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Nuevo mundo mundos nuevos
Número 1 - 2001 - Materiales de seminarios
El lenguaje de la memoria a través de los
monumentos históricos
en la ciudad de México (Siglo XIX)
Verónica Zárate Toscano
Historique
Séminaire: "Cultures et sociétés
de l'Amérique coloniale, XVIe-XXe siècle"
(Serge Gruzinski)
EHESS, 28 fevrier 2001
Table des matières
El Paseo Monumental de La Reforma
Los otros héroes o antihéroes
Reflexiones finales
En este seminario expondré
ante ustedes los avances de una investigación
en proceso sobre el lenguaje de la memoria en
el México del siglo XIX. A pesar de que
trabajo el siglo XIX, hay una problemática
que me une a este seminario: la que se ocupa de
la transformación del imaginario y la elaboración
de las nuevas memorias, fenómeno que está
presente en prácticamente todas las épocas
históricas y el siglo XIX no es la excepción.
La historiografía sobre México
ha privilegiado el estudio de ciertas épocas
y ha sumido casi en el olvido a otras más,
dependiendo precisamente de los intereses y preocupaciones
de cada momento. El XIX se ha ganado a pulso la
etiqueta de ser un siglo convulso en el que desfiló
un elevado número de gobernantes, representantes
de facciones políticas opuestas y defensores
de sus intereses. Sólo para dar una idea,
hay que mencionar que durante la primera mitad
del siglo, entre 1821 y 1854, hubo 45 periodos
presidenciales, cerca de 100 pronunciamientos
y tres constituciones. Asimismo, a lo largo de
su primer siglo de vida independiente, México
fue víctima de tres invasiones extranjeras
por parte de españoles, norteamericanos
y franceses, vivió bajo dos imperios, dos
dictaduras, gobiernos centralistas y federalistas,
de conservadores y liberales. Todos estos hechos,
netamente políticos, se unieron a una crisis
económica prolongada, a una modificación
en las relaciones entre la Iglesia y el Estado
y, en términos sociales, a una serie de
reacomodos y redefinición de las clases.
Sin embargo, bajo este aparente caos, subyacen
algunos elementos permanentes que, analizados
en la larga duración, nos hablan de un
país que precisamente buscaba la manera
de construirse y consolidarse.
Los trescientos años que
duró la dominación colonial por
parte de España, vínculo roto a
través de la consumación de independencia
en 1821, no podían borrarse de un plumazo,
las costumbres no podían modificarse mediante
un decreto, las relaciones sociales no podían
estructurarse en una clasificación rígida,
la secularización no se podía conseguir
en forma irreductible y la cultura no podía
librarse de una búsqueda constante.
La interpretación histórica
del siglo XIX se ha visto condicionada, en buena
medida, por las fuentes documentales de las que
se ha echado mano. En una enumeración no
necesariamente exhaustiva, podríamos decir
que se han aprovechado las leyes, decretos, debates
en los congresos, planes políticos, manifiestos,
periódicos, folletos, libros de cuentas,
registros de impuestos, contratos notariales,
archivos de empresas, registros parroquiales,
actas notariales, censos y padrones, catecismos,
sermones, relaciones de conflictos, producción
escrita, imágenes, manifestaciones materiales
de la cultura y un largo etcétera. Durante
un largo tiempo, estas fuentes se han utilizado
para estudiar hechos en forma parcial atendiendo
a lo político, lo económico, lo
social, lo religioso, lo estético. Ha sido
hasta fechas recientes que los estudiosos del
siglo XIX han procurado dar explicaciones en términos
más globales y menos reductivos, y también
están buscando nuevas formas de análisis.
Afortunadamente cada vez crece más el número
de investigadores sobre este siglo y se le está
quitando el carácter de olvidado.
Dentro de este contexto, en los
últimos años me he dedicado a analizar
la conformación de la memoria histórica
a lo largo del siglo XIX y la manera en la que
ésta se materializa en la ciudad de México
a través del sentido simbólico de
las transformaciones urbanas y las conmemoraciones
cívicas. En este sentido, la ciudad se
entiende como el depósito de las representaciones
culturales que reproducen la identidad nacional.
Cabría preguntarse ¿por
qué estudiar la memoria si no existe una
memoria única?. Cada cual tiene una percepción
del pasado, la memoria es selectiva e incluye
el olvido. Pero el Estado se ha dado a la tarea
de homogeneizar la memoria, de seleccionar los
hechos sobre los que quiere que se base su presente,
sobre los que se fundamente su razón de
ser, excluyendo todos aquellos que cuestionan
su legitimidad e intereses. Es por ello que busca
homogeneizar la memoria para oficializarla, con
todas las implicaciones de exclusión de
todos aquellos elementos culturales que contribuyan
a la diferenciación. Sin embargo, se incorporan
los rasgos que buscan construir la identidad nacional.
Considero que los lieux de mémoire,
como los ha llamado Pierre Nora, son un elemento
esencial para entender la vida política
del conjunto de la sociedad mexicana. A través
de ellos pueden visualizarse las múltiples
relaciones que existían entre la clase
gobernante y la sociedad. En el ámbito
político, les "lugares de memoria"
son los indicadores de gran trascendencia y con
gran raigambre para analizar la formación
de la nación, las disputas por el poder
así como los apoyos y consensos. Durante
todo el siglo XIX, la clase gobernante mexicana
construyó un orden legal, un estado de
derecho. En este largo proceso, los lieux de mémoire
fueron una pieza clave en la edificación
de la identidad nacional que fue definida a partir
del mito fundacional -como nación independiente-
y apoyada por todos aquellos hechos que ayudaron
a la conservación de México como
un país libre.
Los "lugares de la memoria"
fueron utilizados como una vía para construir
la historia de una nueva nación. En este
sentido, contribuyeron a difundir, mediante una
pedagogía bien estructurada, aquellos elementos
culturales que conforman la identidad, la filiación
política y los valores cívicos.
Todo ello tiene como fin participar en la invención
de una tradición que recuerda sólo
aquellos hechos históricos que son considerados
claves en cada época. De esta forma, la
memoria colectiva es encaminada hacia una homogeneización
que responde a intereses corporativos y/o individuales
en cada momento. La conformación de los
lieux de mémoire es un proceso muy dinámico
y selectivo, incluye y excluye ciertos acontecimientos,
espacios, rasgos, expresiones, instituciones que
pueden resultar fundamentales para lograr la identidad
nacional. En general, reproducen los logros y
fracasos del gobierno pero siempre patentizan
una idea del progreso. Por esta razón,
apelan a las raíces históricas y,
teniendo en cuenta la coyuntura política
del momento, las acomodan según sus conveniencias.
Durante el siglo XIX los gobiernos
en turno favorecieron la materialización
de ciertos aspectos de la memoria con el fin de
formar la nación. Así pueden analizarse
los resultados de este esfuerzo desde una doble
perspectiva: en tanto exaltación y selección
de la raíz histórica y como la concreción
de un hecho político inmediato. Se retoma
la raíz histórica de manera simbólica
y se le funde con un hecho de la memoria inmediata
y, por tanto, los "lugares de memoria"
adquieren una doble connotación de vital
importancia para asegurar su ingreso en el recuerdo
o para sumirse en el olvido.
Dos aspectos fundamentales del estudio
son el espacio y el lenguaje de la memoria. El
espacio está en función de las ciudades
y su geografía simbólica, aprovechando
espacios abiertos y cerrados, cargados de connotaciones
políticas e incluso religiosas, o la creación
de nuevos lugares acordes con la intencionalidad
política de cada momento. El incremento
de sitios simbólicos tiene que ver con
el crecimiento natural de la ciudad pero también
con la inserción de algunos espacios en
tanto escenarios de nuevos hechos históricos.
Los espacios adquieren un significado particular
ya que convocan a la población y la hacen
partícipe de la vida política. Pero
al mismo tiempo, por sus dimensiones físicas,
pueden ser tan selectivos como excluyentes.
El lenguaje de la memoria se expresó
a través de múltiples medios. Entre
ellos, privilegiaré en esta sesión
el análisis de las formas monumentales
y las obras conmemorativas. Las formas monumentales
están ligadas a la pedagogía cívica;
la ciudad se vuelve una fuente de educación
con el fin de inculcar aquellos valores que construyan
la identidad nacional.
Para lograrlo, establece vías
triunfales que surgen con una intencionalidad
política específica y se van transformando
de acuerdo a las necesidades de exaltación
del régimen en turno hasta convertirse
en algo incuestionable, en un pilar del estado.
La colocación de monumentos en los lugares
de un significado histórico, los nombres
de las calles, responden a una intencionalidad
conmemorativa y en un momento dado, adquieren
una carga política y simbólica determinante.
La vía triunfal de París,
de la pirámide del Louvre al Arco de la
Defensa guarda una similitud con el Paseo de la
Reforma de la Ciudad de México donde los
monumentos reflejan un discurso pedagógico
en torno a la historia de México. Y también
podemos pensar en la intención de colocar
en la Place de la Concorde estatuas que representen
a las principales ciudades francesas y sobre el
Paseo de la Reforma a los héroes que representen
a cada estado de la República Mexicana.
Por otro lado, las obras conmemorativas
tienen un carácter más inmaterial
y tangible. Buscan la participación de
la población y, a través de diversos
medios culturales, logran que ésta asimile
los mensajes y se apropie del lenguaje. Las obras
musicales y teatrales son algunos de los vehículos
de la divulgación de todos aquellos elementos
que constituyen la identidad nacional, como también
podrían serlo los discursos cívicos,
los artículos periodísticos y los
libros de historia.
El Paseo Monumental de La
Reforma
Como ya mencioné, a lo largo del siglo
XIX, las autoridades políticas en turno
intentaron construir un orden legal, un estado
de derecho. En este proceso, las fiestas tuvieron
gran importancia porque se convirtieron en un
mecanismo para inculcar una identidad nacional
basada en el mito fundacional y apoyada por todos
aquellos hechos que ayudaran a la conservación
de México como un país independiente.
En este sentido, la fiesta podría considerarse
como un acto político que ayudaba a ritualizar
las formas de poder, permitía establecer
un acercamiento entre la clase política
y la población, y al mismo tiempo rendía
cuenta de las metas alcanzadas y de las perspectivas
futuras. Así pues, durante todo el siglo
se trabajó en la conformación de
un calendario festivo que contribuyera a reforzar
la identidad nacional.
También era necesario plasmar
en la memoria de los habitantes a los héroes
y sucesos que habían participado en el
proceso de creación de un país independiente
y por ello se recurrió a la construcción
de monumentos. Y dada la importancia de la guerra
de independencia como mito fundacional, podría
pensarse que el primer interés sería
consolidar en la historia el lugar de este hecho
y de sus héroes. Sin embargo, como veremos,
la concreción de sus respectivos monumentos
tardó muchos años en realizarse.
El primer proyecto de que se tiene
noticia es el que buscaba colocar un monumento
a los héroes de la independencia en la
plaza principal de la ciudad de México.
Por decreto de 27 de junio de 1843, el presidente
Antonio López de Santa Anna convocó
a un concurso para la construcción de un
monumento que habría de erigirse "para
perpetuar la memoria de nuestra gloriosa independencia".
Una junta general de la Academia de San Carlos
seleccionó, en agosto de ese mismo año,
el proyecto de monumento presentado por Lorenzo
De La Hidalga. Este arquitecto español,
residente en México, manifesto su intención
de convertir al arte en el "libro abierto
de la historia", pero sobre todo la intención
de utilizar a la historia como ejemplo de generaciones
futuras y como modelo para el "pueblo".
Y cabe resaltar el hecho de que fuera un extranjero
quien hiciera la primera propuesta para un monumento
que conmemoraba, precisamente, el rompimiento
de México con España.
El proyecto de De la Hidalga se
concretaba en una gran columna de orden corintio,
rematada por la figura de un ángel, símbolo
de la gloria. Un hecho que vale la pena destacar
es que se proponía utilizar el material
que se estaba extrayendo del derrumbe del Parián.
Este era el nombre que se daba a un mercado que
existía en la Plaza Mayor, frente al Ayuntamiento,
y que representaba la principal actividad de los
"gachupines": el comercio. El Parián
fue saqueado en un motín en 1828 y Santa
Anna ordenó que fuera derruido en ese mismo
año de 1843. Así, los materiales
que habían albergado el último reducto
de la dominación española se utilizarían
para conmemorar la guerra de independencia que
había liberado a México de su dependencia
de España. Con esta idea se rememoraba
la acción de los conquistadores, quienes
habían utilizado los materiales de las
pirámides que habían arrasado para
construir los templos católicos.
El monumento quedaría al
centro de la plaza mayor, la cual había
logrado su forma cuadrada gracias precisamente
a la demolición del Parián. Cabe
señalarse que el proyecto no llegó
a concluirse, aunque se colocó la primera
piedra, un macizo de mampostería y luego
un basamento o zócalo sobre el que se colocaría
el monumento. Es por eso que, a partir de entonces,
los habitantes de la ciudad comenzaron a dar a
esta plaza el nombre de "Zócalo",
con el que se le conoce hasta la fecha. Y también
hay que mencionar que el monumento a la independencia
nunca se llegaría a construir en este lugar,
como ya veremos.
La idea del dictador Santa Anna
quedó irrealizada y sería Maximiliano
de Habsburgo, segundo emperador de México,
quien la retomaría. Este hecho puede sonar
paradójico puesto que un extranjero que
había usurpado la corona mexicana era quien
tomaba la iniciativa de rememorar la independencia
nuevamente perdida. Enterado de que se planeaba
erigir un arco de mármol en honor de la
emperatriz Carlota, manifestó lleno de
agradecimiento que eso los hacía "ser
más que nunca mexicanos" pero pensaba
que esos materiales tendrían un mejor uso:
un monumento a la independencia que tuviera estatuas
en marmol de los principales héroes como
Hidalgo, Morelos, Iturbide. Su intención
era que la primera piedra se colocara el 16 de
septiembre de 1864 y por lo tanto convocaba a
un concurso bastante libre en el que las únicas
condiciones eran que el monumento estuviera revestido
de mármol, que la estatua superior fuera
de bronce, de dimensiones colosales.
Como Maximiliano no pudo estar en
la ciudad de México el gran día,
encargó a la emperatriz Carlota que, a
su nombre, diera inicio oficial a la construcción
del monumento. Por ello, la mañana del
16 de septiembre, después "de cantado
el Te-Deum, Su Majestad se dirigió al zócalo,
en que se había levantado una vistosa tienda,
para colocar la primera piedra del monumento que
se elevará en memoria de nuestra Independencia".
En 1867 terminó la aventura imperial con
el fusilamiento de Maximiliano y el proyecto quedó
trunco una vez más. Sin embargo, al año
siguiente, el gobernador del Distrito Federal,
Gustavo Baz, no sólo propuso "perpetuar
la memoria de la Independencia y de los héroes
que han muerto por tan sagrada causa", sino
que invitó a los gobernadores de los estados
para que participaran en la construcción
del monumento "con auxilios pecuniarios y
con materiales y mármoles exquisitos".
Todavía en 1868, se informaba en la prensa
que existía ya un modelo ejecutado por
el escultor José M. Miranda y por la descripción
se hace evidente que la idea de la columna, propuesta
por De la Hidalga seguía imperando, como
también continuaba la propuesta de los
materiales hechos por Maximiliano pero tampoco
se llegó a concretar el proyecto.
El 23 de agosto de 1877, siendo
presidente Porfirio Díaz, se expidió
un decreto que manifestaba su intencion de embellecer
el Paseo de la Reforma y por tanto proponía
la construccion de un monumento a Cuauhtémoc,
a los demás caudillos que se distinguieron
en la defensa de la patria, en la siguiente otro
a Hidalgo y demás héroes de la Independencia
y en la inmediata, otro a Juárez y demás
caudillos de la Reforma y de la segunda independencia.
Lo que me interesa por ahora es destacar la idea
de construir un eje artístico-monumental
en el Paseo de la Reforma que incluyera la conmemoración
de los que se consideraban los principales sucesos
históricos.
En 1877 se aprobó un proyecto
de Ramón Rodríguez Arrangoyti pero
nunca se materializó. Posteriormente, en
1886, "se expidió una convocatoria
para la formación de uno nuevo en que salió
triunfante el de los arquitectos norteamericanos
Cluss y Schultze, de Washington, pero tampoco
se llevó a cabo". Así como
en el caso de la propuesta de los extranjeros
De la Hidalga y Maximiliano, ésta de dos
naturales del vecino país del norte tampoco
sería susceptible de ser aceptada por la
población, aunque aparentemente sí
lo fue por parte de las autoridades.
Finalmente, en 1900, se encomendó
el proyecto al arquitecto Antonio Rivas Mercado,
poniéndose la primera piedra el 2 de enero
de 1902. La columna de la Independencia fue inaugurada
durante las fiestas del centenario de la gesta
revolucionaria el 16 de septiembre de 1910. Al
centro del conjunto escultorico está una
estatua en mármol de Miguel Hidalgo, a
cuyos pies se encuentran dos figuras que representan
a "la historia, en actitud reposada y noble,
consignando en un libro las hazañas, el
sacrificio y gloria de los héroes"
y del otro lado "la Patria ofreciendo a Hidalgo
un laurel". En los cuatro ángulos
del basamento se colocaron las estatuas que representan
a José María Morelos y Pavón,
Vicente Guerrero, Xavier Mina y Nicolás
Bravo, todos ellos insignes insurgentes rescatados
para la historia y la posteridad. Corona la columna
una figura alada de bronce dorado que sujeta con
la derecha una corona de laurel y con la izquierda
un pedazo de cadena. Es el que da nombre al monumento,
conocido como "El Ángel".
Dentro del eje monumental del Paseo
de la Reforma, hablaré ahora del que se
dedicó a Cristóbal Colón.
La primera propuesta que se conoce para construirlo
provino también de Maximiliano. Su idea
era que fuera un obsequio del rey Leopoldo pero
que fuera elaborado por un mexicano, pero este
proyecto del Emperador también quedó
inconcluso. Más adelante, en 1871, el empresario
Antonio Escandón, conocido mecenas y filántropo,
encargó un nuevo proyecto a Ramón
Rodríguez Arrangoiti. Pese a que éste
había puesto manos a la obra, Escandón
aprovechó uno de sus viajes a Europa y
estando aquí en París "en 1873
encargó la realización de otro proyecto
al escultor francés Enrique Carlos Cordier".
Según explicó el propio Escandón
al Ministro de Fomento, dicha estatua, una vez
concluida, había estado expuesta algunos
días "en los Campos Elíseos
de esta capital, frente al Palacio de la Industria"
en la exposición de Bellas Artes y posteriormente
se trasladó a México.
Hasta ahora, los monumentos mencionados
y los que referiré a continuación,
habían sido ideados, convocados y financiados
por el Estado pero en este caso especial, fue
gracias al donativo de un particular que se erigió
un conjunto escultórico cívico que
rememorara al "descubridor" del Nuevo
Mundo. En la Revista de Sociedad, Arte y Letras
se expresó la opinión de que debía
destacarse la participación de Escandón
"porque él fue quien cumplió,
en nombre de toda la República, con su
deber que no había podido cumplir el país".
En 1875 llegaron a Veracruz las cajas que contenían
las diferentes piezas que lo componían
y finalmente, en julio de 1877, quedó colocado
en su ubicación actual, en el cruce del
Paseo de la Reforma con las calles de Morelos
y Versalles, aunque hubo diversas propuestas,
como por ejemplo, la de sustituir la estatua de
Carlos IV.
Sobre un basamento en forma de pentágono,
se erige un primer cuerpo en el que se colocaron
bajorrelieves con algunas escenas del "descubrimiento"
y otros hechos relacionados con el suceso histórico.
Enseguida se encuentran las estatuas de cuatro
religiosos, dos franciscanos y dos dominicos,
los padres Antonio de Marchena, guardián
del Monasterio de Santa María de la Rábida,
y Diego Dehesa, confesor de Fernando el Católico,
y dos que vinieron a América: fray Pedro
de Gante y fray Bartolomé de las Casas,
ambos ampliamente reconocidos por su labor evangelizadora.
Coronando el conjunto, está la figura de
Colón en actitud de correr el velo que
cubría al Nuevo Mundo. Cabe señalar
que este monumento, año con año,
el 12 de octubre, es víctima de vejaciones
y vandalismo por parte de grupos neoindigenistas
y, a la fecha, la cantera de su base está
cubierta de varias capas de pintura que cubren
los graffitis de que constantemente es objeto.
Por otro lado, la construcción
de un monumento que honrara la memoria de Cuauhtémoc,
el último emperador azteca, tiene un antecedente
en 1869 cuando el Ayuntamiento le erigió
un monumento en el Paseo de la Viga, el cual,
según Justino Fernández "posiblemente
no satisfizo a los que deseaban honrar la memoria
del héroe azteca". Porfirio Díaz
retomó esta idea y, de esta manera, dio
inicio al plan de convertir al Paseo de la Reforma,
ya oficialmente, en un libro abierto de la historia.
Mediante el decreto ya citado del
23 de agosto de 1877, se convocaba a un concurso
para que, en la glorieta que tenía un diámetro
de 90 metros, se colocara un monumento de mármol
rematado con la figura en bronce del "Águila
que cae". Un jurado de cinco profesores seleccionó
el proyecto del ingeniero Francisco M. Jiménez,
quien propuso utilizar formas inspiradas en la
arquitectura del antiguo mundo indígena.
La primera piedra se colocó en la glorieta
el 5 de mayo de 1878, ya que, como parte de los
actos complementarios a las festividades cívicas
nacionales, las autoridades aprovechaban para
colocar la primera piedra de alguna obra pública
o para inaugurar alguna ya concluida. Con esta
acción se conjuntaban las ideas de rememorar
el pasado pero al mismo tiempo construir para
el futuro. Se hizo un contrato para encomendar
la elaboración de la estatua a Miguel Noreña,
profesor de Escultura en la Escuela de Bellas
Artes.
Una vez concluida la obra, se decidió
inaugurarla con gran pompa el 21 de agosto de
1887, convocando para ello a las autoridades y
a la población en general. Las comitivas,
provenientes de las distintas poblaciones que
conformaban al Distrito Federal, se dieron cita
al pie del monumento y a lo largo de todo el Paseo
de la Reforma. Sabemos que algunas de ellas hicieron
fuertes gastos para dar mayor lucimiento a la
inauguración. El presidente Díaz
encabezó un desfile desde su residencia
en Chapultepec y después de una salva de
21 cañonazos y la ejecución del
Himno Nacional, tiró de un cordón
que retiró el velo que cubría la
estatua de Noreña. Completaron el acto
una serie de discursos, poemas y piezas musicales.
La ubicación actual del monumento
es en el cruce de la Avenida de los Insurgentes
y el Paseo de la Reforma, a donde fue trasladada
el 15 de septiembre de 1949, pero originalmente
estuvo en una glorieta que se encontraba unos
metros hacia el oriente. Sin embargo, el proyecto
modernizador de la ciudad, en el cual se incluía
la apertura de una gran avenida, provocaron la
modificación del emplazamiento original.
El monumento de piedra, y no de mármol,
está cargado de símbolos, emblemas,
insignias y relieves de bronce, así como
de los nombres de los cuatro reyes de las tribus
aliadas a los aztecas. En la cumbre, el "joven
abuelo" con vestimenta militar y penacho,
tiene elevado el brazo derecho desafiando a los
invasores y en actitud de lanzar una flecha o
lanza.
Dentro de esta corriente de exaltación
a los indígenas, sabemos que en 1891, se
instalaron también en el Paseo de la Reforma
dos estatuas monumentales que representaban a
unos guerreros aztecas, fundidas en bronce por
Alejandro Casarín pero en 1902 fueron "desterradas"
al Canal de la Viga y en 1960 al inicio en la
parte norte de la Avenida de los Insurgentes y
son llamadas los "Indios Verdes" por
la gente.
Para concluir lo relacionado con
el Paseo de la Reforma, me ocuparé ahora
del proyecto para colocar estatuas de héroes
de los estados. La iniciativa provino de Francisco
Sosa, natural de Campeche, poeta y periodista
liberal quien en septiembre de 1877 propuso invitar
a cada estado de la República a que colocara
las estatuas de dos personajes destacados por
cada entidad "que se hubieran distinguido
entre sus conciudadanos por actos en beneficio
de la comunidad, ya fuera en las armas, en la
ciencia, en las bellas artes, en las letras o
por su obra humanitaria".
El presidente Díaz, en vista
de la aceptación que había tenido
la iniciativa hecha pública en la prensa,
apoyó la idea insistiendo en que impulsaria
el arte escultórico de México,
sino que contribuirá muy eficazmente a
fomentar en los ciudadanos el noble estímulo
para hacerse acreedores en el porvenir a la honra
que se discierne, levantándoles estatuas
a los que por sus virtudes cívicas, por
su ciencia o por sus obras, merecen que su memoria
sea perpetuada en un monumento artístico.
Las estatuas debían realizarse en tamaño
natural y ser fundidas en bronce o esculpidas
en mármol y debían representar personajes
ya fallecidos "a fin de otorgarles la honra
de estar presentes en el paseo". Llama la
atención que haya sido durante un régimen
netamente centralista como el de Díaz cuando
se haya propuesto la presencia de los estados
de la federación a través de sus
héroes.
Asimismo, se tomaba en consideración
el elevado costo que tendrían para el gobierno
federal, así que se conminaba a los estados
que fueran ellos quienes las financiaran. En lo
que se refiere a las estatuas de los hijos pródigos
del Distrito Federal, se apeló a la ayuda
económica de las municipalidades.
Las primeras estatuas en colocarse
fueron precisamente las del Distrito Federal que
representaban al general Leandro Valle y a Ignacio
Ramírez "El Nigromante", obras
ambas del escultor Primitivo Miranda, elaboradas,
como todas las demás, en bronce. Para la
develación se escogió el 5 de febrero
de 1889, "aniversario de la Carta Fundamental
de nuestro Ser Político". Para tal
ceremonia, se convocó a todos los ayuntamientos
a fin de que se presentaran en la Calzada de la
Reforma, a las ocho de la mañana, "acompañados
del mayor número posible de vecinos, con
estandartes y insignias, con objeto de honrar
la ceremonia de la inauguración de la estatuas
de dicho paseo". Dichas estatuas quedaron
colocadas al terminar la glorieta que, en ese
momento, servía de marco al monumento a
Carlos IV, conocido como "El Caballito".
En los años subsecuentes, se aprovecharían
las festividades cívicas para inaugurar
las estatuas de los otros estados.
Entre 1887 y 1899, los dos kilómetros
del Paseo de la Reforma, comprendidos entre el
cruce con Bucareli y el cruce con Florencia, quedarían
salpicados con 36 monumentos de 18 de los 29 estados
y territorios en que se dividía la República
Mexicana en ese entonces. De esta forma, la amplia
avenida, que a muchos les recuerda Les Champs
Elisées parisinos, se ha convertido en
lo que proyectaba Porfirio Díaz: en un
libro abierto de la historia de México.
Sin embargo, se han suscitado algunas
polémicas en torno a la colocación
de otros monumentos alusivos a diversos hechos
y personajes no siempre históricos. Falta,
por ejemplo, algún monumento representativo
de la época colonial, de esos 300 años
en que el virreinato de Nueva España dependía
de la corona española, pero como esa parte
de la historia fue considerada como oscura por
el pensamiento liberal del siglo XIX, entonces
no tenía razón de ser en la monumentalidad.
El "Caballito", es decir, la Estatua
de Carlos IV que he mencionado, que podría
representar esa época, fue desplazado de
su lugar en el Paseo de la Reforma, para colocarse
en la llamada "Plaza Manuel Tolsá",
frente al Palacio de Minería, obra también
de este arquitecto español, y se ha conservado
atendiendo a su calidad artística y no
en cuanto a la figura que representa.
Por lo que respecta a la época
de la Reforma, aunque da su nombre al Paseo, no
tiene tampoco un monumento específico en
él. Su máximo representante, Benito
Juárez, cuenta con un hemiciclo en la Alameda,
sobre la avenida que lleva su nombre. La etapa
de la Revolución es recordada con un monumento
que originalmente era la parte central del Palacio
Legislativo, situado en la llamada Plaza de la
República y que al quedar inconcluso, se
utilizó para rememorar la gesta de principios
del siglo XX.
Sobre el Paseo de la Reforma se
encuentra también la fuente de la "Diana
Cazadora", obra del siglo XX que aparentemente
rompe con la intención histórico
monumental, aunque bien podría ser representativa
de este siglo. Pero ha sido trasladada tantas
veces de lugar, vestida y desvestida, que suele
estar en boca y pluma de muchos críticos,
entre ellos el historiador Silvio Zavala, defensor
eterno de la monumentalidad del Paseo.
Los otros héroes o
antihéroes
No todos los que participaron en la independencia
y modernización de México aseguraron
por ese hecho el convertirse en sujetos susceptibles
de "monumentalizarse". La historia ha
sido muy selectiva en ese sentido y aunque la
lista podría ser interminable, sí
ha registrado al menos los nombres de algunos
de los principales líderes. En este contexto,
me ocuparé ahora de los monumentos destinados
a honrar la memoria de tres personajes que desempeñaron
un rol de suma importancia en el movimiento que
culminó con el nacimiento de México
como país independiente.
En primer lugar, habría que
hacer referencia a José María Morelos
y Pavón, el humilde cura que durante años
trajo en jaque al ejército realista. La
importancia de su persona fue claramente percibida,
una vez más, por Maximiliano. Así,
el 30 de septiembre de 1865, centésimo
aniversario de su nacimiento, se procedió
a la inauguración de una estatua en su
honor. La estatua, "con un carácter
de grandeza [...] realzaba la merecida honra tributada
por la iniciativa del emperador al insigne ciudadano,
al hábil caudillo que tanto luchó
por la independencia de su patria" y lo representaba
"en una actitud digna e imponente".
Para tal acto ceremonial, se estableció
un rígido protocolo. A las ocho de una
mañana fría y lluviosa, los Emperadores
se dirigieron acompañados de tres coches
a la Plazuela de Guardiola, que cambiaría
su nombre a la de Morelos. Está ubicada
en la actual calle de Madero, esquina con el Eje
Central, frente a la famosa Casa de los Azulejos.
El monumento estaba rodeado por una valla de tropas
de la guarnición de la ciudad de México.
A la llegada de los Emperadores,
se interpretó el Himno Nacional y una vez
que se instalaron los asistentes e invitados,
el licenciado Miguel Hidalgo y Terán pronunció
un discurso alusivo en que hacía vivos
deseos por que la estatua sirviera "de estímulo
a las nuevas generaciones para que aprendan del
gran ciudadano las cualidades que forman la fuerza
y lo invencible de nuestra nación".
El propio Maximiliano respondió a su vez
con otro discurso. Comenzó diciendo: "Celebramos
hoy la memoria de un hombre que salió de
las más humildes clases del pueblo, que
nació en la oscuridad. Esta frase,
el discurso y el acto en general provocaron cínicos
comentarios de los editores del periódico
La Orquesta, el cual en su número correspondiente
al 4 de octubre siguiente, publicó un artículo
y una caricatura, realizada por Constantino Escalante.
Al pie de la caricatura se lee la siguiente inscripción:
"Un Conde: Puesto que ahí se celebra
la memoria de un hombre que salió de la
más humilde clase del pueblo, que nació
en la oscuridad, en fin, la memoria del representante
de las razas mixtas, nosotros no debemos estar
ahí, somos nobles". Con esto aludían
claramente a la molestia que provocaba entre los
conservadores el hecho de que Maximiliano escogiera
como emblema a los héroes liberales mexicanos
y por tanto se habían negado a asistir
a la ceremonia. Cabe señalar que la escultura
"había sido encargada en 1857 por
Mariano Riva Palacio al escultor italiano Piatti
para ser colocada en San Cristóbal Ecatepec"
y el emperador había aprovechado para colocarla
haciendo gala una vez más de su deseo de
mostrar a los mexicanos sus buenas intenciones
y su sentimiento de pertenencia al país
que ahora gobernaba.
Una vez concluidos los discursos,
cuatro veteranos de la Independencia, que se hallaban
en los cuatro ángulos del monumento, descorrieron
el velo que lo cubría al compás
del Himno Nacional, y asi el cura de Carácuaro
dominó la vista de una plazuela importante
en la ciudad.
Pero, como diría la sabiduría
popular, el gusto no duró más que
lo que dura al triste la alegría y tan
pronto como 1869, la estatua fue retirada de la
Plaza Morelos y trasladada a la de San Juan de
Dios que, a partir de entonces, cambió
también de nombre.Tal vez lo que resultaba
odioso, ya en plena república restaurada,
no era el hecho de honrar a Morelos, sino de que
hubiera sido precisamente Maximiliano quien lo
eligiera como uno de los principales héroes
de la independencia. A la fecha, existe una estatua
en su honor, colocada en Jardín de la Ciudadela,
la cual fue inaugurada hasta 1912.
Siguiendo con su proyecto de honrar
a los héroes de la Independencia, Maximiliano
dirigió su atención hacia Vicente
Guerrero. En una visita que realizó a la
Academia de San Carlos en noviembre de 1865, notó
una estatua en yeso elaborada por Miguel Noreña
y dispuso que se vaciara en bronce y se colocara
en la calle de Corpus Christi. Pero, una vez más,
el proyecto imperial quedó trunco por el
momento. Sin embargo, en 1868, el director de
la propia Academia, Ramón Alcaraz propuso
que se hiciera en bronce y se colocara en la plaza
de San Fernando, que se llamaría en lo
sucesivo Plaza Guerrero. La idea fue acogida por
el Ayuntamiento y se abrió una "suscripción
popular" para llevarla a cabo. El redactor
del periódico El Siglo XIX comentaba que
era de esperarse "que la suscripción
se extienda por toda la República, y que
la plaza de Guerrero sea un magnífico parque
que embellezca a la capital y recuerde a las generaciones
futuras las virtudes, la gloria y el martirio
del héroe del Sur."
En la ceremonia oficial efectuada
en 1869 para conmemorar la batalla del 5 de mayo
contra los franceses, se planeó realizar
la inauguración del monumento a Guerrero
ya que el Ayuntamiento de México había
deseado reunir en este aniversario las glorias
de dos mexicanos inmortales "Guerrero y Zaragoza"
como la personificación de las dos grandes
épocas de la historia de México;
la guerra de Independencia del poder español,
y la guerra de independencia sostenida contra
el poder francés.
El monumento se conserva a la fecha
y en su pedestal se lee: "Vicente Guerrero.
Mantuvo el fuego de la guerra de independencia.
Vivir por la patria o morir por la libertad. Fue
sacrificado el 14 de febrero de 1831". Al
menos uno de los dos protagonistas del llamado
"Abrazo de Acatempan", que preparó
la consumación de la independencia de México
en 1821, aún se mantiene vivo en la memoria
gracias a su representación plástica
en bronce.
El otro protagonista, Agustín
de Iturbide, en cambio, parece sumirse en el olvido.
Dentro de la historiografía mexicanista,
ha llegado a ser tildado como "la no-persona
más importante" de su época
y tal vez de los años posteriores. Los
juicios y opiniones que en su momento se emitieron
sobre él, se fueron repitiendo hasta convertirse
en una verdad casi incuestionable. La imagen del
caudillo militar con frecuencia se eclipsa por
la del déspota emperador. La historia del
Primer Imperio, desde el siglo XIX, se calificaba
con un largo rosario de juicios de valor, sin
detenerse a analizar las fuentes, declaraciones
oficiales y opiniones de los historiadores de
la época. El proceso histórico fue
sustituido por una visión reduccionista,
que se inclinó por destacar la lucha entre
héroes y villanos, ganadores y vencidos.
El momento en que Iturbide traspasó
el umbral de la muerte, parecería el adecuado
para ingresar a la historia. La opinión
pública jugó un papel importante
en el intento de justificar su muerte, de criticar
sus errores y al mismo tiempo de crear la leyenda
del "Héroe de Iguala". Aparecieron
multitud de folletos que lo mantenían vivo
sin importar la tendencia que siguieran y el tratamiento
que le dieran. El nombre del consumador estaba
en boca de la gente de cualquier facción
y a la menor provocación era sacado a relucir
para atacar o defender sus acciones. Los iturbidistas
no quitaron el dedo del renglón y paulatinamente
fueron obteniendo muestras de reconocimiento para
su líder espiritual. Aunque se consideren
logros aislados, parecen encaminados al reconocimiento
de los triunfos de ese grupo y puestos en perspectiva,
apuntan precisamente hacia la formación
de una tradición inventada.En ese sentido?
el principal logro fue que en 1838, sus restos
se trasladaron a la ciudad de México para
ser depositados en la Catedral en medio de una
suntuosa ceremonia promovida por el presidente
conservador Anastasio Bustamante. Adelantándome
un poco diré que, a la fecha, los restos
de los demás héroes de la independencia
reposan en el "Ángel", mientras
que Iturbide permanece dentro del principal templo
católico de la ciudad de México.
Dentro de este proyecto de rescate
de Iturbide se pensó también en
su monumentalización. Resulta interesante
que los proyectos para erigir un monumento al
"héroe de Iguala" provinieran
de dos particulares destacados en el arte de la
escultura: Manuel Vilar y el señor Piatti.
Ambos buscaron el apoyo del gobierno para concretizar
sus propuestas y resulta aún más
llamativo que lo hicieran casi simultáneamente.
Desde 1849, Vilar trabajó
en la elaboración de cuatro estatuas "de
tema mexicano con la esperanza de atraerse una
clientela presuntamente interesada". Así,
le comunicó a su hermano que estaba "modelando
una figura de Iturbide en el momento de proclamar
la Independencia de México. Es del grandor
de cinco palmos y vestida de traje militar, y
envuelta con la capa". Vilar representó
al héroe de Iguala de pie en el acto de
anunciar "con entusiasmo a sus compatriotas
que la independencia está consumada y enarbolando
la enseña tricolor." Para fines de
1850, en la exposición de fin de año
de la Academia de San Carlos, exhibió el
modelo en yeso.
Ante la ausencia de encargos particulares,
Vilar decidió dar un giro a su idea y buscó
una comisión oficial. Reconoció
que había elaborado tanto la figura de
Iturbide como otra de Moctezuma, "para probar
si el gobierno mejicano me encargaba la ejecución
de estas obras". Y efectivamente, un par
de años después la junta de la propia
Academia le solicitó que presentara un
proyecto. El escultor "proponía dos
posibles soluciones: una, la de ejecutar una versión
monumental de la misma estatua anteriormente expuesta,
sobre un pedestal apropiado; la otra, la de erigirle
a Iturbide una estatua ecuestre." La Academia
se decidió por esta última y todavía
en 1856 Vilar se encontraba trabajando sobre este
proyecto pero los tiempos políticos ya
no eran los propicios y eso impidió su
culminación. Vale la pena destacar que
en los tres modelos elaborados por Vilar, se le
evocaba en su aspecto de "libertador"
y no en su figura de emperador.
De igual forma, en 1854, el Ayuntamiento
convocó a la erección de un monumento
en el Paseo Nuevo y Piatti propuso una obra toda
de mármol, con estatuas, ornamentos y bajorrelieves
de bronce, "y constará de dos fuentes,
una estatua ecuestre, que sería de desear
fuese la de Iturbide, y otra de Cristóbal
Colon. Por la fecha en que se hizo esta propuesta,
se hace evidente que el escultor buscaba obtener
el favor de Santa Anna, promotor de la memoria
de Iturbide. Pero el tiempo, implacable, no perdonó
a Iturbide el haber ceñido una corona y
le negó la posibilidad de la monumentalización.
Y ya que hablamos de antihéroes,
no podríamos dejar de mencionar al propio
Porfirio Díaz, cuya prolongada permanencia
en el poder no le permitió la honra de
morir y ser monumentalizado, como a los héroes.
La costumbre no permitía entonces honrar
a los que aún vivía mediante esculturas.
Y claro, la caída del dictador mediante
un movimiento revolucionario tampoco aseguró
su ingreso al panteón de los héroes.
Sin embargo, en 1900, Adamo Boari
proyectó un monumento a Porfirio Díaz
en el que combinaba elementos de la arquitectura
indígena, en forma piramidal, con otros
clasicistas, lograba un pedestal monumental, adornado
con guirnaldas, musas, paños y aún
con nopales y magueyes, y rematado por la estatua
ecuestre del general y presidente. El proyecto
nunca llegó a realizarse pero es una muestra
de esa idea que imperaba en el siglo XIX de fusionar
lo viejo (el pasado indígena) con la nueva
modernidad, olvidando una vez más el espacio
intermedio y sobre todo los tres siglos de dominación
española.
Reflexiones finales
Después de este rosario de imágenes
y datos sobre los monumentos del siglo XIX en
la ciudad de México, conviene finalizar
con una serie de reflexiones que, a su vez, pueden
dar pie a nuevas interpretaciones. Y la mención
del "rosario" no es inocente sino plenamente
intencionada. Uno de los aspectos que valdría
la pena destacar es el afán del Estado
de apoyarse en prácticas culturales de
probado éxito. En ese sentido, existe una
clara relación con las enseñanzas
de la Iglesia Católica. Varios críticos
percibieron muy bien este fenómeno y sugirieron
que se imitaran las prácticas religiosas
sacralizando a los héroes. El estado encontraría
así elementos en los que fincar su poder
mediante una ritualización a través
de ceremonias cívicas, discursos, estatuas
laicas, etcétera. Al eternizar en bronce
o mármol a los héroes se cumplía
así con la función pedagógica
de los monumentos que servirían de ejemplo
a las generaciones presentes y futuras. Porque
no hay que olvidar la contemplación inevitable
de un monumento que se desea permanente.
La permanencia del monumento tiene
que ver con diversos factores: el político
y el material. La vertiente política, es
decir, la que vincula el monumento conmemorativo
con las concepciones sociales del poder en la
época, resulta un parámetro capital
para explicar la razón de ser de cualquier
monumento público.
Ya hemos visto que por las decisiones
tomadas en la cumbre del poder, los héroes
aparecen y desaparecen de acuerdo a la función
que cumplen de materializar la ideología
dominante. En cuanto a lo material, son construidos,
en contraposición con la arquitectura efímera,
con componentes imperecederos o que al menos resistan
el paso del tiempo. De ahí la reiterada
utilización del mármol y el bronce,
materiales que realzan la suntuosidad.
Pero, además, no hay que
pasar por alto el impacto psicológico que
producen en el espectador. La empatía,
es decir, la proyección imaginaria o mental
de sí mismo que el espectador proyecta
en una obra de arte y su identificación
mental con lo que se representa, resulta fundamental.
En ese sentido, es importante dotar
a los personajes de una actitud social y culturalmente
aceptada, pero también hay que echar mano
de un repertorio iconográfico que, aunque
por lo general resulta bastante estereotipado,
implica la elección de unos u otros motivos
que nos permite asomarnos a los valores más
elevados de una época que, en realidad,
las figuras conmemorativas no hacían más
que trasladar al imprescindible plano expresivo
de lo concreto.
La forma misma de las esculturas,
su tamaño, implican una dualidad de lejanía
y cercanía con el que las contempla. La
idea de colocarlas en un pedestal, en una columna,
"como altar inaccesible para los nuevos dioses
del siglo", como dijera Louis Veuillot, se
puede disminuir cuando se van llenando de esculturas
que generan un diálogo directo entre el
espectador y el punto culminante del monumento.
Pero también hay pedestales intencionadamente
elevados que generan una distancia y una inaccesibilidad
física con el monumento, la cual es aumentada
con la colocación de una reja o verja que
en ocasiones los rodea.
También en ese sentido, hay
que tomar muy en cuenta el espacio físico
donde se les coloca ya que es fundamental tomar
en cuenta la distancia perceptiva. Por ello, es
frecuente que los monumentos se ubiquen en el
punto de confluencia de varias calles, de manera
que son éstas las que canalizan la mirada
del mismo. El emplazamiento de los monumentos
no sólo condiciona el punto de vista de
los mismos, sino que la percepción resultante
varía en relación con el entorno
paisajístico o arquitectónico en
el que se ubiquen. Por eso los problemas de colocación
precisa de un monumento fueron decisivos. El fondo
se convierte, pues, en un marco. Además,
la escultura del siglo XIX también formó
parte integral de un nuevo e importante discurso,
el de ornato público.
Y por supuesto no hay que pasar
por alto que la construcción de monumentos
está íntimamente relacionada con
la traza urbana. No es gratuito, pues, que el
Paseo de la Reforma se dirigiera hacia el poniente
ya que el crecimiento de la ciudad estaba dirigido
hacia este punto cardinal. El fraccionamiento
de terrenos para la construcción y los
proyectos de algunos arquitectos, dieron nacimiento
a las colonias Arquitectos, Juárez, Roma,
Cuauhtémoc, Anzures, Verónica Anzures,
etc. La decisión del emperador Maximiliano
de instalar su residencia en el castillo de Chapultepec
fue fundamental para la ciudad en términos
de la urbanización porque la construcción
del Paseo del Emperador abrió la vía
hacia el oeste. Asimismo, hay que subrayar que
los gobiernos liberales se aprovecharon de esta
calle, la bautizaron como Paseo de la Reforma
y la inauguraron en 1872 en el mes de mayo. El
Paseo de la Reforma parecía ganar una batalla
simbólica. Después de haber sido
concebido por el emperador impuesto por los franceses,
se le utilizaba para conmemorar al emperador azteca,
al descubridor del Nuevo Mundo, la independencia,
la derrota de tan poderosa armada. También
hay que decir que, durante el porfiriato, la residencia
del presidente era el Castillo de Chapultepec
y este hecho podría ayudarnos a explicar
la concurrencia de rutas y de lugares de la memoria
hacia esa dirección.
Para la construcción de los
monumentos se recurrió a diversos mecanismos
entre los que destaca la iniciativa de las autoridades,
las cuales promovieron un concurso público.
Y los problemas de financiamiento pudieron resolverse
mediante la aportación directa del gobierno
o a través de donativos de la población
a la que, de esta manera, se involucró
en el proceso de toma de conciencia de la historia
patria.
Finalmente, la inauguración
de los monumentos se hizo aprovechando las fechas
que habían logrado establecerse como fijas
en el calendario cívico que paulatinamente
fue conformándose a lo largo del siglo
XIX. Estas ceremonias, con su carácter
netamente propagandístico. Como toda obra
pública, debía entregarse formalmente
a la sociedad, lo cual constituía "un
momento privilegiado para la cristalización
de cualquier pensamiento político o social,
avalado por lo que se consideraba, por aclamación,
un bien común. Nada menos que ahí
radica la importancia de la inauguración".
Sin embargo, ésta no significó que
el monumento permaneciera para siempre, aunque
sí abrió la posibilidad de utilizarlo
como sitio privilegiado para las conmemoraciones
que año con año, buscaban la consolidación
de México como país independiente.
Pour citer cet article
Verónica Zárate Toscano, «
El lenguaje de la memoria a través de los
monumentos históricos en la ciudad de México
(Siglo XIX) », Nuevo Mundo Mundos Nuevos,
Número 1 - 2001, mis en ligne le 3 février
2005, référence du 11 mars 2008,
disponible sur : http://nuevomundo.revues.org/document214.html.
Acerca de : Verónica Zárate Toscano
Instituto José María Mora, México
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