San Carlos de Bariloche - -
 

EL HUMANISMO RENACENTISTA Y LA CIENCIA MODERNA


Jesús L. Paradinas Fuentes

1. Introducción
Cuando se estudia la ciencia española en los siglos XVI y XVII surge inmediatamente la pregunta de por qué los españoles apenas participaron en el paso de la filosofía natural a las ciencias físicas y, por lo tanto, en el nacimiento de la ciencia moderna.

La tesis que quiere proponer este trabajo es que una de las razones por las que España estuvo prácticamente ausente de la llamada "revolución científica" fue el débil desarrollo y la peculiar evolución del Humanismo español. En efecto, pensamos que el desarrollo del movimiento humanístico, al incorporar a su campo de trabajo la lengua y la cultura griega, promovió la recuperación de las tradiciones filosóficas y científicas de dicha cultura, lo que hizo evolucionar el Humanismo renacentista hasta el punto de convertirlo en un movimiento de renovación no sólo literario y educativo, sino también filosófico y científico. Esta evolución se produjo sobre todo en Italia, mientras que en España, por las razones que después indicaremos, el Humanismo, al interesarse principalmente por la recuperación de las tradiciones religiosas de la cultura judeocristiana, evolucionó en otra dirección, configurándose, sobre todo, como un movimiento de renovación religiosa.

Nuestra propuesta se fundamenta en dos convencimientos previos. En primer lugar, y en contra de la idea defendida por algunos historiadores de la ciencia, mantenemos que no existió una continuidad entre el pensamiento científico de los siglos XIII y XIV y el del siglo XVII; continuidad que, según ellos, habría sido interrumpida por el Humanismo, que sería el responsable de la decadencia de la ciencia durante los siglos XV y XVI. Creemos, por el contrario, que existió una verdadera ruptura entre ambos pensamientos científicos y que la ciencia moderna no es el resultado de la evolución de la medieval, sino de una verdadera "revolución".

El estancamiento científico de esos siglos, en nuestra opinión, no se debió tanto al movimiento humanístico cuanto a la incapacidad de las teorías físicas medievales, que habían sido propuestas para intentar superar los evidentes fallos de la física aristotélica, para hacer avanzar la ciencia. La ruptura con la ciencia medieval estuvo propiciada tanto por el resurgimiento de la corriente neoplatónica de la filosofía, que posibilitó la destrucción de la visión aristotélica del cosmos y su sustitución por una concepción matemática del universo, como por la recuperación de algunas teorías físicas y matemáticas griegas desconocidas u olvidadas hasta entonces. Como los humanistas intervinieron decisivamente en ambos hechos, el Humanismo no fue un factor negativo para el progreso de la ciencia, sino positivo.

En segundo lugar, y rechazando en este caso la interpretación de algunos historiadores del Humanismo que lo conciben exclusivamente como un movimiento de renovación literario y pedagógico, sostenemos la idea de que el movimiento humanista fue, igualmente, un movimiento de renovación filosófico y científico. Para nosotros, la postura de dichos historiadores es claramente reduccionista porque, dejando a un lado la verdadera naturaleza del Humanismo y su desarrollo histórico, sólo se fija en el significado de las palabras que han servido para nombrarlo y en las manifestaciones iniciales del movimiento.

En efecto, es cierto que los términos "humanidades", "humanista" y "humanismo" nacieron en el ámbito literario y educativo. Los studia humanitatis, las humanidades, se referían inicialmente a unas determinadas materias de estudio: la gramática, la retórica, la poética, la historia, y la filosofía moral. Umanista fue creado en el siglo XV en las universidades italianas, por analogía con el de artista, jurista, legista, canonista, etc., para designar a los profesores que enseñaban esas materias. Y humanismus fue un término acuñado en 1808 por el pedagogo alemán F. J. Niethammer para proponer un sistema de enseñanza en el que se impartiera una educación predominantemente literaria y centrada en los clásicos griegos y latinos.

Sin embargo, ya desde su constitución como movimiento de renovación, el Humanismo fue mucho más que un programa de renovación literaria y pedagógica. Fue una propuesta de renovación intelectual y moral que pretendía regenerar todos los saberes y valores de la humanidad. Por lo tanto, aunque en sus inicios se centró en la renovación de los saberes gramaticales, retóricos, poéticos, históricos y morales, con el paso del tiempo se extendió también a los filosóficos y a los científicos. Eso quiere decir que, para comprender su verdadera naturaleza hay que atender no sólo a los términos que sirven para designarlo, ni tampoco a sus primeras manifestaciones, sino a los presupuestos que lo constituyeron como tal movimiento de renovación y a su desarrollo y evolución histórica.

Ahora bien, tanto el desarrollo como la evolución del Humanismo estuvieron condicionados por las tradiciones culturales y por las circunstancias históricas de cada país. Las italianas promovieron el conocimiento de la lengua y de la cultura griega, lo que llevó a sus humanistas a interesarse también por la recuperación de las tradiciones filosóficas y científicas de la antigüedad pagana. Las españolas, en cambio, favorecieron el conocimiento de la lengua y de la cultura hebrea, lo que movió a sus humanistas a dedicarse, sobre todo, a la recuperación y estudio de las tradiciones bíblicas y religiosas de la antigüedad judeocristiana.

Expondremos a continuación, en primer lugar, lo que se refiere al origen y naturaleza del Humanismo y, a continuación, lo que atañe a sus diferentes desarrollos y evoluciones, limitándonos en este último punto, dado nuestro propósito, a comparar el Humanismo italiano con el español.

2. Origen y naturaleza del Humanismo

Durante los siglos XII y XIII se produjeron en Europa importantes cambios que modificaron la vida y la mentalidad de los seres humanos. Los avances de la técnica, el desarrollo de la economía monetaria, el desplazamiento del centro económico a las ciudades, el florecimiento del comercio, de la industria y de la artesanía, fomentaron el aumento de la población y la mejoría de su nivel de vida. Se produjo entonces el ascenso económico y social de las profesiones burguesas, las que más habían contribuido a crear la nueva situación y las que más se habían beneficiado de ella: mercaderes, ingenieros, artesanos, etc., que reclamaron su participación en la vida política de las ciudades. Consecuentemente, a partir del siglo XIV, se revalorizaron los saberes prácticos y productivos, dado que eran los que habían conseguido aumentar la riqueza, el nivel de vida y la comodidad de los seres humanos y disminuyó la importancia de los especulativos. Apareció un nuevo ideal del sabio, que no es ya el hombre que contempla sino el que es capaz de transformar la naturaleza, como el artesano y el ingeniero, y un nuevo ideal del saber que es ahora el práctico y el productivo. Triunfaron nuevos valores, distintos de los medievales que habían favorecido a la nobleza y al clero, que justificaban no sólo la nueva posición socioeconómica de la burguesía ascendente, sino también sus pretensiones políticas y su nueva forma de entender la vida.

La nueva situación vital de los seres humanos y la nueva mentalidad nacida de ella dieron origen a un movimiento de renovación, que conocemos con el nombre de Humanismo, cuando en la segunda mitad del siglo XIII, en algunas ciudades italianas en las que había triunfado la nueva economía basada en las actividades artesanales y mercantiles, la nueva organización social burguesa y el orden político republicano, algunos intelectuales comenzaron a interesarse por la antigua cultura romana como fuente de esos nuevos saberes y valores. Así, en Padua, por ejemplo, algunos profesionales del derecho, como Lovato Lovati (1241-1309) y Albertino Mussato (1262-1329), comenzaron a buscar y a coleccionar textos procedentes de la antigua Roma.

Pues bien, el Humanismo, como dicen sus mejores estudiosos, ha estado de tal forma marcado por el que es considerado con unánime consenso como el primero de los humanistas, es decir, por Francisco Petrarca (1304-1374), que se puede afirmar que el movimiento humanista es el desarrollo y la revisión de sus enseñanzas. Conocer, por lo tanto, sus presupuestos y sus ideas es fundamental para comprenderlo debidamente.

Petrarca estaba convencido de vivir en un periodo histórico caracterizado por una grave degeneración intelectual y moral, tanto de los individuos como de las sociedades, que se manifestaba sobre todo en la crisis que sufría el cristianismo. Como participaba de la concepción tradicional del saber, es decir, que el saber se había conseguido ya en la Antigüedad, que se hallaba depositado en los libros y que tenía una finalidad moral, Petrarca se propuso recuperarlo de nuevo, algo que sólo podía conseguirse acudiendo a los textos originales, porque las malas traducciones de dichos textos y las peores interpretaciones de los mismos impedían conocer el auténtico saber de los antiguos. Había, pues, que volver a las fuentes del saber, tanto pagano como cristiano, poniendo entre paréntesis las transmisiones medievales de dichos saberes llevadas a cabo por los árabes y por los escolásticos.

Ahora bien, dado que el fin que buscaba Petrarca era de naturaleza moral, no erudita, se volvió en un principio a las obras literarias e históricas de la antigüedad clásica, aunque después, convencido de los límites de las mismas, se interesó también por la filosofía moral y por la religión cristiana. Por lo tanto, podemos distinguir en el Humanismo de Petrarca tres momentos en los que predominan, respectivamente, lo literario e histórico, lo filosófico y lo religioso; aunque en todas ellas lo que busca es encontrar los conocimientos, las normas y los modelos de comportamiento que conducirán a la mejoría moral del hombre y de la sociedad, es decir, lo práctico, prescindiendo de las teorías especulativas de la filosofía y de las doctrinas dogmáticas de la religión cristiana.

Ya en el mismo Petrarca el Humanismo se presenta como un movimiento de renovación intelectual que trata de recuperar el saber y los valores de la Antigüedad, tanto de la clásica como de la cristiana, con una finalidad moral. Es decir, ya en el propio Petrarca hay un desarrollo del Humanismo que lo lleva más allá de los "saberes humanos", al extender el campo de trabajo de los humanistas de los studia humanitatis a los studia divinitatis. Esta extensión no planteó ningún problema en el movimiento humanista. Salutati (1331-1406), por ejemplo, afirmaba que los studia humanitatis y los studia divinitatis estaban tan estrechamente conectados que el conocimiento completo y auténtico de los unos no puede conseguirse sin los otros. Ahora bien, los primeros humanistas siguieron pensando que los saberes científicos, representados para Petrarca por la filosofía natural aristotélico-averroísta, no sólo eran inciertos, sino sobre todo incapaces de promover la regeneración moral del hombre y de la sociedad.

El objetivo moral de Petrarca explica, como hemos dicho, el hecho de que los humanistas, ya desde la primera generación, se interesaran no sólo por la tradición clásica pagana, sino también por la cristiana. Pero, como hemos dicho, es un interés limitado en un principio a los saberes productivos y a los prácticos. Propusieron, por lo tanto, una nueva valoración de los saberes, contraria al paradigma científico medieval que dependía de la clasificación aristotélica de las ciencias. Para Aristóteles, los saberes productivos y los saberes prácticos ocupaban los lugares inferiores en dicha clasificación, que estaba encabezada por los saberes teoréticos. En cambio, para los primeros humanistas, dichos saberes, sobre todo los que se ocupan de la naturaleza, son menos valiosos, pues se quedan en simples nociones y distinciones, mientras que los productivos (gramatical, retórico, pictórico, edificatorio, etc.) y los prácticos (político, económico, ético) mueven al hombre a la acción, enseñan a hacer las cosas bien y a hacer el bien, no simplemente a conocer lo que es el bien y a distinguirlo del mal.

Por la misma razón concedieron un gran valor a un "saber nuevo", recuperado por los humanistas, y que no estaba presente en la clasificación aristotélica de las ciencias: el saber histórico. La historia servía para descubrir modelos de comportamiento individual y social al narrar la vida y los hechos de los grandes hombres y de los grandes imperios de la Antigüedad.

El movimiento humanista supuso, igualmente, una secularización del saber, no sólo porque los humanistas se interesaron por los conocimientos y los valores "humanos" de la tradición grecolatina, es decir, los que tenían por origen y objeto al hombre, sino porque dichos humanistas eran en su mayoría laicos. El movimiento humanista, por lo tanto, acabó con el monopolio del saber ejercido por el clero en el mundo medieval.

Los humanistas recuperaron los textos en los que se habían conservado los saberes de la Antigüedad, los restauraron, los tradujeron y los interpretaron de nuevo. Fueron, por lo tanto, ante todo y sobre todo, filólogos. El Humanismo, por lo tanto, no se reduce a la docencia de las letras humanas (gramática, retórica, poética, historia y filosofía moral), saberes que, según los humanistas, son los que humanizan al hombre, ni al cultivo de las lenguas clásicas, sino que es un programa de renovación intelectual que pretende conseguir la renovación moral del hombre y la sociedad rescatando todos los saberes de la Antigüedad, acudiendo para ello a todos sus textos y a todas sus lenguas.

Pues bien, será la labor filológica del Humanismo, al recuperar, restaurar, traducir y comentar los textos filosóficos y científicos de la Antigüedad la que contribuirá al nacimiento de la ciencia moderna cuando los humanistas extiendan su campo de trabajo a la lengua griega y a los saberes teoréticos de la cultura griega. La extensión a la lengua griega es un desarrollo del Humanismo que buscaron sus propios fundadores, pero la extensión a los saberes teoréticos más que un desarrollo debe entenderse como una auténtica evolución del movimiento humanista, evolución que, en nuestra opinión, estaba implícita en los presupuestos constitutivos del Humanismo: el auténtico saber se creó en la Antigüedad y se puede recuperar si acudimos a los textos en los que está depositado.

Hay que tener en cuenta que esa vuelta a la Antigüedad no significó lo mismo en todos los lugares en los que se desarrolló el movimiento humanístico. Los italianos, por evidentes razones nacionalistas, estaban interesados en recuperar ante todo y sobre todo la lengua y la cultura latina, dado que en la antigua Roma habían alcanzado el momento más glorioso de su historia y, en segundo lugar, la lengua y la cultura griega, pues éstas también habían formado parte de su cultura. Los españoles, en cambio, no estaban tan interesados en recuperar las lenguas y las culturas clásicas, sino en exaltar su propia lengua y su propia cultura, pues para ellos los tiempos modernos eran claramente superiores a los antiguos.

Eso quiere decir que el desarrollo y evolución del Humanismo fue diferente en cada nación, dependiendo de las tradiciones culturales y de las circunstancias históricas de cada una. La revolución científica moderna siguió el camino que había abierto la evolución del Humanismo italiano y no la del español. Una razón que explica, entre otras, el que España apenas participara en la creación de la ciencia moderna.

3. Desarrollo y evolución del Humanismo en Italia

El desarrollo más decisivo del Humanismo tuvo lugar también en Italia, en el siglo XV, cuando los humanistas italianos, de acuerdo con su tradición cultural, incorporaron realmente la lengua y los saberes griegos a su campo de trabajo, algo que había sido el deseo no cumplido de los humanistas anteriores. Este renacer de la cultura griega en Italia se vio favorecido por una serie de circunstancias históricas. El primer lugar, los frecuentes contactos de Italia con Bizancio despertaron el interés por la lengua griega, por lo que, ya en 1397, se le ofreció a Manuel Crisoloras una cátedra de griego en Florencia, por iniciativa del canciller y humanista Salutati. Después, a partir de 1439, con motivo de la celebración del concilio de Ferrara-Florencia, se trasladaron a Italia un buen número de sabios bizantinos, como el filósofo griego Gemisto Pletón (1389-1464), el cual enseñaba una forma de filosofía neoplatónica según la cual algunos profetas de la Antigüedad, como Hermes, Zoroastro y Orfeo, eran los fundadores del pensamiento filosófico y teológico. Y, por último, en 1453, la caída de Constantinopla en poder de los turcos, movió a multitud de sabios bizantinos a huir a Italia, llevando consigo una gran cantidad de textos griegos. Estas circunstancias históricas permitieron un gran desarrollo del Humanismo de raíz griega en Italia.

El conocimiento de la lengua griega permitió a Lorenzo Valla (1407-1457) extender el campo de trabajo de los humanistas al texto del Nuevo Testamento. Valla pensaba que así como la filología permitía recuperar la auténtica tradición clásica, al restaurar los textos originales e interpretarlos en su contexto histórico, también permitiría recuperar la auténtica tradición cristiana. Valla inició en Nápoles, mientras era secretario de Alfonso de Aragón, su Collatio Novi Testamenti. En esta obra corrigió, a la luz de los originales griegos, algunos términos y pasajes de la traducción latina del Nuevo Testamento, el texto de la Vulgata, a la que acusó de estar llena de errores filológicos.

A partir de Valla, los humanistas se ocupan también de someter a crítica filológica los textos fundacionales del cristianismo, textos que formaban parte de la Sagrada Escritura. Pero es, todavía, una extensión limitada a una lengua: el griego, y a una parte de la misma: el Nuevo Testamento. Valla, que no sabía hebreo, ni siquiera dominaba el griego con la perfección del latín, a pesar de reconocer la necesidad del conocimiento de la lengua hebrea para entender la Biblia, no pudo desarrollar por completo lo que estaba implícito en los presupuestos del Humanismo: la extensión del campo de trabajo de los humanistas a la lengua hebrea y al Antiguo Testamento.

Esta extensión la llevó a cabo en Italia el florentino Gianozzo Manetti (1396-1459), el cual, convencido de que sin saber hebreo no se podía entender el Antiguo Testamento, estudió esta lengua durante dos años y pudo leer dicho texto en su lengua original, aunque sólo fue capaz de traducir el libro de los Salmos. Sin embargo, la mayoría de los humanistas italianos prefirieron seguir el planteamiento de Bruni (1370/74-1444), para quien aprender hebreo era un gasto inútil de fuerzas y de tiempo, dado que las versiones de los Setenta y de la Vulgata estaban también inspiradas por el Espíritu Santo, por lo que limitaron de hecho las lenguas del Humanismo al latín y al griego. Sólo algunos contados humanistas italianos, como el cardenal Egidio de Viterbo (1469-1532), que se sirvió del hermetismo griego y de la cábala judía para interpretar la Sagrada Escritura, y el dominico Santes Pagnino, que realizó una nueva traducción del Antiguo Testamento que fue publicada en el año 1528, tuvieron un conocimiento suficiente de la lengua hebrea y se ocuparon de las cuestiones bíblicas.

Los humanistas italianos se interesaron más por la cultura griega que por la hebrea y, consecuentemente, incorporaron a su campo de trabajo los saberes teoréticos de dicha cultura. Por lo tanto, si el Humanismo italiano del siglo XIV era un Humanismo latino que privilegiaba los saberes productivos y los prácticos, el del siglo XV, sin olvidar lo anterior, es también un Humanismo griego que se interesa por las tradiciones filosóficas y científicas de la Antigüedad.

En la recuperación de las tradiciones filosóficas de la Antigüedad destaca la Academia Florentina y la figura de Marsilio Ficino (1433-1499), rector de la misma. Ficino, de acuerdo con las enseñanzas de Gemisto Pletón, introdujo en el Humanismo una versión de la filosofía neoplatónica, que recibirá más adelante el nombre de neoplatonismo renacentista o florentino, en la cual se integraban una serie de tradiciones sapienciales de origen oriental. Ficino comenzó traduciendo al latín, antes que las obras del propio Platón, los Escritos herméticos, los Oráculos caldeos y los Himnos órficos, escritos atribuidos, respectivamente, al egipcio Hermes Trismegisto, al persa Zoroastro y al tracio Orfeo, a los que se tenía por fundadores del pensamiento filosófico y teológico. En dichas obras se incluían una serie de enseñanzas mágicas, astrológicas y alquímicas que son la base de las llamadas "ciencias ocultas" del Renacimiento. Toda esa sabiduría de origen oriental, sobre todo egipcio, era para los humanistas más antigua y, por lo tanto, superior a la griega. Después de ello, tradujo Ficino las obras completas de Platón, muchas de las cuales eran desconocidas en la Edad Media, y algunos escritos de Plotino, del Pseudo-Dionisio, de Porfirio, de Jámblico y de Proclo.

La Academia de Florencia, defendió, por lo tanto, una forma de pensamiento ecléctico de raíz pitagórica y platónica en la que se integraban casi todas las tradiciones sapienciales de la Antigüedad pagana. Más adelante otro miembro de la Academia, Pico de la Mirándola, intentó fusionar este neoplatonismo con la tradición sapiencial judía recogida en la Cábala. Se originó así una mentalidad naturalista y animista, contraria a la cosmovisión aristotélica, que preparará el camino que conducirá a la ciencia moderna. Esa nueva mentalidad está ya presente en las obras de Nicolás de Cusa, Paracelso, Copérnico, Bruno y Kepler.

La tradición científica griega sobre la naturaleza también interesó a los humanistas italianos en cuanto pudieron recuperar, leer y traducir los textos originales en los que estaba recogida. También en este caso Leonardo Bruni se opuso a que los humanistas extendieran su campo de trabajo a la recuperación y estudio de los saberes científicos sobre la naturaleza, arguyendo que los studia humanitatis debían centrarse en lo humano, pero, en este caso, la mayoría de los humanistas italianos no aceptaron su planteamiento, como lo demuestra el hecho de que muchos de ellos se interesaran por la recuperación de los textos latinos que trataban temas científicos. Así, por ejemplo, Poggio Bracciolini (1380-1459) descubrió en 1417 una copia del poema De rerum natura de Lucrecio y Guarino de Verona (1370-1460) encontró en 1426 un manuscrito del tratado De arte medica de Celso.

Sin embargo, aunque a principios del siglo XV Crisoloras tradujo la Geografía de Tolomeo, será la llegada a Italia de los científicos bizantinos, que huían primero del asedio y después de la toma de Constantinopla por los turcos, la circunstancia histórica decisiva que permitirá a los humanistas italianos, ya familiarizados con la lengua griega, disponer de textos científicos escritos en dicha lengua, traducirlos y editarlos de nuevo.

Además, como consecuencia del triunfo social de la educación humanística, se introdujo el estudio del griego en las universidades y en las escuelas de gramática (equivalentes a nuestros institutos de educación secundaria), lo que aumentó el número de los que podían acceder a la lectura directa de los textos científicos griegos en su lengua original. En las bibliotecas de dichas universidades y escuelas se sustituyeron entonces las antiguas compilaciones científicas medievales, de origen árabe, por los textos griegos originales o por sus nuevas traducciones.

A lo largo del siglo XV aumentó en Italia no sólo la cantidad de textos científicos griegos que estaban a disposición de los estudiosos, sino el número de personas capaces de leer dichas obras en su lengua original. Esta nueva situación despertará en muchos humanistas el interés por el estudio de la naturaleza. Se recuperó entonces la tradición científica jonia, traduciéndose las obras de Epicuro y de Lucrecio, lo que permitió el conocimiento de la física atomista de Demócrito, tan diferente de la aristotélica.

Con el paso del tiempo, lo que fue en sus inicios una simple recuperación y traducción de los antiguos textos científicos griegos por parte de los "humanistas científicos", se convertirá en una nueva producción científica a cargo de los que podemos llamar ya "científicos humanistas". Estos nuevos intelectuales, que son ya más científicos que filólogos, no se conforman con recuperar, restaurar y traducir los antiguos saberes científicos, sino que pretenden superarlos cuando se dan cuenta de sus errores y limitaciones. Para ellos, por lo tanto, la gramática, el método filológico, no es ya el medio adecuado para recuperar el saber, sencillamente porque piensan que éste no se halla depositado en los textos de la Antigüedad. Ya no participan de la concepción tradicional del saber, ni éste tiene para ellos una finalidad moral. Los saberes de la Antigüedad son para ellos fuente de inspiración, pero pretenden ir más allá de los mismos.

Así, Ermolao Barbaro, ejemplo de humanista científico, tradujo en 1481 la Materia médica de Dioscórides para poder identificar una serie de plantas citadas por Aristóteles en sus libros de filosofía natural, e hizo después una serie de comentarios a la misma. En 1489 comentó la Historia natural de Plinio, descubriendo ya algunos errores, aunque los atribuyó a los copistas. Pues bien, apenas tres años después, Niccolò Leoniceno, profesor de medicina de la Universidad de Ferrara, al que podemos considerar, por lo tanto, como un científico humanista, publicó un libro en el que demostraba que los errores de la famosa obra de Plinio eran debidos a su autor. A partir de este momento procuró superar la Historia natural descubriendo nuevos saberes sobre la naturaleza.

De una importancia decisiva para el nacimiento y desarrollo de la ciencia moderna fueron las traducciones y comentarios de los humanistas italianos a las obras de los grandes matemáticos griegos. En la Edad Media el conocimiento de la matemática griega se limitaba a las obras de Euclides y Arquímedes, cuyas traducciones estaban llenas de errores. Los humanistas italianos dispusieron de los textos griegos de ambos autores, así como de los de Apolonio, Diofanto, Proclo, Herón y Papo, y procedieron a realizar nuevas y más perfectas traducciones de sus obras ya en el siglo XVI.

Algunos humanistas italianos no se conformaron con traducir y comentar a los matemáticos griegos, sino que intentaron superarlos. Maurolico (1494-1575), por ejemplo, no sólo tradujo algunos de dichos textos advirtiendo de los numerosos errores que contenían las versiones anteriores y trató de reconstruir los libros perdidos de Apolonio, sino que se propuso ir más allá de los griegos en el desarrollo de las matemáticas. Es ya, por lo tanto, un "científico humanista", porque no se conforma con recuperar, restaurar y traducir los mejores textos matemáticos de la Antigüedad, sino que propone nuevos avances en este campo del saber. Tartaglia (1500-1557), por su parte, además de traducir algunas obras de Euclides y de Arquímedes, propuso un nuevo planteamiento del problema de los proyectiles, abandonando el tratamiento cualitativo propio de los filósofos naturales de tendencia peripatética.

Con el paso del tiempo, las matemáticas pasaron a ser consideradas como una auténtica ciencia, incluso como alternativa a la demostración silogística aristotélica e incluso a la argumentación retórica humanística. El método de análisis geométrico se convirtió en el verdadero método científico.

4. Desarrollo y evolución del Humanismo en España

Los inicios del Humanismo en España se remontan a siglo XIV, y se debieron a los contactos de la Corona de Aragón con Bizancio, por lo que fue un Humanismo helenista antes que latino. En este sentido algunos consideran que Juan Fernández de Heredia (1310/15-1398), Gran Maestre de la Orden Hospitalaria de San Juan de Oriente, autor de versiones al dialecto aragonés de algunos clásicos griegos, sería el primer humanista español y Bernat Metge (1340/46-1413), secretario de Juan I de Aragón, el primer filósofo humanista español. En cualquier caso, el Humanismo aragonés tuvo una vida efímera y fue rápidamente sustituido por el modelo castellano, desarrollado en la corte de Juan II de Castilla (1419-1454), que fue el que se impuso en toda España.

En España, a diferencia de lo que ocurrió en Italia, no existía una fuerte tradición cultural que se interesara por las lenguas y los textos clásicos, por lo que el desarrollo del Humanismo de raíz grecolatina fue siempre débil. Los españoles, en efecto, tuvieron poco aprecio por el latín y por el griego. Además, tampoco se dieron en España las circunstancias históricas que favorecieran el conocimiento de la lengua y de los textos griegos. Crisoloras (1350-1415), visitó en 1407 y en 1410 la ciudad de Barcelona, pero, a diferencia de lo que ocurrió en Florencia, no logró interesar a los catalanes en el estudio de la lengua y la cultura griega. No se produjo en España, consecuentemente, la importante labor de traducción y comentario de las obras filosóficas y científicas griegas que se dio en Italia. Es más, durante el siglo XVI el conocimiento de la lengua griega llegó a ser peligroso, hasta el punto de que muchos de sus cultivadores fueron vigilados o perseguidos por la Inquisición como sospechosos de favorecer la herejía protestante.

Consecuencia del poco interés mostrado por los españoles por la lengua griega y por las traducciones de las obras escritas en esta lengua, fue que en España la filosofía aristotélica siguió siendo la predominante, no sólo entre los escolásticos sino también entre los humanistas. Así pues, apenas se produjo la recuperación de la tradición platónica, partidaria de una comprensión matemática de la naturaleza, ni de la tradición científica jonia, defensora de la física atomista, tan importantes en la gestación de la llamada "revolución científica". Nada tiene de particular, por lo tanto, que la mayoría de los humanistas españoles que se dedicaron al estudio de la filosofía natural y de las matemáticas, incluso en el siglo XVI, sean aristotélicos que tratan de renovar dichas disciplinas con los planteamientos de las escuelas de Paris (Buridano y Oresme) y de Oxford (Bradwardine y Swineshead).

Lo que sí existía en España era una importante tradición cultural interesada por la lengua y la cultura hebrea. En efecto, en España, a diferencia de lo que ocurrió en otras partes de Europa, debido a la presencia de una importante comunidad judía, nunca se abandonó el estudio del Antiguo Testamento en su lengua original. Durante la Edad Media los judíos estudiosos de la Biblia que vivieron en España emplearon los avances de la filología para analizar el texto hebreo del Antiguo Testamento. En el siglo X el célebre Hasday ibn Saprut, cuya familia era originaria de Jaén, estudió lingüísticamente la Biblia, algo que también hicieron, en el siglo XI, ibn Chiquitilla y Yonah ibn Yanih, naturales de Córdoba. En los siglos siguientes, podemos citar a Abraham ibn Ezra (1092-1167), nacido en Tudela (Navarra), comentador de la Biblia, defensor de la primacía del sentido literal y del estudio filológico del texto hebreo, a quien se considera el fundador de la exégesis crítica e histórica del Antiguo Testamento, y a David Quimhi (1160-1232), nacido en Narbona, pero de origen andaluz, famoso intérprete del Antiguo Testamento de acuerdo con el método filológico.

Los cristianos, por su parte, mantuvieron frecuentes contactos con la comunidad judía. Recordemos, por ejemplo, las célebres disputas entre judíos y cristianos, celebradas en Barcelona en 1263 y en Tortosa en 1413, en las que estaba en juego la interpretación del Antiguo Testamento a partir de la versión hebrea del mismo. Así se explica que las traducciones al castellano del Antiguo Testamento tienen siempre en cuenta los textos hebreos originales, más incluso que el texto de la Vulgata, incorporando en ellas, ya desde la época medieval, los avances de la filología rabínica. No hay que olvidar que fue en Castilla, más de doscientos cincuenta años antes de que lo hiciera Lutero al alemán, donde se realizaron las primeras traducciones de los textos bíblicos al romance. En efecto, ya en el siglo XIII se tradujo del latín al castellano gran parte del Antiguo Testamento y casi todo el Nuevo Testamento. Una de estas traducciones es la llamada Biblia de Alfonso el Sabio, que se recoge en la Grande y General Storia (c. 1270). En el siglo XIV se realizan ya traducciones directamente del hebreo al castellano, aunque siguen siendo parciales.

En 1422, el gran Maestre de la Orden Militar de Calatrava, Luis de Guzmán, encargó al rabino Mosé Arragel de Guadalajara una traducción de todo el Antiguo Testamento del hebreo al castellano, que estuvo concluida en 1433. Esta traducción, conocida hoy como Biblia de Alba, contiene glosas judías y cristianas que aclararan los pasajes oscuros. También a finales de este siglo, el Maestre de la Orden de Alcántara, Juan de Zúñiga, que vivía en Zalamea, se rodeó de sabios judíos y cristianos, de los que se convirtió en mecenas, con el fin de avanzar en el estudio de la Biblia. Entre ellos estaba el más importante de nuestros humanistas: Nebrija.

Tampoco las circunstancias históricas favorecieron el desarrollo del Humanismo de raíz grecolatina en España. En efecto, cuando se estaba gestando en España el movimiento humanista, dos conversos judíos al servicio del rey Juan II de Castilla, Pablo de Santamaría (1350-1435) y su hijo Alonso de Cartagena (1348-1456), no recurrieron a la tradición romana, sino a la gótica y a la judeocristiana para legitimar histórica y religiosamente la monarquía castellana. En efecto, los miembros de la familia Santamaría se sirvieron de la idea, surgida ya en el reino astur-leonés, de que el rey castellano era el heredero legítimo de la monarquía visigoda para justificar la pretendida supremacía del monarca castellano sobre los demás reinos peninsulares. La antigüedad gótica, en consecuencia, cobró en Castilla tanto o más valor que la latina. Esta importante decisión acabó imponiéndose en todos los reinos peninsulares, porque para los españoles la época oscura de su historia y su decadencia cultural no coincidía, como para los italianos, con el dominio de los godos, sino con el de los musulmanes. Además, los conversos burgaleses interpretaron la historia de España como si ésta fuera el resultado de un plan divino de salvación: la invasión árabe fue un castigo por la infidelidad de los visigodos; Pelayo sucedió a Rodrigo, el último rey visigodo, por dispensación de Dios; León y Castilla se reunieron bajo Fernando II por voluntad divina; etc. La visión providencialista de la historia, creación del pueblo judío, la aplicaron los citados conversos a Castilla, que pasó así a ser la nación elegida por Dios para continuar la expansión de la religión cristiana, primero por toda la península ibérica y, después, por todo el mundo.

Pablo de Santamaría y Alfonso de Cartagena que, no lo olvidemos, fueron también obispos de Burgos y Cartagena, promovieron una estrecha alianza entre la Iglesia y la Corona con el fin de salvaguardar sus respectivos intereses: la religión cristiana y el sistema sociopolítico monárquico. Ambas instituciones unieron sus fuerzas para luchar contra cualquier tipo de disidencia religiosa o política. El Estado moderno, por lo tanto, nació en España estrechamente ligado a la religión cristiana, y se hizo depender la unidad política, representada por la monarquía, de la unidad ideológica, representada por la fe y la moral de la Iglesia.

Esta alianza político-religiosa llevará a los Reyes Católicos a expulsar a los judíos, a Carlos I a guerrear continuamente contra los protestantes, a Felipe II a prohibir a los españoles salir a estudiar a las universidades extranjeras para evitar la introducción en España de ideas peligrosa, a Felipe III a decretar la expulsión de los moriscos, etc. Medidas todas que tuvieron nefastas consecuencias y contribuyeron a aislar a España del movimiento europeo de renovación filosófica y científica.

Ahora bien, los conversos del judaísmo no sólo intervinieron decisivamente en el origen del Humanismo español, sino en su desarrollo y evolución. En efecto, hay que tener en cuenta, hecho importante y diferencial de nuestro Humanismo, que muchos de los humanistas españoles eran conversos o descendientes de conversos, por lo que no tenían ningún aprecio por la cultura clásica. En cambio, estaban personalmente interesados en la cultura judeocristiana, sobre todo en reivindicar la importancia de la cultura hebrea y el valor del Antiguo Testamento para el cristianismo. Es lógico, por lo tanto, que dichos humanistas no sólo concedieran mayor valor al estudio de la antigüedad judeocristiana que al de grecolatina, sino que prefirieran dedicarse al estudio de las tradiciones religiosas, en lugar de hacerlo con las filosóficas y científicas. En consecuencia, la evolución del Humanismo que llevó, como dijimos, a los humanistas a extender su campo de trabajo a los saberes especulativos, no significó, como en Italia, un renovado interés por los saberes filosóficos y científicos, sino por los teológicos.

Esto explica, por ejemplo, la trayectoria humanística de Elio Antonio de Nebrija (1444-1522). Nebrija se formó en Italia y se interesó por el nuevo Humanismo científico que allí se estaba desarrollando, aunque, desde siempre, su verdadera afición fue el estudio de la teología, En efecto, cuando Nebrija volvió a España siguió estudiando y utilizando las obras de los científicos grecolatinos, sobre todo las de Galeno, Tolomeo y Plinio, e incluso supervisó la edición latina del Dioscórides. Pero, en 1495, en la dedicatoria a la reina Isabel de la tercera edición de sus Introductiones latinae, confiesa que su deseo es dedicar al estudio de la Biblia todo lo que le quedara de vida. Es decir, el más importante de nuestros humanistas prefirió los estudios teológicos a los científicos. Nada tiene, pues, de particular, que las mejores aportaciones de España al Humanismo se dieran en el campo de la teología, renovando la escolástica medieval y editando las primeras Biblias políglotas de la cristiandad: la de Alcalá y la de Amberes.

Sin embargo, apenas hay contribuciones españolas en el terreno de las ciencias de la naturaleza, y cuando las hay no se refieren a las especulativas, porque, a parte de lo anteriormente indicado, también las necesidades del Imperio español orientaron a nuestros científicos hacia las ciencias prácticas. Es curioso que una de las mayores aportaciones españolas a la ciencia moderna, el descubrimiento de la circulación de la sangre por Miguel Servet (1511-1553), se exponga en un libro de teología, que lleva por título Restitución del cristianismo, y en un capítulo que trata del Espíritu Santo.

Menos interés aún demostraron los españoles en recuperar, traducir y comentar las obras de los matemáticos griegos, ni en desarrollar sus teorías, lo que será decisivo, en nuestra opinión, para explicar la poca contribución de los españoles a la revolución científica desarrollada a partir del siglo XVII que consistió, como es sabido, en la matematización de las ciencias. Los matemáticos españoles más importantes del siglo XVI fueron Pedro Sánchez Ciruelo (1465-1548) y Juan Martínez Silíceo (1485-1557). Pues bien, ambos fueron educados en Paris donde, a diferencia de lo que ocurría en Italia, se enseñaban dos escuelas matemáticas bajo-medievales: la parisina de los nominalistas y la de Oxford de los mertonianos o calculadores. Por si esto fuera poco, cuando nuestros matemáticos se propusieron traducir y editar obras de su especialidad, eligieron las obras medievales de Suisseth, Bradwardine y Sacrobosco, en lugar de dirigirse a las grandes obras de los matemáticos griegos, como estaban haciendo los humanistas italianos. Es más, a finales del siglo XVI, cuando era evidente la necesidad de matemáticos en España, Felipe II se decidió a promover la creación de una Academia de Matemáticas (1583), pero no con la intención de promover el desarrollo de las matemáticas teóricas sino de las prácticas, que eran las que necesitaba el Imperio español para su mantenimiento. Nada tiene de particular, por lo tanto, que se eligiera para dirigirla a un arquitecto, Juan de Herrera, y que cuando hubo que sustituirlo, se pensara en un cosmógrafo, el portugués Juan Bautista de Lavaña.

5. Conclusión

La mayor parte de los humanistas españoles, tal vez incluso podíamos decir los mejores, dedicaron sus esfuerzos a la recuperación y estudio de la tradición religiosa judeocristiana. Por lo tanto, el saber que más se cultivó en España fue la teología, tanto la especulativa o escolástica como la positiva o bíblica. Pero incluso el desarrollo del Humanismo bíblico se vio frenado en España por la intervención de la Inquisición. Los humanistas españoles sintieron pronto los peligros de dedicarse al estudio filológico de la Biblia, por lo que muchos de ellos decidieron, finalmente, abandonar el estudio del hebreo y de la Sagrada Escritura. En consecuencia, Baltasar de Céspedes, al publicar en el año 1600 su conocida obra Discurso de las letras humanas, excluye del campo de los estudios de humanidad tanto a la Biblia como a la lengua hebrea. Ambas cosas quedan reservadas para los teólogos.

Más decisiva aún fue la intervención de la Inquisición para acabar con el débil desarrollo del Humanismo científico en España. Al llegar el siglo XVII la Inquisición, que hasta entonces había condenado sólo a algunos científicos y por razones religiosas, lo hizo ahora de forma masiva y por razones científicas. En efecto, el Índice de Bernardo de Sandoval (1612) y, sobre todo el Nuevo Índice de Antonio Zapata (1632), incluyen entre los autores condenados, de una u otra forma, a la mayoría de los científicos importantes del momento y lo hacen en cuanto tales.

En cualquier caso, con el paso del tiempo todo el movimiento humanista será atacado en sus fundamentos por aquellos que buscan un nuevo saber y se sirven de un método nuevo para alcanzarlo. Este nuevo saber, que no tiene ya una finalidad moral, no se buscará en la Antigüedad, ni en los libros, ni en el lenguaje literario. Galileo, tal vez el primer hombre moderno, busca ese nuevo saber en el presente, en el universo y en el lenguaje matemático. El Humanismo, por lo tanto, tenía los días contados, pero con su desarrollo y evolución había promovido el nacimiento de la ciencia moderna.


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