ciudad intentó desvincularse de los rebeldes, pero Comonfort culpó a la iglesia de los hechos y decretó el embargo de las propiedades. Ante este hecho el ministro de Hacienda Lerdo de Tejada, en 1856, tuvo la oportunidad de llevar a cabo un programa de anticlericalismo radical. La principal característica de la llamada "ley Lerdo" fue que la iglesia debía vender todas sus propiedades urbanas y rurales a quienes las tenían arrendadas y establecidas a un precio que las hiciera atractivas a los compradores. Si éstos no las querían comprar, el gobierno las vendería en subasta pública. Las órdenes regulares fueron las instituciones religiosas más afectadas por la ley. Los monasterios poseían grandes propiedades en el campo y también casas en las ciudades, y los conventos eran propietarios de las mejores fincas urbanas. Como consecuencia las autoridades eclesiásticas protestaron y se negaron a cumplir la ley. La ley Lerdo entró en efecto inmediatamente; muchos arrendatarios devotos se abstuvieron de reclamar la propiedad, que entonces era comprada por los ricos especuladores. Los arrendatarios leales a la iglesia no aceptaban a los nuevos propietarios y continuaban pagando sus rentas a sus antiguos propietarios.
Mientras Lerdo se estaba ocupando de los bienes de la iglesia, su colega José María Iglesias, el nuevo ministro de justicia, estaba trabajando en una ley para limitar los aranceles parroquiales. La "ley iglesias", estableció como válidos los aranceles que se pagaban en el período colonial, los cuales eran muy bajos. Prohibió que se cobraran a los pobres, que como la mayoría de los parroquianos eran pobres, ello significaba el final de los ricos curatos. La ley establecía severas multas a aquellos párrocos que cobraban los servicios prestados a los pobres o que se negaban a bautizarlos, casarles o enterrarles sin pagar nada. La iglesia también condenó esta ley como ilegal e inmoral, y se negó a cumplirla.
Mientras tanto, en el congreso, unos 150 diputados, la mayoría liberales procedentes de los grupos profesionales (abogados, funcionarios del gobierno o periodistas), debatía la nueva constitución.
La nueva constitución, aprobada el 5 de febrero de 1857 tras un año de discusiones, conservó la estructura federal pero, significativamente, mientras que el título oficial del documento de 1824 había sido el de Constitución Federal de los Estados Mexicanos, ahora se llamaba Constitución Política de la república Mexicana.
Ahora que el federalismo había perdido su significado, la iglesia se convirtió en el principal problema entre los liberales y los conservadores. Los liberales deseaban introducir la libertad de cultos, o en otras palabras, la tolerancia religiosa. La propuesta resultó ser demasiado avanzada. La población mexicana estaba básicamente constituida por campesinos fieles a su iglesia. La propuesta fue retirada pero, a la vez, se omitió la tradicional afirmación de que México era una nación católica romana, dejando así un curioso agujero en al constitución. Sin embargo, los delegados incluyeron en la constitución todas las otras medidas anticlericales, especialmente los conceptos básicos de la ley Juárez (1855) y de la ley Lerdo (1856).
Finalmente, la nueva constitución reconocía la plena libertad a todos los ciudadanos. Por primera vez desde la constitución de Apatzingán en 1814, todos los mexicanos, por pobres que fueran (si bien excluyendo a los vagabundo y a los criminales), disfrutaban del derecho de votar y de ser elegidos; también se declararon los derechos humanos, incluso el principio de la inviolabilidad de la propiedad privada.
Muchos liberales consideraron la constitución de 1857 como la realización de los sueños de toda su vida.
Parecía obvio que para llegar a un compromiso con la iglesia y los conservadores habría que anular los artículos más extremos de la constitución. Comonfort había sido elegido presidente y consideraba esta vía la única posible para evitar la guerra civil. Pero no se llegó a ningún acuerdo. En la guerra civil que siguió, los conservadores tomaron la iniciativa. Unidades reaccionarias del ejército de la capital, conducidas por el general Félix Zuloaga, se rebelaron en diciembre de 1857. Zuloaga destituyó a Comonfort y asumió la presidencia él mismo.
Juárez se dirigió a Guanajuato y, alegando que el orden constitucional había sido destruido, se proclamó presidente de la república.
Así, con un presidente conservador en la ciudad de México y un presidente liberal en Guanajuato, empezó la guerra de los tres años. El país pronto se dividió en dos zonas de igual fuerza. Desde el principio, ambos contendientes tuvieron que buscar fuentes para financiar la guerra y no se veía ninguna salida. El país estaba dividido en dos campos irreconciliables.
Había llegado el momento de que los liberales expusieran sus deseos a la nación. Así, el gobierno constitucional de Veracruz publicó un manifiesto el 7 de julio de 1859. El documento, firmado por el presidente Juárez, Ocampo y Lerdo, dos de los miembros más prominentes del gabinete, culpaba de la guerra a la iglesia y anunciaba una serie de reformas: la confiscación de los bienes eclesiásticos, tanto de las propiedades inmobiliarias como de los capitales; el pago voluntario de las tasas parroquiales; la separación completa entre iglesia y Estado; la supresión de los monasterios y la abolición de los noviciados y conventos de monjas. La medida se tomó para atraer a la causa liberal tanto a los antiguos compradores como a otros potenciales, sobre todo a los conservadores que ocupaban la parte central de México donde se concentraban las propiedades eclesiásticas más importantes. Las reformas liberales revolucionarias de julio de 1859 llevaron a las pasiones políticas a su punto máximo.
A principios de diciembre de 1860, la victoria era tan clara que el gobierno liberal de Veracruz finalmente decretó la tolerancia religiosa total. Ya no tenía ninguna importancia lo que pudieran pensar los curas que adoctrinaban a los indios. Los liberales habían ganado la guerra.
El presidente Juárez llegó de Veracruz tres semanas más tarde. Con las ciudades en manos de los liberales, y los conservadores desparramados, México era libre para disfrutar de una campaña política y la competición para la presidencia empezó.
En junio de 1861, el Congreso declaró a Juárez presidente de México. Los problemas que Juárez tenía que afrontar le hacían tambalearse cada vez más. Rehusó reconocer la responsabilidad de los actos del gobierno conservador: él simplemente no tenía dinero. Su gobierno tuvo que suspender todos los pagos en julio. Los acreedores europeos se sintieron engañados y presionaron a sus gobiernos para obtener una indemnización. El 31 de octubre de 1861, Francia, Gran Bretaña y España firmaron en Londres la convención tripartita para intervenir militarmente en México. Sus tropas desembarcaron en Veracruz poco después. Sin embargo, pronto quedó claro que Napoleón tenía otros intereses y previsiones para México. Entonces Inglaterra y España se retiraron, dejando la empresa en manos de los franceses.
Estos acontecimientos ofrecieron a los monárquicos mexicanos que vivían en Europa la oportunidad que habían estado buscando. La ocupación francesa de México permitiría realizar el sueño de toda su vida de crear un imperio mexicano bajo la protección europea (ahora, Francia). Se encontró un candidato apropiado para la corona en la persona del archiduque de Austria Maximiliano.
La invasión dio lugar a sentimientos patrióticos no sólo entre los liberales. La cuestión no era liberalismo frente a conservadurismo, como había sido en 1858-1860, sino la independencia de México frente a la conquista de una potencia extranjera. Los franceses pudieron tomar la capital y desde allí extendieron su dominio a otras partes del país. El gobierno republicano de Juárez aún controlaba el norte de México y las guerrillas republicanas luchaban contra las fuerzas invasoras.
Maximiliano llegó tan lejos como a esbozar una constitución liberal. La conquista y el imperio casi triunfaron. En 1866 la situación militar se volvió en contra del imperio a consecuencia de la decisión de Napoleón de retirar sus tropas. El ejército republicano rodeó al tambaleante imperio que retenía el control sobre el centro de México. Durante la invasión francesa de 1862-1866, las ejecuciones de prisioneros civiles y militares habían sido un hecho corriente. ¿Por qué se debía perdonar la vida a Maximiliano? Su sangre azul no hacía el caso diferente. Juárez pretendía advertir al mundo que no se podía intentar conquistar México, fuera con el objetivo que fuera y así, Maximiliano fue fusilado el 19 de junio de 1867. Después de haber estado ausente durante más de cuatro años, el presidente Juárez volvió a la capital el 5 de julio de 1867.
Tras la marcha de los franceses, volvió a estallar una guerra entre los conservadores mexicanos y los liberales mexicanos.
Restaurada por Juárez, la república liberal duró hasta 1876, cuando el general Díaz, un hombre de la patriótica guerra contra los franceses destituyó al presidente civil Sebastián Lerdo, un hermano menor de Miguel Lerdo y el sucesor de Juárez una vez que éste había muerto. Recurriendo a algunos componentes de la maquinaria política de su predecesor, Díaz construyó otra nueva con la que pudo retener el poder en sus manos durante 35 años. Dio una estabilidad considerable a México, haciendo posible un desarrollo económico sin precedentes. Sin embargo, controlaba totalmente los cargos políticos, lo que para la mayoría de los jóvenes de entonces constituía la gran tiranía del régimen y fue lo que finalmente provocó su caída en 1911 en lo que fuel el primer episodio de la revolución mexicana.


ISSN 1853-5593
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